Por Marcos Aguinis

Juan Bautista Alberdi decía: la miseria no delibera, se vende. Para que haya esclarecimiento es necesario terminar con la indigencia y con la ignorancia. En estos tiempos se ha generado la falsa imagen de que la Argentina está dominada por bandas de filibusteros, encapuchados y con palos. ¿Argentina se merece esto? Es un país que ha hecho, en estos meses, un gran esfuerzo para avanzar por caminos de un progreso genuino. La democracia se define en las urnas y no en la calle, como pretenden instalar estos grupos...

He vivido con lucidez, porque ya tenía mis años, la presidencia de Arturo Frondizi. En poco tiempo, su gobierno empezó a mostrar que la Argentina era uno de los países que progresaba más rápido en el mundo. A partir de ese momento, los celos militares empezaron con planteos y finalmente lo derrocaron. Lo derrocó la imbecilidad argentina.

Con Arturo Illia pasó lo mismo. Las cosas iban muy bien en todos los campos. Fue quien aumentó el presupuesto docente al más alto nivel de la historia argentina. Quien logró acercarse a la firma de un acuerdo con los ingleses por Malvinas, como nadie había logrado antes. En lo económico, el país estaba progresando. Desde la revista Primera Plana convertían su vocación por el diálogo en debilidad, su serenidad para tomar decisiones era descripta como incompetencia. Todo terminó en un golpe. Ramiro de Casasbellas, una de las cabezas de Primera Plana, luego se arrepentiría públicamente y con mucho dolor por haber contribuido a ese final. Los argentinos no salieron a la calle a rechazar el golpe de estado; aplaudieron a Onganía.

Con Raúl Alfonsín pasó algo parecido. Todo arrancó bien. Incluso en lo económico, con el Plan Austral. Pero hubo permanentes palos en la rueda. Trece paros generales. ¿Quién puede mencionar un solo beneficio que haya generado un paro general? ¿Baja la inflación? ¿Aumenta la productividad? ¿Convoca más capitales? ¿Aumenta el número de fábricas? ¿Mejora la educación?

La Argentina está llena de irresponsables que creen que los problemas de la sociedad se resuelven golpeando, pegando, destruyendo; en lugar de buscar una solución entre todos, negociándola. No estoy en contra de la protesta. La protesta y la crítica son saludables. Son parte de la democracia. Pero la protesta no implica el derecho de dañar al resto de la sociedad. No conlleva el derecho a impedir que los niños vayan a clase. No implica sabotear al país. Hay dos cosas que deben ser aclaradas. Los paros empobrecen a un país. Un piquete es un delito.

Hay un aspecto infantil en los argentinos que esperan que todo lo resuelva el gobierno. Freudianamente hablando, es esperar que lo arregle papá. El problema es que los gobiernos son improductivos. El gobierno es una especie de director de orquesta; orienta, dirige, pero no produce.

* Este es un fragmento de la charla ofrecida por el escritor en el foro Nuevos desafíos del periodismo, en Salta, el pasado 29 de marzo.