Persevera y triunfarás, reza el dicho popular. Esto se cumplió para Ramón “Don Luis” Brizuela, el creador de la famosa sanguchería que lleva su apellido y que, desde hace décadas, se estableció en la avenida Avellaneda 532. Lo que pasó fue que la primera noche que dedicó a vender sánguches de milanesa, en el 1951, Don Luis vendió sólo uno. La segunda noche pasó lo mismo. “Y él dijo ‘no, yo abandono acá’ y mi mamá le decía que siga”, relató su hijo, Eduardo Brizuela. “Ese producto después le gustó a la gente y perduró”, explicó.


Tanto fue el éxito de sus sánguches que en 1991 abrieron otro local a dos cuadras del que ya estaba abierto, en Avellaneda 386. Ese fue el establecimiento en el que Eduardo recibió a LA GACETA. “Desde temprana edad me dediqué a hacer y vender sánguches de milanesa. Cuando yo cumplí ocho o nueve años ya me empezó a llevar para que lo ayude”, recordó. El lugar al que lo llevaba fue el primer puesto que manejó, la primera cuadra de la calle Cuba. “Mis padres se pusieron el objetivo de juntar el dinero para comenzar. Un tío, que era carpintero, hizo un kiosco que debe haber sido de dos por dos (metros cuadrados). Era de lata con madera, con una tapa que se levantaba y servía de protección de la lluvia”, contó Eduardo. Fue en ese puesto que su padre se hizo conocido como “Don Luis”, pese a que su nombre era Ramón. Lo que pasó fue que, en una noche de mucho trabajo en la que no había tiempo para entrar en detalles o corregir a quien se equivocaba, un cliente lo llamó de esa forma. Al haber logrado llamar la atención de “Don Luis”, y ante la ausencia de una eventual corrección, el apodo quedó fijo.

El producto

Los tucumanos estamos acostumbrados a encontrar diferentes opciones en las sangucherías. Milanesa o lomito, con o sin verdura, y distintos aderezos. Sin embargo, la realidad era otra a mediados del siglo pasado. “Durante 20 años el sánguche fue pan, milanesa y con o sin picante. No llevaba mayonesa ni nada más”, aclaró Eduardo. “Se le agregó la mostaza primero y con el tiempo se usaron otras cosas”, completó.

En la pared del local hay una nota de LA GACETA enmarcada. Se trata de un artículo publicado el 31 de enero de 2011, en el que se celebran los 60 años que entonces cumplía Brizuela. La nota contiene una anécdota que hoy parece insólita, y Eduardo hizo el favor de reproducirla ante LAGACETA.com. “En el ‘66, cuando asume (Juan Carlos) Onganía, viene Gendarmería Nacional y los efectivos estaban a lo largo de la ruta 9. Como no tenían qué darles de comer nos encargaron 3.000 sánguches”, reveló para explicar el desafío. “Y les hicimos los 3.000 sánguches”, remató Eduardo orgulloso.


Esa no fue la única ocasión en la que cumplieron con pedidos exorbitantes. “Aquí había muchos talleres de colectivos, como El Ranchilleño, de Don Bravo. Él todos los sábados reunía el personal y pedía 300 sánguches para los empleados”, recordó.

La sanguchería de las hazañas hoy está bajo la conducción de la tercera generación: Carla y Patricio Brizuela, nietos de “Don Luis”. “Mis hijos me ayudan porque yo ya no puedo. Son ellos los encargados de manejarlo, del trato con los empleados y los clientes”, explicó Eduardo. “Yo estaba muy cansado y quería cerrar, pero ellos dijeron ‘nosotros vamos a seguir, nosotros lo vamos a atender’”, contó emocionado. Y después de 66 años años vigente, todo indica que a Brizuela le queda mucho tiempo produciendo sus famosas milangas. “Creo que sí hay para rato, porque a uno de mis nietos le preguntamos qué quiere ser cuando sea grande y él contesta ‘quiero ser sanguchero’”, concluyó Eduardo riendo.