Es la casa de todos, donde vive la gran madre, esa que nos abraza cotidianamente. Sin embargo, no siempre sus hijos guardan gratitud hacia con ella ni velan por su buena salud, es más, se aprovechan de su generosidad, la maltratan y la destruyen lentamente. La Madre Tierra y sus ecosistemas constituyen nuestro hogar, aunque muchas veces no somos conscientes de ello.
Cuenta la historia que el ecologista estadounidense Gaylord Nelson promovió un acto en 1970 para que el gobierno de su país creara una agencia ambiental. De la convocatoria participaron 2.000 universidades, 10.000 escuelas primarias y secundarias y centenares de comunidades. Los frutos fueron buenos; se creó entonces la Agencia de Protección Ambiental y se dictaron leyes dirigidas a la protección del ambiente. Desde entonces, el 22 de abril de 1970 se celebra el Día Mundial de la Tierra (o de la Madre Tierra, como lo llama la Organización de Naciones Unidas). “El tema más importante sobre el medio ambiente es uno que rara vez se menciona, y es la falta de ética de nuestra cultura”, dijo Nelson.
Paradójicamente, Estados Unidos integra en la actualidad el selecto grupo de naciones que más contaminan el aire y contribuyen a producir el calentamiento global. Su actual mandatario ha puesto en tela de juicio las recomendaciones de los organismos internacionales y de los ambientalistas, lo cual no deja de ser un retroceso en el cuidado del planeta.
Pero las depredaciones ecológicas que influyen en el cambio climático, no sólo ocurren en geografía lejanas a la nuestra. Tucumán no es una excepción. Justamente una de las causas de las recientes inundaciones que dejaron sin casas y bienes a miles de tucumanos del sur provincial, es la deforestación. La tala de árboles en las cuencas superiores altera la marcha de los ríos, cuyas aguas se escurren a mayor volumen y a un ritmo más acelerado. También influye la falta de ordenamiento territorial. Durante mucho tiempo se extendió la frontera agrícola en áreas que no eran las adecuadas. Como consecuencia de las copiosas lluvias, los suelos quedaron saturados de agua y los caudales de los ríos aumentaron a niveles inesperados.
Según los especialistas, Tucumán no efectúa un seguimiento del clima y la actividad de cada una de las cuencas, lo cual le permitiría adelantarse a los acontecimientos.
Una bióloga, estudiosa del asunto, señaló que el anegamiento en el sur no sólo tiene que ver con la falta de obras o con las lluvias excepcionales. “A lo largo de toda la cuenca del Marapa hay una importante transformación territorial por la expansión agraria. Se ha perdido el bosque ribereño, que es el que está al margen y actúa como barrera de contención del cauce”, afirmó. Según un experto de la Estación Experimental Obispo Colombres, de las 600.000 hectáreas productivas que tiene Tucumán, hay más de un 10% que está comprometido: “hay 45.000 ha que muestran una erosión hídrica moderada y 20.000 tienen erosión severa”.
Pero no sólo el desmonte, también la contaminación del aire que respiramos y de los ríos alteran el medio ambiente, así como los ecosistemas, y atentan contra la calidad de vida de los ciudadanos. Sin gobernantes responsables y conscientes de estos peligros no se podrá detener la destrucción de nuestro hábitat.
Seguramente, la Madre Tierra no tendrá mucho para festejar hoy en este Jardín de la República, que si sigue sin controlar y castigar la deforestación y la contaminación, llegará un momento en que el 22 de abril no habrá nada que celebrar.