La primera noche en la que Fiky abrió sus puertas, Juan Lázaro López (57) y Silvia Dilascio (57) vendieron 20 sánguches de milanesa entre familiares y amigos. Desde ese momento, el matrimonio no dejó de trabajar nunca en el negocio que iniciaron juntos. Hoy, 28 años después, venden muchos más. Y gracias al “boca en boca” -nunca hicieron publicidad- la “mila” de la sanguchería es una de las más conocidas y deseadas de la provincia: desde Tafí del Valle, Banda del Río Salí, Alderetes o El Corte viajan hasta la avenida República del Líbano 2.300 para degustarla. Incluso hay quienes compran el sánguche sin condimento para congelarlo y llevarlo en avión.

La familia López Dilascio siempre ha sido fanática de la “milanga”. “Mi papá trabajaba en un banco, pero siempre ha sido sanguchero: de chicos nos llevaba a comer a Chacho, Los Eléctricos o Don Pepe. Es más, durante años no abríamos los lunes y esos días comprábamos sánguches”, comentó entre risas Alejandro López Dilascio (35), el hijo mayor de los dueños de Fiky.

Él asiste a la sanguchería desde que tenía 10 años. Iba a colaborar y de paso se ganaba unos pesitos. “Era la gloria. Si venías viernes, sábado y domingo tenías $6. En el ‘92 eso era dinero. Me compraba mis cositas para la pesca”, recordó Alejandro, que hoy administra el lugar.


Tradición familiar

Pero no está solo en esa tarea: lo acompaña su papá (más conocido como “Fiky”), quien es la columna vertebral del negocio, y su hermana Lourdes. Antes también iban su mamá y su otra hermana, Romina, aunque siempre están para dar una mano.

Alejandro confesó que no es tarea fácil administrar un negocio entre familiares: “nos arrancábamos la cabeza por tonteras. A veces duraba un poco más, pero nada que no se pueda solucionar”. De igual manera, la familia nunca dejó de administrar el local en equipo. ¿El secreto del éxito? El cariño.

¿Por qué se llama Fiky?

El nombre de la sanguchería tiene su historia: el abuelo de Alejandro preparaba un chimichurri al que le decían Faifiky. Ese iba a ser el nombre del lugar, pero cuando pintaron el cartel, escribieron “sanguchería” sin dejar suficiente espacio para Faifiky. Entonces no hubo otra que achicar el término. Quedó Fiky.

En sus comienzos, el espacio del negocio ubicado en el barrio Villa Urquiza era reducido. “Se arrancó muy despacio. El local era chiquitito, había una mesada (adentro) y dos o tres mesas afuera”, detalló Alejandro. Con el paso de los años, la familia fue agrandándolo para poder cubrir la demanda del público que se acerca a comer milanesas.


Lo que no cambió con el tiempo es la forma de administrar la sanguchería. “La política de trabajo no se ha cambiado nunca: un buen servicio, un buen precio y un buen producto. Nosotros preparamos todo y siempre hemos tratado de mantener la misma calidad. La mayonesa no se ha cambiado nunca desde que hemos arrancado”, reveló.

La especialidad de la casa

El sándwich más pedido es el “Súper Fiky”, que además de milanesa lleva huevo, jamón, queso y un pan más grande que el habitual (pueden compartirlo dos o tres personas).

Se lo puede acompañar con agua o gaseosas, pero no con alcohol, porque ese tipo de bebidas no se venden. “Es una elección que hemos hecho nosotros para que haya un ambiente familiar. Hay veces que el alcohol te eleva los niveles del tono de voz, y (se dicen) palabrotas. Consideramos que ha sido la única manera para tratar de mixear esas dos cosas: compartir y no generar ningún momento incómodo para nadie, tanto como para los clientes como para nosotros”, explicó el sanguchero.


Sin haber publicitado nunca el negocio y sin tener ni Facebook ni Instagram -algo poco común entre las sangucherías en la actualidad-, Fiky es muy concurrida todos los fines de semana desde hace 28 años. “La clave es la calidad, y luego el boca en boca”, insistió Alejandro. ¿Qué se pierde el que no visitó el lugar? “Un muy buen sánguche de milanesa. Cuando vengan, pueden dar su veredicto. Es sin compromiso. Gracias a Dios, muchos vuelven”.