“Me encanta nadar, pero hace años que no voy, por mi asma”. Frases como estas escuchan a diario los neumonólogos; pero ellos insisten en que incluso el cuando el asma (enfermedad inflamatoria de las vías respiratorias) es severo se puede controlar. Eso significa que no haya síntomas ni episodios de crisis, y una vida normal.

“La prevalencia de la enfermedad en nuestro país es cercana al 9 % (unos 4 millones de personas) -detalló Hugo Neffen, de la Asociación Argentina de Medicina Respiratoria (AAMR) -. Se estima que la mitad no están diagnosticadas. Algunos síntomas que ameritan la consulta son tos seca persistente, silbidos al respirar y recurrente falta de aire. Especialmente si empeoran con el ejercicio, la exposición a alérgenos (ácaros, hongos o pólenes) o cambios de clima, vapores químicos, gases o polvo”. No se cura, pero el diagnóstico y el tratamiento adecuados, y el manejo de factores sociales y ambientales permiten evitar las crisis.

Daniel Buljubasich, presidente de AAMR, insistió en que hay que perderle el miedo y la vergüenza: “no es vergonzoso tener asma, es una enfermedad crónica más. No hay actividad que un asmático no pueda hacer”. En cambio, el asma mal controlado -resaltó- encoge la vida familiar y comunitaria, causa pérdida de productividad, eleva los costos para los sistemas de salud y, en algunos casos, puede llevar a la muerte.