Víctor Chocobar - Fundador de La Terraza de Apple, banda tributo a Los Beatles
Los Beatles ya habían dejado de actuar en público. Dijeron “basta” hacía 10 meses a los grandes shows ante imponentes audiencias. Quedó atrás también la posibilidad de que vinieran a Latinoamérica porque el promotor andaluz Francisco Bermúdez, apalabrado para esa tarea por Brian Epstein, había elegido como número central de su catálogo a… Raphael. Después de esa noche del 29 de agosto de 1966 en San Francisco, John Lennon se cortó el cabello y se puso sus gafas de abuelita para hacer el papel del mosquetero Gripweed en How I won the war (“Cómo gané la guerra”), George se fue a la India a meditar y estudiar el sitar, los demás se tomaron merecidas vacaciones y corrieron los primeros rumores de separación.
Lejos iba a estar de terminarse la carrera de la mayor banda de la historia. El 24 de noviembre, vestidos de psicodelia y dejando fuera el traje oscuro y la corbata, volvieron al estudio de Abbey Road para comenzar a trabajar en nuevo material. Desobligados de las fechas de giras y actuaciones en radio y TV, Los Beatles irían a tener la plenitud de su tiempo, energías y creatividad en componer, ensayar, grabar y experimentar grabando. “Vamos a dejar de hacer música blanda para gente blanda”, esto es, se acababan las canciones de formato sencillo -aunque geniales- para público ávido de beatlemanía.
El tema fue Strawberry fields forever, un himno de los 60 y, en los primeros días de enero, el clásico Penny Lane, editados finalmente como single el 17 de febrero de 1967. Pensando en un nuevo álbum, grabaron When I’m sixty four el 9 de diciembre y después de febrero siguieron con las canciones que luego sí irían a formar parte del LP: A day in the life, (la joya mayor del disco); siguieron Being for the benefit of Mr. Kite, Good morning, good morning, y las demás, hasta llegar al 3 de abril en que George Harrison grabó la voz solista de su Within you, without you, concluyendo así las sesiones.
A diferencia de los trabajos anteriores, comenzaban a grabar un tema, lo exigían y luego lo dejaban “reposar”, mientras seguían con otro, para luego volver a terminar el pendiente y de ese modo con todos. La mayoría de las sesiones comenzaban a la noche y se prolongaban hasta altas horas de la madrugada. Algunas veces apagaban las luces del estudio y sólo se iluminaban con los destellos de las válvulas de los equipos, sus colillas de cigarrillos y algunos inciensos. Músicos, técnicos y amigos en el estudio sabían que ese material no iría a poder ser presentado “en vivo”, por la complejidad de la música, los arreglos, la enorme cantidad de instrumentos y recursos vocales y porque era un material para ser escuchado más que vociferado por los públicos de estadios. Si ya habían insinuado una mayor lírica en las letras de Rubber Soul y Revolver, las de Sgt. Pepper’s eran el cenit de ese vuelo.
La composición experimentó un giro notable en relación con aquellas “canciones blandas” y la instrumentación sumó más elementos, electrónica y el aporte de orquesta y músicos clásicos. Más aun, pensaban en la idea de un álbum conceptual, algo que no se había hecho hasta entonces, que tuviera un hilo conductor. Lennon no estaba muy de acuerdo con ella; sí McCartney, quien de hecho se transformó en el artífice principal de la obra.
Y fue en un avión a Los Ángeles con Mal Evans donde a Paul Mc Cartney se le ocurrió que Los Beatles ya no serían Los Beatles, sino que se transformarían en un alter ego, la Banda ficticia de un imaginario Club: el de los corazones solitarios de un tal Sargento Pepper, idea que le dio el concepto al disco.
A esa altura de su carrera, Los Beatles eran casi los dueños del célebre estudio 2 de EMI en Abbey Road y dispusieron a piacere de la mejor máquina existente por entonces: una consola de cuatro pistas, la misma que hoy tiene arrumbada un aficionado cualquiera en su propio garage. Eso llevó a un enorme trabajo de ingeniería de grabación, en el cual Geoff Emerick fue la cabeza pensante del sonido del disco, asistido por Richard Lush, todos bajo la atenta producción de George Martin. 55 días de trabajo en el estudio 2, aunque algunas tomas se hicieron en el 3 y Fixing a hole en el Regent Sound Studio; horas y horas de mezcla, cortes y recortes para lograr el que hasta hoy es una obra maestra de la música.
