Hay perros por todos lados. Apenas se empieza a golpear las manos para que atienda alguien, los primeros en salir son los perros. Corren hacia la puerta y ladran hasta llegar a oler la botamanga del visitante. Hay perros esqueléticos; hay blancos, negros, con manchas, rubios, enanos, grandotes. Algunos son tan flacos que parecen hambrientos. Otros excavan con las patas, mientras la gente va y viene por la casa. Cualquier persona que llega por primera vez al paraje Tres Almacenes diría que hay más perros que gente y, tal vez, no sea errado.
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En el pueblo, ninguna calle tiene asfalto. Ni siquiera tienen nombres, ni tampoco números. Los lugareños saben que es la calle principal porque es la más transitada. Se trata de una línea recta de tierra, apenas ancha para que circulen dos vehículos en sentido contrario. Es la única calle que lleva a la escuela. Cuando llueve se vuelve intransitable. Se inunda y se convierte en un territorio de fango que hace imposible pasar. A veces, la escuela Vélez Sarfielfd suspende las clases y se cierran sus puertas, porque los chicos no pueden llegar a causa de tanto barro.
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Hace tres meses, un grupo de cuatro operarios se aprestaba a cortar un gigantesco eucalipto de más de 20 metros. La idea era evitar que se cayera desplomado por un viento fuerte y que terminara encima del techo de la iglesia. Presurosos, los vecinos buscaron a un experto. Localizaron a un hombre de apellido Morales, que vive cerca de la rotonda de entrada a Famaillá.
El experimentado Morales llegó con la motosierra y todas las herramientas para la tarea. Con la ayuda de los vecinos comenzó a sujetar los cables y las cadenas a los aparejos, de manera que pudieran controlar la caída del árbol, mientras lo cortaban en la base. Eran las 8 cuando pasó por el lugar Enrique Amaya, un vecino nacido y criado en el pueblo. Iba camino al trabajo en una finca de citrus. Él observó la forma en que estaban ajustando las cadenas, los aparejos y los andamios. A criterio de Amaya, algo no andaba bien. “Estoy acostumbrado a cortar leña, por eso estaba seguro de que eso estaba mal y no me he quedado callado”, recordó Amaya. Entonces miró al grupo que estaba en plena tarea y dijo: “así como están haciendo, el árbol se va a caer encima de la iglesia”. Sin embargo, prefirieron ignorar sus comentarios. Amaya siguió camino a su trabajo, en una finca de limones, ubicada a unos 800 metros del lugar. Alrededor de las 11.30, el vecino estaba en la finca y, de pronto, escuchó un ruido estruendoso de chapas y lo primero que pensó fue: “ya se ha caído el árbol en la iglesia”. Y tenía razón, al gigantesco eucalipto no pudieron dominarlo ni con cables, ni con aparejos y el tronco cayó con todo su peso y aplastó el techo y las paredes laterales de la capilla. Apenas se salvó el altar.
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La capilla en honor a Nuestra de Señora de Pompeya quedó enclenque desde aquel momento. Al costado todavía puede verse el tronco del eucalipto cortado. Tiene unos tres metros de alto. “Ese Morales tenía que haber cortado más abajo el tronco”, dice Luis Aguirre, un joven que vive a pocos metros de la capilla, en un añejo edificio que fue el segundo almacén en los viejos tiempos. La casona se levantó con ladrillos a la vista. Se nota que fue una construcción portentosa, de aquellos tiempos, que presume de una galería espaciosa con pilares redondos de hierro. Las puertas son altas y de madera. En la fachada hay un cartel que dice 1914. En realidad, la casona se construyó antes, pero se derrumbó y fue erigida nuevamente en esa fecha. Así quedó registrado en la memoria de sus actuales ocupantes.
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Clara Peralta tiene 69 años. En su casa hay cinco perros (cuatro machos y una hembra), un gato, dos caballos, más de 20 pollos y un loro. Se llama Pedro, el loro, y silba todo el día, en especial cuando pasan mujeres por la calle. Pedro tiene cinco años y, sabe decir algo parecido a Hola Abuela. Doña Clara es quien le da de comer. En su rueda metálica, el loro picotea una mitad de limón, mientras la dueña de casa recuerda los tiempos pasados. “Antes sacábamos el agua de la acequia; también lavaba la ropa ahí”, agrega, mientras señala el cauce de agua que pasa por la mitad de su patio de tierra. En su juventud, Doña Clara ayudaba en los quehaceres de la vivienda. Pero su principal obligación cotidiana era llevar la comida al cañaveral para que su padre y su madre (Agustín Peralta y Sebastiana Fabiana Flores), pudieran comer en una pausa de la cosecha de cañas. “Ellos pelaban la caña con machete -explica-; antes se hacía todo a mano, pero ahora hay máquinas, por eso la gente ya no tiene trabajo”.
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El origen del nombre se remonta a los primeros años de la década del 50, cuando llegó José Matías al frente de una familia de origen turco. Eran buenos comerciantes. Ellos instalaron tres almacenes que abastecían a todo el pueblo. La gente comenzó a identificar de esa manera al paraje, ubicado a unos cinco kilómetros de la plaza principal de Famaillá. Hoy en día, las tres casonas están derruidas, pero en dos de ellas todavía quedan residentes. Ya no están los turcos y con ellos se fue la intensa actividad comercial que supo tener el pueblo entero.
> Sin alumbrado
“De noche es toda una oscuridad”, se queja una vecina
En los días de lluvia, entrar al paraje Tres Almacenes es muy complicado. La única calle de acceso se convierte en un paso intransitable a causa de tanto barro. Incluso, en los días de sol queda agua estancada en algunos tramos. Los padres que llevan a sus hijos a la escuela Vélez Sarfield en motocicleta lo padecen. “Por aquí no viene ningún político -se queja Adriana Peralta, sobrina de doña Clara-; nadie se acuerda de este lugar y de noche es todo una oscuridad, porque no hay alumbrado público”. Por esa calle de tierra pasan enormes máquinas agropecuarias que se utilizan en los cañaverales o en la industria del citrus.
> Tiempos difíciles
Una zona de bases militares en tiempos del proceso
El puente que cruza sobre el río Famaillá es el último punto limítrofe de Tres Almacenes. Del otro lado, hacia el norte está Monte Grand, en el mismo Departamento Famaillá. El cruce es peatonal, pero los lugareños también lo hacen en bicicleta y en motos. Es que no hay otro modo de pasar al otro lado para ir a la escuela. En los 70 toda la zona fue una base de operaciones de los militares. Varios lugareños fueron detenidos y algunos están desaparecidos. Otros se fueron. Dejaron sus casas abandonadas y nunca más regresaron. Las malezas envolvieron las añejas construcciones, que parecen congeladas al paso del tiempo.