ALVARO AURANE

ESPECIAL PARA LG MUNDIALISTA - DESDE PARÍS

Aunque el Día de Francia se conmemorará el sábado, París vivió anoche una auténtica fiesta nacional. A las 22 (17 de la Argentina), cuando todavía es de día en la capital gala, plena en iglesias y campanarios, las que empezaron a redoblar fueron las bocinas. “Les Bleus”, como le llaman a la Selección, acababan de ganarle la semifinal a Bélgica en el Mundial de Rusia y, literalmente, todo el mundo salió a las calles.

La ancha avenida de los Campos Elíseos fue trastrocada en su naturaleza. Aunque desde hace días se ve tan atiborrada de autos como siempre y con las veredas valladas y embanderadas como nunca por los preparativos para fiesta patria, anoche sólo la transitaba la gente por su histórica calzada.

Durante horas (literalmente, horas) sus casi dos kilómetros de extensión estuvieron cubiertos de franceses eufóricos. No iban a tomar la Bastilla sino, simbólica y alegremente, el Arco del Triunfo. “Arco” y “Triunfo” se cuajaron, por una noche, de una nueva significación.

Las banderas azules, blancas y rojas, las bengalas y los parisinos eran una colorida alfombra humana hasta la Plaza de la Concordia. Es decir, hasta donde llega la vista. La ciudad era un solo cantar. “Olé olé á la finale” y “Ale ale ale Bleu” eran coreadas en cada adoquín. La “ciudad luz” enseñaba a todos su voz.

“Estamos en la final. Estamos todos”, explica Alphonse Fablet. Y no miente. Abrazados por la misma algarabía hay franceses de todos los credos y de todas las etnias. Por un instante, el fútbol logra hacer realidad el mandato revolucionario. Aquí hay euforia, libertad, igualdad y fraternidad.

Los únicos que permanecen inmutables son los gendarmes. Hay mínimo cuatro en cada esquina, sobre la que atravesaron una combi dentro de la cual hay más uniformados, con diferentes armas largas y la misma cara de guerra.

Familias enteras

“Ahora hay familias enteras que vienen a celebrar, pero hay que prevenir que no pase nada después, con los que se quedan a seguir celebrando. Igual, es una fiesta y no debería pasar nada malo”, explica la optimista Sophie Ybarra en uno de los restaurantes que atiende con sus puertas cerradas, dejando pasar los clientes de dos en dos.

En un ir y venir, ella aparecerá, mágicamente, con las mejillas pintadas con los colores de Francia.

A la 1 de la madrugada de lo que aquí ya es miércoles, las bombas de estruendo, los petardos, las sirenas policiales y los fuegos artificiales siguen mezclándose sin pausa con la muchedumbre.

Amanecerá en un puñado de horas y al rato nomás habrá que ir a trabajar. Pero París bien vale una final...