Si el sonido era revolucionario y nunca antes escuchado, la portada no le iba en zaga. La diseñó Peter Blake sobre una idea de McCartney, que representaba el fin de “la primera era beatle”, con ellos en sus típicos trajecitos de calle, oscuros, a un costado, y “los nuevos Beatles” con ampulosos uniformes victorianos, dominando la escena al centro. Por delante, una especie de tumba-jardín donde se ve recortada en flores la palabra “Beatles” y una serie de maniquíes fotográficos, 87 en total, que representan a los “corazones solitarios” del delirante club: Mae West, Carl Jung, Edgar Allan Poe, Marilyn Monroe, Albert Einstein, Karl Marx, entre otros. Algunos vivos por entonces como Marlon Brando, Sonny Liston, Marlene Dietrich; otros que todavía viven, como Bob Dylan. Con casi todos ellos o sus descendientes tuvieron conflictos legales: querían su tajada del millonario éxito o se ofendían de haber sido considerados un “corazón solitario”. A algunos no pudieron insertarlos por expreso requerimiento de la grabadora: el mahatma Gandhi, Adolf Hitler, pues ya el proyecto iría a sobrepasar cualquier límite razonable de transgresión. La célebre fotografía se tomó el 30 de marzo de ese 1967 en el estudio Chelsea Manor, Londres y, cuenta la leyenda que en esa sesión Paul Mc Cartney conoció a Linda, fotógrafa y heredera del imperio Eastman, con quien se casaría casi dos años más tarde.
Considerado por la revista Rolling Stone como “el álbum más importante de la historia del rock”, para Billboard -la publicación mundial número 1 en música de todos los géneros- es “el disco más relevante de la historia de la música popular”. Ningún compositor o intérprete sensible al arte y de oídos y corazón abiertos dejó de escucharlo atentamente, ya que toda la música siguiente encontraba allí una fuente de inspiración. “No podríamos haber producido un prototipo mejor para el futuro” dijo de Sgt. Pepper’s el flemático e inteligente sir George Martin, el hombre que creó el sonido beatle en estudio.
Presentado a la prensa el 19 de mayo en la casa que Brian Epstein tenía en Belgravia, Londres, el disco se editó el 1 de junio. El jueves cumplirá 50 años.
Aun contra los que mal auguraban que a los genios de Liverpool se les había terminado la cuerda, fue un inmediato suceso. Las cifras son escalofriantes, nunca antes –ni después- alcanzadas por otro artista: a una semana de editado había ya vendido sólo en el Reino Unido 500.000 copias de una edición de luxe, carísima, y 2,5 millones en los Estados Unidos; permaneció 175 semanas en el ranking mundial de ventas, 15 de ellas en el primer puesto. Medio siglo después sigue siendo un objeto de culto. Hoy no alcanzarían las paredes de una pista de baile para exhibir los discos de oro, platino y cuanto metal precioso exista y demás premios que ganó el álbum. En Argentina se puso a la venta ese 14 de julio en edición similar a la inglesa con tapa doble, un set de cotillón del sargento Pepper y a diferencia de aquella traía las letras de las canciones no en el sobre interior, sino en la contratapa. Con el correr de las ediciones, la presentación se fue haciendo más sencilla.
Si un corolario de genialidad le faltaba por entonces a Los Beatles, el Club de los corazones solitarios del sargento Pepper fue la gema que culminaba el engarce. El disco con el que la más famosa banda de la historia iría a dar una brillante vuelta de página y marcaría la música por venir. Aun hoy, ya en sus reediciones remasterizadas y trabajadas en el pulimiento de su sonido, nos vuelve a producir el mismo gozo y emoción que cuando poníamos el negro vinilo en nuestros humildes Wincofon de los 60. El Sargeant Pepper’s, la cédula de identidad de los beatlemaníacos, pieza de oro infaltable en la discoteca de todo melómano exigente, una herencia de provechoso placer transmitida a las nuevas generaciones.