“Era la chica rara, sobreprotegida, con un vestido rosa de flores y lazos en la cabeza, que tocaba el órgano en la iglesia. Mi madre, que no me dejaba usar maquillaje, me compraba la ropa”, le confesó Dolores O’Riordan al diario británico The Guardian. La trandisicón de esa chica nacida en Ballybricken, en el corazón de Irlanda, resultó impactante: devenida frontwoman de una de las bandas más exitosas e influyentes de los 90, se entiende por qué manejar la fama no le resultó fácil. Pero se hizo fuerte y también muy querida en el ambiente del rock. Por eso su muerte, a los 46 años, pegó fuerte.

La sensación es que, más allá de los dolores en la espalda que la habían obligado a cancelar una gira el año pasado, y del trastorno bipolar que padecía, O’Riordan tenía mucho para dar. Su maravilloso registro vocal, plagado de matices, llevó a The Cranberries a las ligas mayores. Hit tras hit, el grupo trascendió el indie hasta llenar estadios. Sí, a ella le tocó cantar hasta el hartazgo “Linger”, “Dreams” y “Zombie”, pero su legado es mucho más profundo.

La muerte la asaltó en Londres, donde había llegado para una breve sesión en el estudio. No trascendió la causa. O’Riordan había actuado antes de Navidad en la fiesta anual de la revista Billboard, en Nueva York, y a principios de mes soltó un tuit optimista desde Irlando, donde recibió 2018.

Fundada en 1989, The Cranberries inundó los charts en 1992 gracias al éxito de “Everybody else is doing it, so why can’t we?”, álbum en el que sobraban las referencias a The Smiths y en el que O’Riordan se inscribía en la ruta de Sinead O’Connor y Patsy Cline. Dos años después, con “No need to argue”, el acceso a la masividad fue definitivo. La banda estuvo sujeta a vaivenes desde entonces, con períodos de separación y de reencuentro, siempre a caballo de la adoración de los fans. En 2010 desembarcaron por única vez en la Argentina para tocar en el Luna Park.

Entre esos intervalos O’Riordan grabó dos discos solistas (“Are you listening?” y “No baggage”). De su matrimonio con Don Burton, ex manager de giras de Duran Duran, nacieron tres hijos. Además de cantar, ella tocaba la guitarra y los teclados, y varias de las letras que escribió la revelaron como una artista integral. Razones de sobra para haber dejado una marca, en especial entre innumerables cantantes que la adoptaron como modelo.