Las luces se encienden en la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (Unsta) y una gran puerta de madera se abre. Son las ocho de la mañana. Los alumnos comienzan a llegar. En cuatro pisos se distribuyen las aulas. En el tercero, sentado en una esquina, con su cuaderno sobre una mesita amurada a la pared, se encuentra el conserje Edgardo Santillán.

Edgardo tiene 48 años y hace 25 que es empleado de mantenimiento y limpieza en el establecimiento. Este año decidió cumplir su meta pendiente y retomar los estudios. Ahora ya no solo es empleado de esa casa de altos estudios, sino también alumno de la carrera de Comunicación Social.

“¡Estoy feliz! La universidad es parte de mi vida y esta es una cuenta pendiente que tenía conmigo mismo”, expresa mientras saludaba a sus compañeros que le hacen gestos desde el pasillo.

Santillán relata que por circunstancias de la vida no pudo, en su momento, realizar estudios universitarios: “hace 31 años dejé mis estudios por trabajo y compromisos. Me casé. Tuve hijos. Me enfoqué en ellos. Con el tiempo se hicieron grandes y, hoy en día que ya pueden mantenerse solos, decidí que era un buen momento para retomar”.

“Mi padre alguna vez quiso que estudiara. Voy a hacerlo y, aunque ya no esté, se lo voy a dedicar a él el día que me reciba”, agrega emocionado.

De chico, su padres le insisteron en la importancia del estudio. Hoy, él hace lo mismo con sus hijos. De hecho, él es el único de sus hermanos que no obtuvo un título universitario.

Edgardo tiene tres hijos de 27, 24 y 17 años. La mayor se recibió de Diseñadora Gráfica; el del medio cursa la Licenciatura en Enfermería, y la menor egresa este año de la escuela y planea a estudiar Abogacía. “Ella (la más chica) no sabía lo que quería estudiar hasta hace poco. Yo le decía: ‘se puede estudiar’ y ella me contestaba: ‘entonces ¿por qué no lo haces vos? Ahí le dije que le iba a demostrar que sí se podía y empecé”, cuenta a LA GACETA.

“Cuando mis hijos estudiaban, yo me quedaba al lado de ellos y les hacía café. Hoy ellos me lo hacen a mí”, dice emocionado.

Confiesa que siente que su familia le está devolviendo lo que él les dio pero en mucha más cantidad. “Creía que me iban a apoyar pero no sabía que tanto. Miran constantemente a ver si estoy bien o no, me toman y me hacen preguntas sobre lo que tengo que estudiar. Están ahí cuando me ven que estoy por aflojar y me ayudan en todo”, completó.

“Comunicación y Locución es algo que me encanta”

Según Edgardo, la carrera de Comunicación Social le gustó siempre y cree que le va a servir para el día de mañana. Se dio cuenta de que era lo suyo cuando, en sus épocas de músico, era quien interactuar con el público: “teníamos una banda y yo nos presentaba y hablaba con la gente. Me encantaba”.

Añade que vio pasar varias generaciones por las aulas de la Unsta y que siempre quiso ser uno de los alumnos. “A muchos de los profesores que hoy enseñan, yo los conocí como alumnos hace años”, revela.

De lunes a viernes, de 6 a 22

A pesar de que entra a las 14 al trabajo, Edgardo se levanta a las seis, cinco días a la semana. Lleva a su hija a la escuela y acompaña a su mujer al trabajo. Vuelve a su casa y tiene entre dos y tres horas libres que utiliza para estudiar.

Aprovecha la hora previa al almuerzo para leer un poco más y luego cocina. Pasadas las 13 parte para la Universidad. “Con el permiso de mi jefe puedo entrar a algunas clases y tomar apuntes”, afirma. Y finaliza: “el fin de semana me dedico a ponerme al día en el resto de las materias”.