En la región pobre y montañosa de Guatemala, los pequeños agricultores venden sus tierras a los grandes productores de aceite de palma para intentar sin éxito emigrar a Estados Unidos. “La gran mayoría es detenida en la frontera, regresa para encontrar más pobreza y termina como empleada en su propia tierra”, lamentó César Castro, alcalde del municipio de Raxruhá.

El auge del aceite de palma ha convertido a Guatemala en uno de los mayores productores mundiales en sólo unos años. Utilizado en alimentos, detergentes y combustibles, el aceite de palma se produce principalmente en Indonesia y Malasia, pero las exportaciones guatemaltecas aumentaron casi siete veces en los últimos diez años y alcanzaron las 727.000 toneladas en 2017. El departamento de Alta Verapaz, donde se encuentra Raxruhá, concentra más de una séptima parte del área cultivada de Guatemala.

Muchos aldeanos de Raxruhá han renunciado a las tierras que los alimentaron durante generaciones. José María Ical, un agricultor local, relató cómo él y otros le vendieron tierras a la empresa palmera Chiquibul. En 2010 la empresa compró parcelas a través de intermediarios que decían que eran ganaderos. Las tierras de Chiquibul finalmente cercaron a los pequeños granjeros y bloquearon el acceso a otras parcelas. “Prácticamente me obligaron a vender”, suspiró Ical. Según él, la mayoría de los que vendieron ahora trabajan para Chiquibul.

Sin embargo, Darlyn Lemus, una maestra de 30 años, sostuvo que las empresas de aceite de palma reciben críticas indebidas. “La industria de palma no ha obligado a vender. La gente ha tenido sus propias razones”, mantuvo Lemus, cuya familia es una de las pocas en el área que ha conservado sus tierras.

El dinero que reciben por la venta de sus tierras sirve a los ex agricultores para pagar a traficantes de personas que venden un supuesto ingreso fácil a Estados Unidos. Sin embargo, la mayoría de los guatemaltecos que parten hacia el norte no logrará cruzar la frontera entre México y Estados Unidos. Allí serán detenidos y deportados.

Atravesada por calles de tierra sin aceras ni desagües, a Raxruhá la pueblan niños y adultos que a veces caminan descalzos y a menudo viven en casas de paja. De esta ciudad desahuciada provenía Jakelin Caal, una niña de siete años que el mes pasado murió de fiebre bajo la custodia de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos. Jakelin dejó Raxruhá con su padre, que había luchado durante años por ganar lo suficiente para mantener a su familia como agricultor de maíz.

Dorriam Caal, tío de Jakelin, trabajó para Chiquibul el año pasado. “El trabajo es matador. Tienes que levantarte a las tres de la mañana y regresar a casa a las 10 de la noche. Y con lo poco que pagan, ni siquiera así es suficiente”, musitó. Dorriam precisó que ganaba 60 quetzales (poco menos de ocho dólares) por día. El Gobierno de Guatemala fijó el salario mínimo diario para el sector agrícola en 90 quetzales el año pasado.

Chiquibul es proveedor de compradores internacionales como ADM y Cargill. El Consejo Nacional de Desplazados de Guatemala, una organización defensora de derechos laborales de los campesinos, presentó una queja ante Cargill por los salarios en 2016. Chiquibul, ADM y Cargill no respondieron a las repetidas solicitudes de comentarios para este artículo.

Otra compañía de aceite de palma que funciona en Raxruhá es NaturAceites. Su director de Sostenibilidad, Héctor Herrera, describió a la industria como “la única posibilidad de trabajo decente que hay en algunas partes del país”. Herrera defendió a su firma y argumentó que crea miles de empleos e invierte en carreteras, escuelas y centros de salud.