La zona de avenida Alem al 1.400 vio alterada su rutinaria y tranquila actividad en abril de 1932, cuando apareció Antonio Rodríguez Muñoz, un santo varón que curaba a los que se acercaban a su domicilio. “Ha aparecido en nuestra ciudad, en su extraño papel de Cristo Rey, que cura a los enfermos por medio del rezo y un crucifijo”, relató LA GACETA por esos días.

El “venerable” hombre de barba blanca que se ve en las fotos tenía antecedentes de hacer ejercicio de sus dotes sanadoras en otras zonas de nuestra provincia, como Los Nogales y Tafí Viejo.

La edad del personaje era imprecisa: algunos decían que tenía unos 60 años; otros, un poco más.

Relato histórico

El hombre se describió a sí mismo ante nuestro colega de 85 años atrás, con voz ronca y patética, como Cristo, Dios de la Tierra, Rey del Mundo, que cura desde el primero de noviembre de 1931 y aseguró que el 25 de enero de ese año se le había aparecido Dios en un camino de Los Nogales. Sobre la base de estas afirmaciones nuestra edición del 11 de abril de 1932 indicaba: Antonio Rodríguez Muñoz, como decimos, o es un enfermo o un alucinado, ya que la policía habría podido demostrar si hace comercio con su supuesta divinidad, que le reconocen hasta personas insospechadas dando así, la sensación de que no hemos progresado mucho desde quinientos mil años atrás.

A pesar de tener pinta de monje hindú, el hombre era de origen español y vivía en Los Nogales junto con su esposa y sus hijos, en lo que consideraba la “sagrada familia”. Es de aspecto apropiado para imbuir supercherías en el humilde pues tiene estampa soberbia, luenga barba, mirada dulce, etcétera, describió el cronista.

Pocos días antes de trascender en las páginas de nuestro diario había comenzado con sus actividades en avenida Alem 1.407. Una multitud diariamente se acercaba allí en busca de una ayuda para sus males.

A prisión

El hombre fue denunciado por cobrar para realizar sus curas y sanaciones, pero él siempre lo negó e insistió -según las crónicas de esos días- en que “era un santo varón” poseedor del “divino poder de Cristo, que aplica para aliviar los males humanos sin exigir retribución alguna aunque sin tampoco rechazar las espontáneas”.

Todo parece indicar que rápidamente el número de devotos creció: según los diarios de esos días se formó una romería de crédulos capaz de asaltar la Casa de Gobierno.

Finalmente fue arrestado, acusado de ejercicio de brujería en Tafí Viejo, y fue llevado a declarar a la sede de la División de Investigaciones, que funcionaba justamente en los sótanos de la Casa de Gobierno.

Pero ni allí se detuvo: “curó” a más de un empleado. Erguido con su aspecto de anciano brahmán impresionaba el ánimo débil de los que se aproximaron y pronto pedían ser curados. Con un báculo y un crucifijo en las manos musitaba una oración y hacía besar éste al “doliente”.

Ocurrió así que la “feligresía” de Rodríguez Muñoz se trasladó el edificio de calle 25 de Mayo y Las Heras (hoy San Martín) dejando su estela de pedidos de sanación junto con la exigencia de que lo liberaran.

Las crónicas informan que Rodríguez Muñoz fue a un calabozo del que salió. Seguramente en atención a determinadas circunstancias se le permitió seguir sus actividades y ha visto que en Tucumán hay plaza excelente para buscar la salvación de las almas y devolver la salud a los enfermos.

Su estadía en la sede policial, al parecer fue corta porque el teléfono transmitía reiterados pedidos de todas partes en el sentido de que no fuera molestado, y gracias a ello rápidamente volvió su casa de avenida Alem a seguir con el ejercicio de su actividad “profesional”.

Sin embargo no desaprovechó su paso por la sede gubernamental y bendijo a la distancia al gobernador, a los ministros, a los legisladores, jefe de policía, intendente municipal, concejales, etcétera. No se dice si alguno de los funcionarios nombrados había reclamado sus servicios o si él , por su propio deseo, envió una cura genérica y se marchó.

Una par de días después, tan rápido como había saltado a la fama, se perdió de las páginas periodísticas para ser olvidado.