LA GACETA Literaria

30 años sin Raymond Carver

El 2 de agosto de 1988 murió uno de los mejores cuentistas de los últimos tiempos. Autor de libros únicos como De qué hablamos cuando hablamos de amor o ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? Pintó como pocos el lado gris de la vida ordinaria. Sus historias están protagonizadas por personas comunes con problemas comunes.
09 Sep 2018

Por Alejandro Duchini

PARA LA GACETA - BUENOS AIRES

 Cuando alguien diga algo así como “¿de qué hablamos cuando hablamos de… ?” no hará más que repetir una frase del cuentista norteamericano Raymond Carver. De qué hablamos cuando hablamos de amor es el título de un libro publicado en 1981, más o menos la época en que comenzaba a escribir sus relatos más emblemáticos.

Carver es considerado uno de los mejores autores de cuentos cortos desde Hemingway. En sus historias los protagonistas son, por ejemplo, parejas que se pelean y tironean, literalmente, para ver quién se queda con el hijo; hombres desganados; mujeres hartas de sus vidas; obreros que temen perder el trabajo; bebedores empedernidos. Y suele volver a su padre. Casado (en 1957, con Maryann Bruck, quien apenas tenía 17 años cuando quedó embarazada.) y con dos hijos (Christine y Vance), trabajaba de lo que podía para mantener a su familia y escribía cuándo y cómo podía.

A sus 20 (había nacido el 25 de mayo del 38 en Clatskanie, Oregón) comenzó a interesarse por la escritura, pero no pudo vivir exclusivamente de ella hasta mediados de los 80. Publicaba textos en revistas poco conocidas. También ejerció la docencia. Nunca dejó de leer. Después firmaría en las prestigiosas New Yorker y Esquire e integraría libros de cuentos de autores diversos y de cierto renombre. A los 30 era un alcohólico empedernido que hasta debió ser internado. Su hija Christine seguiría esos pasos. En la última década de su vida, Carver había dejado la bebida y disfrutaba de su fama de escritor. En el relato Belvedere refiere: “La bebida es algo extraño. Cuando miro hacia atrás y pienso en ello, veo que todas las decisiones importantes las hemos tomado mientras bebíamos”. Entonces no necesitaba de otros empleos y se podía dedicar casi exclusivamente a la escritura. Ya se había separado y vuelto a casar (con la poeta Tess Gallagher). Se había acostumbrado a las premiaciones y reconocimientos de todo tipo. Así estaba cuando murió, a los 50 años, por un cáncer de pulmón, en Port Angeles, Washington. En sus últimos meses había vuelto a dedicarse a la poesía, contó su pareja. Dejó una gran obra publicada y varios relatos que vieron la luz después de su fallecimiento.

Pocos escritores tuvieron una relación tan estrecha con sus editores como Carver con Gordon Lish, quien le cambiaba textos, le quitaba palabras y reescribía finales: un artículo del New York Times Magazine inició la polémica en 1998. Lish, se leía, le dio forma a cada uno de sus cuentos. Y la principal herramienta consistía en reducirle la cantidad de palabras.

El escritor Haruki Murakami no sólo era su traductor al japonés. También un acérrimo admirador de su obra. No es el único. En las pocas entrevistas que brinda, cuenta cuán importante fue la influencia de Carver en su obra.

Itinerarios de lectura

Carver sentía predilección por un maestro del cuento corto: Anton Chejov. El mejor ejemplo está en su libro Tres rosas amarillas, donde en el último relato, del mismo título, cuenta los minutos finales de la vida del escritor ruso. Si tienen posibilidad de leerlo, no se lo pierdan. Está en español, publicado por Anagrama.

Justamente fue esa editorial la que permitió que Carver llegue al lector argentino. Se convirtió en uno de esos insoslayables escritores que aparecían en Argentina en los 90. Como Paul Auster, Ian McEwan, Jack Kerouac o Charles Bukowski. Autores que rompían el molde.

