Ricardo Julio Villa es, acaso, la máxima estrella que haya brillado en el firmamento “decano”. El barbado mediocampista llegó a Atlético en 1974, procedente del eterno rival, donde había jugado algunos meses en el antiguo Nacional prestado por Quilmes. Jugó un par de años para el “Decano”. Nada, si se lo compara con el tiempo que suele pasar un jugador en una institución, antes de convertirse en su bandera.
Pero a “Dios” -tal, su apodo, inspirado en su figura, de barba y cabellera, similar a la de los actores que interpretaban a Jesús en las películas de Hollywood- le bastaron dos años para ganarse un lugar en el corazón de los hinchas. Aun cuando los “decanos” de 41 años o menos jamás lo vieron jugar en vivo, porque emigró a Racing, en 1976.
“El mejor momento que viví con Atlético fue cuando lo veía jugar a Villa. Era un superdotado, para el nivel al que estamos acostumbrados ahora”, recuerda Ricardo Allende, un fanático “decano” de 73 años. “Me acuerdo que el tipo arrancaba y los jugadores rivales se le tenían que prender para poder pararlo. No había otra forma; era imparable”, contó a LG Deportiva.
Ricardo tenía 30 cuando veía a Villa apilar los jugadores del equipo contrario. Aunque, según asegura, nació “decano”, comenzó a ir a la cancha cuando cumplió los 18. “Fui solo. Nadie me llevó. No sabría explicar por qué no había ido antes. La verdad que no sé. Pero sí puedo decir que desde que vine por primera vez al ‘Monumental’ nunca paré; siempre estuve presente en la cancha”, señaló.
Su nivel de fanatismo no siempre fue el mismo. “Tuve una época en la cual fui muy fanático, a tal punto que cuando perdía Atlético yo no dormía esa noche, se me iba el sueño; así era de tonto”, contó, entre risas. Supone que fueron los años los responsables de que se haya vuelto mesurando y ahora pueda conciliar el sueño, pese a una eventual caída del club de sus amores. “Puede ser; pero, de todos modos, la pasión no me abandona. Eso nace y muere con uno”, explicó.
Deshidratado
Y como todo hincha apasionado, Ricardo es un fundamentalista de las cábalas. Aun cuando pongan en riesgo su propia salud. “Durante el invierno, siempre iba a la cancha con un sobretodo, obviamente. Una tarde jugábamos contra Sportivo Guzmán, en cancha de All Boys. Aunque ya era verano, por cábala, decidí ir con el sobretodo. Cuando grito el primer gol prácticamente caí desmayado, porque estaba deshidratado. Ahí me dije: ‘al sobretodo lo dejo, igual vamos a ganar’”, contó. Aquella tarde, recuerda, Atlético derrotó 3 a 0 al “Juliano”. “Muy posiblemente gracias al sobretodo”, estimó, casi con una carcajada.
Si bien el “Dios” Villa preside el “Olimpo decano” -junto a Víctor Palomba, Orlando “Lito” Espeche y Juan Francisco “Kila” Castro-, a criterio de Ricardo, los actuales jugadores hacen méritos para ascender a esos cielos. “Este de ahora también es un muy buen equipo. Permanentemente nos da satisfacciones. Nunca otro nos dio tantas como este. El nivel que tenemos ahora jamás lo habíamos tenido”, afirmó. En ese sentido, celebró el hecho de poder disfrutar de este presente “decano”: “realmente es maravilloso vivir esto a mi edad”.
Si bien, como todo hincha, siempre soñó con lo más grande para su club, Ricardo admitió que no pensaba que iba a vivir lo que viene disfrutando con el “Deca” desde hace un año y medio: ascenso, permanencia en Primera, clasificación para el repechaje de la Copa Libertadores, pase a la fase de grupos del máximo torneo continental, garantía de jugar un nuevo campeonato local y derecho a jugar la Copa Sudamericana.
“Siempre he tenido fe, pero llegar a esto, no. Ahora, yo le diría a los dirigentes que lo primero que debemos hacer es remodelar la cancha, ampliarla; hacer una visera sobre la tribuna de la Chile. Esta cancha ya nos queda chica, y seguirá quedando chica, porque vamos a seguir agrandándonos”, consideró Ricardo.
Mientras dialogaba con LG Deportiva, su hijo Juan Manuel lo miraba, con una sonrisa. “Tengo cuatro hijos y a todos les puse la camisetita y el gorrito cuando estaban en el moisés... te darás cuenta que soy un ‘decano’ de ley”, subrayó, para cerrar la nota.