PBRO. MARCELO BARRIONUEVO
No es fácil “conquistar” un alma que no quiere y que da miedo de que no nos escuche. En un análisis psicológico se entra al fondo del alma como el buen pastor: “llamaré a la oveja descarriada, buscaré a la perdida. Quieras o no, lo haré. Y aunque al buscarla me desgarren las zarzas de los bosques, pasaré por todos los lugares, por angostos que sean; derribaré todas las vallas; en la medida en que me dé fuerzas el Señor que me atemoriza, recorreré todo. Llamaré a la descarriada, buscaré a la perdida. Si no quieres tener que soportarme, no te extravíes, no te pierdas”. San Agustín deja en claro que la ayuda a los otros no es optativa, es caridad obligante, es responsabilidad indelegable.
Esto es una postura distinta al concepto de libertad de “dejar hacer” sin más de la revolución cultural de 1968. La libertad es espléndida, pero si lleva a un dejar a los demás que se hagan daño grave, se ve cómo esconde falta de amor, cuando con un poco más de cuidado se evitan las cosas malas. Además se nota cuando nos preocupamos de los demás, cuando ofrecemos nuestro mejor yo y en eso está ofrecer lo mejor que tenemos: caminar con Jesús… No hay otro camino que Cristo para llegar a Dios. Su humanidad es la puerta del templo. Bajo el criterio de una libertad omnímoda hemos caído en la indiferencia que produce muerte en el otro. Este domingo del buen Pastor nos exige volver a mirar a los otros como hermanos de los cuales somos responsables.
Hoy la Iglesia reza por el aumento de las vocaciones. Es necesario crear conciencia en las familias cristianas de que los sacerdotes nacen de las familias y de las comunidades cristianas. No se puede permanecer indiferente en este campo, es un tema que hace a la Iglesia y a la misma sociedad. Recemos con intensidad por los sacerdotes para que sean fieles y perseveren en su ministerio sacerdotal; recemos y pidamos para que haya muchas vocaciones consagradas que quieran servir a sus hermanos.