LA GACETA Literaria

CARLITOS WAY

La historia de Carlos Robledo Puch necesitaba de la ficción para ser procesada. Con un enfoque similar al que exhibió en Historia de un Clan, la miniserie que aborda el caso Puccio, Luis Ortega se mete en la vida del asesino que sigue cumpliendo su pena de prisión desde 1972.
26 Ago 2018

Por Juan José Fernández

 PARA LA GACETA - CÓRDOBA

Los casos Puccio y Robledo Puch tienen protagonistas con similitudes que despiertan el interés del público. Lejos del estereotipo marginal del criminal, los personajes de estas historias son miembros de clases acomodadas. Alejandro Puccio, el wing de los Pumas y del CASI de San Isidro, y Robledo Puch, el joven rubio de rasgos aniñados de Olivos, tocan simultáneamente diversas fibras sensibles en la audiencia. Las que disparan el temor de que un monstruo pueda convivir disimuladamente en el rebaño de los pacíficos. Y también las que generan una simpatía culposa.

Es una vuelta de tuerca al planteo que hacía H.G. Wells en ese futuro imaginario habitado por dos tipos de criaturas. Los Eloi, con una vida idílica en la superficie de la Tierra. Y los Morlocks, seres horribles de las profundidades que cada tanto salen a alimentarse de algún Eloi. Los casos de Puccio y Robledo Puch diluyen las fronteras de ese mundo binario.

Una de las razones que impulsa masivamente a los espectadores a ver la película El Ángel es la posibilidad de entrever una respuesta a esa anomalía. La versión personal de Ortega ofrece algunas claves detrás de esa mirada anodina, antiempática del joven que mata sin remordimientos. Hay un costado lúdico combinado con frustraciones afectivas y ambiciones de distinto orden. Desea bienes que no están a su alcance por su edad. Pero parece, sobre todo, disfrutar de la exhibición de sus habilidades frente a sus cómplices, de la transgresión de un orden y del desempeño de un rol para el que siente que ha nacido. La pericia que se presentó durante el juicio por sus crímenes resume el misterio psicológico y sociológico. Indicó que procedía de “un hogar legítimo y completo, ausente de circunstancias higiénicas y morales desfavorables” y que “tampoco hubo apremios económicos de importancia, reveses de fortuna, abandono del hogar, falta de trabajo, desgracias personales, conflictos afectivos, hacinamiento o promiscuidad”.

Ortega desecha la sangre en su propuesta fílmica. Y su ausencia facilita la identificación del público con el personaje. La irrupción de la risa con sus andanzas adolescentes, en algunas escenas, anestesia la prevención original del público con la historia. La película pone en movimiento las fotos que quedaron grabadas en la memoria de quienes vivieron esa época. Las que registran a un chico esposado con la fisonomía de un impúber, con sus rulos rubios desaliñados y una mirada desafiante, atrapado mientras intentaba volver a su casa a ver a su madre, después de matar a once personas.

Las fotos plasman el reverso de la teoría de César Lombroso, el criminalista que postulaba una relación entre la fisonomía y la criminalidad. Carlos Robledo Puch es un Morlock con aspecto de Eloi.

© LA GACETA

PERFIL

Carlos Robledo Puch nació en Buenos Aires, en 1952. Vivía en Olivos con sus padres. Su padre trabajaba en General Motors. A los 19 años, junto a un cómplice, asaltó un local bailable y asesinó a su dueño y al custodio. Dos meses después, asaltaron un negocio de repuestos y mataron al sereno. Quince días más tarde, su víctima fatal fue el sereno de un supermercado. Tres semanas después, mató a dos mujeres que habían sido violadas por su cómplice. Este último murió, en un accidente automovilístico del que Robledo Puch salió ileso. Tres meses más tarde, con un nuevo cómplice, asaltó otro supermercado y ejecutó a un guardia. A los dos días, al cuidador de una concesionaria de autos. Poco después mataron al sereno de una ferretería. Allí abrieron una caja fuerte con un soplete, instrumento que Robledo usó para desfigurarle la cara a su secuaz, después de asesinarlo con un balazo y para evitar que fuera reconocido por la policía. A los 20 años fue condenado por once homicidios calificados, uno simple, 17 robos, abuso deshonesto y dos secuestros. Permanece preso, hoy en el penal de Sierra Chica, desde 1972, con excepción de tres días en los que estuvo prófugo, luego de escaparse del penal de Olmos. En 2008 pidió la prisión domiciliaria y le fue denegada por considerarse que no reunía las condiciones necesarias para vivir en libertad. En 2011 y 2013 recibió nuevas negativas a su solicitud.

Hay que matar hasta a los amigos *
Por Luis Ortega

Quien quiera separarse para siempre de la humanidad, por odio o necesidad, debe hacer algo irreparable. No alcanza con robar para ser distinguido con el desprecio unánime de los demás (el ladrón siempre tiene quien lo comprenda). Para ser implacable en esa soledad, hay que matar hasta a los amigos.
La existencia del mal está sellada al vacío, no se puede descifrar. Por eso inventaron la pena de muerte, el loquero, la cárcel; para los que vinieron a romper el cristal.
La realidad está encriptada de modo que nunca nada será entendido. El dolor se paga con dolor. Y en esa ausencia de Dios que él percibe, el acto de matar es una abstracción que nadie llorará, pero le garantiza al criminal su destino.

* Introducción de El ángel negro (Sudamericana).