Walter Vargas

Telam

Menos que una ocurrencia providencial o una decisión inteligente, el destino del partido decisivo que jugarán River y Boca supone un volantazo sugestivo y, en todo caso, un consuelo menor, y por menor la certificación de un fracaso en toda la línea.

Un descomunal fracaso de las estructuras del fútbol argentino, de la AFA y de la Conmebol, en la medida que primero no pudieron y luego no quisieron restituir el derecho que asiste a los hinchas.

El derecho de los hinchas de River que estuvieron en el Monumental el sábado tristemente célebre, a los hinchas de River que también fueron al día siguiente y por qué no a los hinchas de la camiseta que fuere.

Por estas tierras la Copa Libertadores es un valor preciado y por añadidura digno de ser protegido, como está visto no lo han hecho ni la Conmebol ni los que cortan el bacalao en River y Boca.

Entre varias aristas cuestionables que tuvieron los sucesos de hace una semana, lo único que pese a sus defectos de tiempos y de forma no dejó margen para la impugnación fue la postergación del partido.

Una vez consumado el ataque y habida cuenta de los perjuicios provocados a los jugadores de Boca, no había manera de forzar la realización del juego sin incurrir en una injusticia descomunal.

También acaso haya sido injusto que el tribunal disciplinario de la Conmebol no hubiera aplicado el mismo criterio que el de 2015, el de la noche del gas pimienta, el que al cabo permitió a River pasar a los cuartos de final sin afrontar el segundo tiempo.

En esa línea de razonamiento asimismo no hubiera sido menos injusto que River saliera indemne y de ahí que no asomara descabellada la posibilidad de que debiera pagar con la cancelación de su localía.

Ahora, ¿llevar a Europa la final de la máxima competencia sudamericana a nivel de clubes?

Desde ya que vulnera el propio reglamento de la Copa Libertadores, lo cual ya es decir, pero además significa un inusitado destrato a todos y cada uno de los miles y miles de hinchas de River que habíán abonado su entrada y que en muchos casos fueron sábado y domingo.

Tal vez encandilada por la vertiente fascinante, que la tiene, de que el partido se juegue en el legendario Santiago Bernabéu, la comunidad futbolera ha recibido esta bofetada con una pasividad llamativa.

Cada quien es dueño de pensar lo que quiera, del mismo modo que el autor de estas líneas se siente habilitado a deducir que el traslado del partido de Figueroa Alcorta 7597 a Concha Espina 1 de Madrid tiene las inconfundibles cara de Pilatos y del oportunismo malsano.