En 2016, la misma Anagrama publicó una recopilación (Todos los cuentos) que contiene en más de 700 páginas ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, De qué hablamos cuando hablamos de amor, Catedral, Tres rosas amarillas y Si me necesitas, llámame.

Estos títulos también pueden conseguirse de manera independiente. Igual que Principiantes, la antología Short Cuts (Vidas cruzadas) y Carver Country (fotos, cuentos, poemas y cartas inéditas, además de un texto de su viuda). En este libro se recuerda su visita a Rosario, en 1984. “Por encargo de la U.S. Information Service, Raymond Carver y Tess Gallagher llevan a cabo una gira por Brasil y Argentina”, se lee. Se presentaron en el Instituto de Enseñanza Superior (entonces Instituto Nacional de Enseñanza Superior Olga Cossetini). También, se cuenta en Rosario, visitaron el Jockey Club. La periodista, poeta y escritora rosarina Beatriz Vignoli recuerda aquello en una nota publicada hace tres años en Página 12. Describe que el tono de lectura de Carver era tan monótono que se durmió: “Yo (me) dormí con Carver”, tituló su crónica.

Texto al padre

Su padre, Clevie Raymond Carver, era alcohólico. A ese hombre le dedicó uno de sus mejores trabajos: Vida de mi padre (Editorial Norma), ensayo inhallable actualmente en papel. Sí, en cambio, se puede encontrar en la web. Un texto perfecto sobre padres e hijos.

“Cuando murió, mi madre le telefoneó a mi esposa con la noticia. Yo entonces estaba lejos de mi familia, entre dos vidas, tratando de matricularme en la Escuela de Bibliotecología de la Universidad de Iowa. Cuando mi esposa contestó al teléfono, mi madre le soltó ‘¡Murió Raymond!’. Por un momento mi esposa pensó que mi madre había dicho que yo había muerto. Luego mi madre aclaró de cuál Raymond estaba hablando y mi esposa dijo: ‘Gracias a Dios. Pensé que se refería a mi Raymond’”, escribe Carver. Y acota que su madre sabía que el padre era mujeriego (“tu papá siempre tenía una novia, incluso después de que nos casamos”).

También habla de los achaques en la salud del padre; y particularmente de un reencuentro: “No lo reconocí de inmediato. Creo que por un momento no quise reconocerlo. Estaba flaco y pálido y parecía aturdido. Los pantalones se le caían. No parecía mi papá. Mi madre empezó a llorar. Mi papá la rodeó con los brazos y vagamente le daba golpecitos en el hombro, como si él tampoco supiera de qué se trataba todo esto. Los tres empezamos a vivir en el trailer y lo cuidamos lo mejor que podíamos. Pero mi papá estaba enfermo y no podía mejorar”. Lo que sigue es más decadencia, pasando por un diálogo íntimo: “En una Nochebuena tuve la oportunidad de contarle que quería ser escritor. Lo mismo hubiera podido decirle que quería ser cirujano plástico. ‘¿De qué vas a escribir?’, quería saber. Después, como para ayudarme, dijo: ‘Escribe sobre cosas que sepas. Escribe sobre esas excursiones a pescar que hacíamos’. Dije que lo haría, pero sabía que no sería así. ‘Mándame lo que escribas’, dijo. Dije que sí, pero después no lo hice. No estaba escribiendo nada sobre pescar, y no creo que le hubiera interesado particularmente, o incluso que hubiera entendido, lo que estaba escribiendo en esos días. Además, no era un lector. No el tipo de lector para el que me imaginaba estar escribiendo”.

Y para terminar: “Luego murió. Yo estaba muy lejos, en Iowa City, y aún tenía cosas que decirle. No tuve la ocasión de decirle adiós, o que pensaba que lo estaba haciendo muy bien en su nuevo empleo. Que me sentía orgulloso de él por haber sido capaz de volver a empezar”.

Amigos, no dejen de leer a Raymond Carver.

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