LA GACETA Literaria

La feroz vida de Robledo Puch

Vidas sucesivas de un hombre aniquilado.
26 Ago 2018

CRÓNICA

EL ÁNGEL NEGRO

RODOLFO PALACIOS

(Aguilar - Buenos Aires)

Quien alguna vez fue un joven hermoso que entre 1971 y 1972 mató a once personas “por la espalda o mientras dormían”, es hoy el preso con más años en una cárcel argentina.

Autodidacta, cita a Shakespeare o a Foucault; sueña con filmar una película sobre su vida, dirigida por Spielberg, Tarantino o Scorsese; se cree un profeta incomprendido o el sucesor de Juan Perón, se compara con Nelson Mandela; mira horas de televisión y está obsesionado por las casualidades.

Alguna vez prendió fuego la carpintería de Sierra Chica creyéndose Batman, le envió una carta a María Eugenia Vidal solicitando un indulto, y, en su momento, pretendió pelear en Malvinas. Sobrevivió al motín de los Doce Apóstoles en el mismo lugar donde ha pasado más de dos tercios de su vida.

Escribió Osvaldo Soriano sobre él en el diario La Opinión, allá por febrero de 1972: “Robledo Puch desnuda la apetencia arribista de algunos jóvenes cuyos únicos valores son los símbolos del éxito: ‘Un joven de 20 años no puede vivir sin plata y sin coche’, ha dicho el acusado. Él tuvo lo que buscaba: dinero, autos, vértigo; para ello tuvo que matar una y otra vez, entrar en un torbellino que lo envolvió hasta devorarlo. Cuando mató al primer hombre, Robledo Puch ya se había aniquilado a sí mismo”.

Sobre esa aniquilación escribe Rodolfo Palacios en la edición definitiva de El Ángel Negro.

Oscuridad contagiosa

Palacios, se sabe, trabaja sobre la empatía con sus entrevistados: se ha metido con gente como Barreda, Pepita la Pistolera, Yiya Murano, el Gordo Valor y aquel superlativo e inverosímil robo al Banco Río. Puch fue, para Palacios, una bendición periodística y una pesadilla vital: ciertas empatías pagan su precio, porque la oscuridad, también se sabe, es contagiosa.

Así, logró visitar ocho veces a Robledo Puch en el penal de Sierra Chica, recibió en su casa llamados telefónicos y 45 cartas suyas, aceptó que le regalase algunos de sus dibujos, le obsequió una máquina de escribir.

El libro abre con pequeños prefacios de Andrés Calamaro, Jorge Lanata, Indio Solari, Luis Ortega y Enrique Symms (dime con quién andas y te diré quién escribe tus prólogos), y cierra con el proyecto que Ortega y Palacios estaban llevando adelante: la película El Ángel (ambos se conocen de la serie Historia de un clan: uno director, el otro guionista).

En esta última década, la crónica ha replanteado la máxima hemingwayniana: si frente a la novela, que se impone por puntos, un cuento gana por knock-out, la crónica actual intenta noquear una vez por round. Esa parece ser la búsqueda de Palacios.

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HERNÁN CARBONEL