“Desde que sufrí el ataque no puedo ni dormir tranquilo. Un movimiento o un ruido extraño me alteran. De un ataque de motochorros nadie se recupera fácilmente”, explica Mario Murillo, una víctima de esta modalidad delictiva que se atrevió a contar su caso.

Ocurrió hace menos de una semana, en el pasaje Lucía Aráoz al 2.800. “Fui a buscar a mi hijo y mientras lo esperaba, aparecieron dos jóvenes en una moto. Uno de ellos se bajó y me apuntó con una pistola. Reaccioné arrojando la mochila que tenía adentro de una casa y le entregué el celular. Después me di cuenta de que hice una locura. Me podrían haber matado por esa mochila. Y también me pregunto qué hubiera pasado si mi hijo hubiera estado conmigo. Esas son las ideas que no dejan de pasar por la cabeza y que, realmente, me quitan el sueño”, relató.

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Este es uno de los casos de lectores de LA GACETA que denunciaron a través de una línea directa de WahtsApp (381-6311910) haber sido víctimas de arrebatos. Ese delito, por segunda semana consecutiva, es el que más veces se cometió desde el 27 de julio hasta el jueves 2 de este mes, según los datos que se sumaron en base a la información oficial y los partes que se reciben en Tribunales y que están plasmados. Es el único que se cometió en cada una de las ciudades que forman parte del Gran San Miguel de Tucumán.

“El problema es que todo está muy mal. Cada vez son más las zonas inseguras. Y lo digo porque trabajo en una empresa de servicios que debe contratar policías para poder trabajar en algún barrio de la periferia y no sufrir un robo”, indicó Murillo.

Incomunicados

Otros denunciaron el hecho, pero, por temor, no quisieron realizar declaraciones. Por ejemplo, una joven prefirió no revivir el momento en el que en barrio Sur fue arrastrada por un motochorro que quería quitarle la cartera que ella se negaba a entregar. La salvó el chofer de un ómnibus que observó la escena y con sólo frenar el colectivo espantó al ladrón. O una mujer que dejó de tomar la Línea 19 porque le robaron cuatro veces a lo largo de la avenida Adolfo de la Vega, cuando esperaba para subir a uno de sus internos.

Sergio Chalup mantuvo el tono de padre preocupado cuando habló con LA GACETA. Su hijo fue víctima de motochorros por tercera vez en sus 17 años. La última oportunidad fue en la plaza del barrio Congreso, muy cerca de su casa. La escena del ataque fue más o menos la misma: estaba charlando junto a dos amigos en un banco del paseo; uno de los dos hombres que circulaban en una moto los amenazó con un arma y se llevó dos celulares y la camiseta de un equipo de fútbol que uno de ellos tenía puesta. “Y él quedó tocado con todo lo que le tocó vivir. Lamentablemente, ni en la plaza de un barrio que es supuestamente tranquilo se puede estar. Las tres veces le quitaron el celular. Siente que tiene un karma con este tema”, indicó el padre.

Chalup agregó que después de pensarlo y discutirlo a nivel familiar tomó una drástica decisión: “si le volvemos a comprar un celular no lo podrá llevar a la calle por cuestiones de seguridad. Y nos costó tomar esa decisión porque supuestamente un padre le da a su hijo un teléfono para estar comunicado con él, para saber dónde está y que tenga algo para llamarnos si es que nos necesita por alguna razón. Pero ahora, llevar un aparato es motivo de que te lastimen para quitártelo o corrés más riesgos”.

Sin cambios

“No me quedó otra alternativa que tomar un taxi por cinco cuadras para que no me roben. En menos de dos años sufrí cuatro ataques de motochorros cuando iba o volvía de trabajar”, señaló Patricia Ruiz.

La docente de una escuela rural recuerda cada uno de los ataques que sufrió. El que más le dolió fue cuando le quitaron dinero que era del establecimiento educativo. Con su experiencia y en base a las denuncias de sus vecinos, consideró que hay una zona muy peligrosa: la calle Delfín Gallo, desde avenida Juan B. Justo hasta 25 de Mayo.

“Hubo casos horribles, como el de Mauro Iván Sénneke (joven asesinado de un disparo en la cabeza en noviembre de 2011 en Rivadavia y Delfín Gallo cuando le robaron la mochila) y nadie hizo nada. Todo sigue igual. Es como si no les importara nuestra seguridad porque no se puede creer que por esta zona siguen andando chicos, la mayoría menores, robando”, agregó.

Ruiz dijo que ella, como cualquier otro tucumano, tuvo que modificar parte de su vida para evitar el ataque de los motochorros. “A mí me arrastraron dos veces para quitarme la cartera y las otras dos veces me amenazaron con armas. Tengo que seguir trabajando para vivir. Entonces, no me queda otra que tomarme un taxi por cinco cuadras para que me dejen en la parada y para que después me traigan a casa. Nosotros tomamos medidas, pero no entiendo cómo las autoridades no. Por ejemplo, ¿hasta cuándo seguirán circulando motos sin dominio?”, se preguntó.