Los bolsones ya son dádivas del pasado. La clase política se las ingenia para aggiornarse a los nuevos tiempos y a nadie debe sorprender si un drone visita el domicilio de un ciudadano para depositarle el voto… y también el incentivo. La institucionalización de la dádiva es tan longeva como la institucionalización del ajuste. Alguien da; alguien paga. El año electoral todo lo potencia. Ningún dirigente puede sacar los pies del plato. La búsqueda del sufragio, en su sentido más elegante, es transversal a la necesidad del candidato por alcanzar el objetivo: llegar a ocupar un cargo electivo para recuperar la inversión efectuada.
La política es una gran bolsa laboral que puede catapultar a cualquiera. Ello se explica en las cifras que ha difundido la propia Junta Electoral Provincial: 18.651 almas que pugnarán el domingo 9 de junio por 347 cargos. Pero la inversión no es sencilla. Un postulante para un escaño legislativo puede llegar a erogar no menos de $ 4 millones, con lo básico. Pero, en el mundo de la política, se sostiene que esa cifra es irrisoria (algunos llegan a multiplicarla por 10, según la cercanía a los líderes del momento, con presupuestos importantes) si se toma en cuenta el ejército de empleados que contratan algunos candidatos para mostrarse en público, más aún en redes sociales.
La proliferación de community managers (gestores del marketing digital) se refleja en cada paso del postulante. La foto para el Facebook; la frase para Twitter o el saludo en Instagram son como caricias al ego del candidato que explora nuevos mercados electorales. De hecho, su mirada está puesta en los millennials (aquellos jóvenes de entre 19 y 32 años, nativos digitales) y también en los centennials (menores de 18), que experimentarán sus primeras experiencias en el arte de sufragar. Todos están en las redes, pero no necesariamente las sensaciones, las percepciones y las expectativas se trasladan linealmente al cuarto oscuro. Esos jóvenes tienen otras motivaciones, diferentes a los candidatos que, en su mayoría, son de la Generación X, de entre 40 y 55 años que -en muchos casos- descubrieron las redes para alcanzar visibilidad digital, por impulso de las tendencias modernas.
Los postulantes de la era moderna no tienen tanta resistencia a la crítica. Están más propensos al “ghosting” toda vez que cualquier usuario (que no sea un troll) ose realizarle alguna observación. O comprometerlo en algún tema sensible. O no responden, te “clavan el visto” o directamente te bloquean en las redes. Pero la realidad es más apabullante. Todos quedan expuestos, para bien o para mal. Esa elevada exposición es explotada por el contrincante. En las últimas campañas proselitistas la ausencia de ideas fue moneda corriente. De un lado y del otro del mostrador. Del oficialismo y también de la oposición.
La especulación también es una herramienta de uso masivo. El asistencialismo estatal se renueva constantemente. La crisis lo potencia. Desde el oficialismo provincial se afirma que es necesario extender la gran mano del sector público a franjas vulnerables de la población, golpeadas con mayor fuerza por la crisis cambiaria que se transformó en recesión. La inauguración de obras debería ser una constante, pero es más notoria cuando hay una elección cerca. El oficialismo nacional ha decidido sacar el pie del acelerador en su plan de avanzar hacia el déficit cero, pero las medidas que anuncian en tal sentido son transitorias, por seis meses, hasta después de las elecciones presidenciales de octubre. ¿Después? Veremos.
Pocos dirigentes ponen el acento en la franja vulnerable de la sociedad. Por caso, más de dos millones de argentinos viven cerca de basurales, de acuerdo con los datos difundidos ayer por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec). Las elecciones pasan, los problemas quedan. No se fustiga la decisión política de ayudar, sino las formas que se emplean para que esa asistencia llegue a un potencial elector. Y esto vale tanto para las políticas tucumanas como nacionales. El fin no necesariamente justifica los medios empleados para alcanzarlo. La política puede ampliar sus horizontes en tanto y en cuanto haya madurez en la dirigencia. Que, superados los comicios, dejen de pelearse cotidianamente y se pongan de acuerdo para elaborar políticas públicas. Sin personalismos, con una alta dosis de altruismo.