Por Federico Frau Barros 

PARA LA GACETA - BUENOS AIRES   

La antigua calle Monte Egmont del Adán Buenosayres de Marechal, el barrio de Flores de Silvio Astier de El Juguete Rabioso de Arlt y la Plaza Constitución de Carlos Argentino Daneri de El Aleph de Borges son algunos de los emblemáticos lugares de Buenos Aires por donde ha transcurrido la literatura argentina.

Si hacemos el ejercicio de pensar en las locaciones memorables de la historieta de nuestro país, aparecerán inmediatamente varias imágenes por donde pasaron Juan Salvo y sus compañeros en El Eternauta, la gran historieta nacional. Escrito por Héctor Germán Oesterheld e ilustrado por Francisco Solano López, el cómic que este año cumple seis décadas de su aparición en la revista Hora Cero, narra las aventuras de un grupo de ciudadanos liderados por Salvo, un padre de familia común y corriente, que hace frente a una invasión extraterrestre en la ciudad de Buenos Aires azotados también por una extraña nevada mortal.

Hace 60 años, Oesterheld le propuso a Solano López hacer una tira semanal y le preguntó qué tenía ganas de hacer. Solano López le dijo que quería hacer una historieta de ciencia ficción. “Pero no me escribas una en la que anden a las corridas con pistolas y lanzarrayos, haceme una de ciencia ficción realista”, le pidió. “La idea era que el lector se identificara con la historia”, explicó el dibujante en un artículo que él mismo escribió recordando ese proceso inicial.

Buscar personajes de barrio, trabajadores y padres de familia, fue parte de esa intención. Y en esa búsqueda, el hecho de que la historieta transcurriera por lugares clásicos de Buenos Aires colaboró para que los lectores se vieran reflejados. “Se trata del mejor relato de aventuras que ha dado este país y el mito más perdurable que creó la narrativa argentina en la segunda mitad del siglo XX”, dijo el escritor y periodista, Juan Sasturain, en la inauguración de una muestra en homenaje al Eternauta en la Biblioteca Nacional.

En los veinte kilómetros de travesía que anduvo el grupo de humanos que hizo frente a la invasión extraterrestre, saliendo de la casa de Juan Salvo en Vicente López hasta llegar a la plaza que está frente al Congreso de la Nación, el lugar de la gran batalla final, se pueden observar muchos lugares reconocibles que siguen en pie y casi iguales hasta el día de hoy: la autopista General Paz, la cancha de River, las barrancas de Belgrano, Plaza Italia y las vías del subte de la línea D.

La mítica batalla de la Plaza de los Dos Congresos, donde Salvo y su milicia se enfrentaron con “Los Ellos”, quizás sea una de las escenas más recordadas. El lugar donde los invasores montaron su cuartel general de invasión tuvo una particularidad: fue el único escenario de la historieta para la que Solano López necesitó buscar una referencia para dibujar. Todas las demás las había hecho con lo que tenía en su memoria, porque conocía los lugares. No es que no conociera esa plaza, pero para la locación de la batalla final usó una foto panorámica para poder dibujar todos los detalles de la plaza.

“Además de una historia de ciencia ficción fue un ejercicio de anticipación de la entrega que el país iba a vivir décadas después”, escribió Solano López en el libro Solano López en primera persona, publicado por Ancares Editora.

Monumental

Uno de los escenarios más recordados de la historieta es el Monumental de Nuñez. Lo que pasó con el estadio en la historieta también fue un ejercicio de anticipación. Solano López se adelantó varios años con su dibujo. En 1957 la cancha de River no era ni por cerca como apareció en la historieta y como es en la actualidad. En aquel entonces el Monumental aún era “La Herradura” y no había sido construida la tribuna que cerró el estadio y que se pudo hacer gracias a la venta de Omar Sívori a Europa. Si se observa con detalle, en uno de los cuadros de la historieta donde se ve el Monumental entero hasta se puede notar que la tribuna Sívori tiene también la segunda bandeja, tribuna que recién se terminó para el Mundial de 1978.

Otra de las locaciones fue el domo de las barrancas del barrio de Belgrano, donde los “Manos”, una de las especies de extraterrestres invasores, armaron su base operativa. Hoy la gente se junta a bailar zamba, tango y milonga los fines de semana ahí y el lugar está igual que en la historieta. Sin embargo ni en el domo ni en la plaza que hay alrededor hay algo que diga que por ahí pasó esa milicia de trabajadores y militares nacionalistas y que se enfrentó allí con los “Manos”.

En la ciudad de Buenos Aires hay un solo monumento que recuerda al Eternauta. Es en el barrio porteño de Puerto Madero donde hay una escultura en su honor que forma parte del paseo de la historieta. En la misma zona hay una plazoleta que lleva el nombre de Oesterheld, donde hace cinco años también se incorporó una distinción a Solano López cuando murió en 2012.

Por más que la ciudad no lo recuerde demasiado, hay individuos, con el espíritu de Salvo, que sí lo hacen. Quizás inspirado en el regreso de los milicianos desde el Congreso con unas bicicletas que agarraron en el camino y que tuvieron que dejar antes de llegar al Monumento de los Españoles, un ciclista porteño, Gustavo Almada, dueño de la bicicletería Lord Bike de Colegiales, organizó La Ruta del Eternauta en 2015. Junto con varios colegas hicieron el recorrido de Juan Salvo y sus compañeros en bicicleta.

Hay dos lugares claves de la historieta que no están en la ciudad de Buenos Aires sino en sus alrededores, ambos en la zona norte del conurbano. Uno de ellos es la casa de Juan Salvo, donde él y sus amigos jugaban al truco la noche de la nevada mortal. El otro es la casa del guionista que recibe la sorpresiva visita del Eternauta en la escena que da inicio a la historieta.

La casa del guionista, en el cómic emplazada en el partido de Vicente López, es en realidad el chalet donde vivía Oesterheld en Beccar, también en el norte del gran Buenos Aires. Esa fue la casa donde Oesterheld escribió El Eternauta y donde vivió con su mujer y sus cuatro hijas hasta que tuvo que pasar a la clandestinidad poco tiempo antes del golpe de Estado del `76. Por ese entonces Oesterheld y sus hijas formaban parte de la organización guerrillera Montoneros. Fue por esos días que escribió la segunda parte de El Eternauta con una fuerte impronta política. Antes de transcurridos los primeros dos años de la dictadura militar, las Fuerzas Armadas secuestraron y desaparecieron a Oesterheld y sus cuatro hijas.

Hoy los descendientes de Oesterheld luchan por convertir esa casa en un museo de la memoria. Que ese chalet se convierta en un espacio para la memoria es una forma de honrar el enorme aporte de Oesterheld para una Argentina más justa. Y será también una manera de recordar y mostrar a las nuevas generaciones quién fue Juan Salvo, ese viajero del tiempo que aún no es reconocido en los lugares por los que pasó y es hoy una especie de fantasma. Pero como dijo cuando vio al Eternauta por primera vez el guionista que cuenta la historia en la tira: “es como para creer en fantasmas”.

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