> LA MISA DE HOY

PBRO. MARCELO BARRIONUEVO

El amor a Dios con todo el corazón y al prójimo como a uno mismo vale más que todos los sacrificios. Esta afirmación del letrado que había preguntado a Jesús cuál era el mandamiento principal, mereció la alabanza de Cristo y le aseguró que no estaba lejos del Reino de Dios. Amar a Dios es cumplir sus mandamientos, su Voluntad. Jesús ha asegurado que el que hace la Voluntad del Padre que está en los cielos es su hermano, su hermana y su Madre. Esto es, alguien tan querido como su propia Madre. El amor a Dios es inseparable del amor al prójimo: “Si alguno dice: sí, yo amo a Dios, al paso que aborrece a su hermano, es un mentiroso”. Tampoco sería verdad que amamos a nuestro Padre-Dios, si no quisiéramos también a nuestros hermanos. Toda apelación al amor puede parecer vaporosa, idealista y poco práctica frente a la sólida realidad de los conflictos familiares, laborales, académicos, políticos... porque la vida significa luchar, devolver golpe por golpe si no quieres que te marginen. Por otra parte, los conflictos son inevitables; pero no se solucionan con enfrentamientos. Es más importante tener unión que razón. “No es posible –enseña Newman- encontrar a dos personas, por muy íntimas que sean, por mucha afinidad de sentimientos espirituales entre las mismas, que no se vean obligadas a renunciar, en beneficio mutuo, de muchos de sus gustos y deseos si quieren vivir juntas felizmente”. Quien no ama se autoexcluye de quienes le tratan y tampoco será amado por Dios. No habrá armonía entre nosotros si no hay una reserva de renuncia y comunión que sacrifique nuestras opiniones y gustos en aras de la unidad. No se ama a Dios si no se está dispuesto a que nuestra voluntad se subordine a la de Dios; y no hay amor a los demás si, en cuestiones opinables, nos empecinamos en que nuestra voluntad se imponga. Por decirlo con acento andaluz: preferible tener armonía que salirme siempre con la mía” ( de Rodríguez Sánchez)