La irregularidad de San Martín parece ser un problema sin solución. Un tema de diván, algo que se roba toda la preocupación por La Ciudadela. El “Santo” es un equipo inestable, imprevisible. Pasa de mostrar su mejor versión a expresar el peor rendimiento que un equipo puede exhibir en cuestión de minutos. Y ayer, en el duelo contra Instituto, en el que estaba todo dado para que en Bolívar y Pellegrini se viva una fiesta a toda orquesta, ese problema sin solución tiró todo por la borda.

“No sé el motivo del cambio que tuvo el equipo de un tiempo al otro. Me preocupan muchos estos altibajos”, admitió Diego Cagna apenas terminó el partido. Todo un síntoma de lo que se vive hoy por hoy en La Ciudadela.

San Martín parece ese tipo de boxeadores que se vienen abajo cuando no pueden noquear a su oponente y que basta con que reciban un golpe para que toda su estrategia se escurra como arena entre los dedos. Ayer, el “Santo” jugó un buen primer tiempo. Monopolizó la pelota; la supo mover sin desesperarse y generó varias situaciones de gol antes de ponerse en ventaja. Eso sí, falló mucho en la zona de fuego. Tuvo que mirarle la cara de cerca a Brian Olivera cinco veces antes de que Ramón Lentini pudiera anotar a los 34 minutos del primer capítulo.

Y ni la ventaja detuvo el ímpetu del dueño de casa. Siguió rondando por el área cordobesa y Mauro Quiroga y Lentini se quedaron con las ganas de ampliar la ventaja.

Pero no lo hicieron, y lo deben haber sufrido mucho con el empate insulso, inesperado y doloroso que dejó heridos a todos.

Dormido

El equipo no entró a jugar el segundo tiempo. Se quedó dormido en el vestuario y le regaló el protagonismo a un rival apático que, si no fuera por ese penal que pitó Pablo Dóvalo ante la infantil mano de Juan Galeano, no hubiera podido llegar al empate. Pero San Martín jugó un segundo tiempo pésimo. Le entregó la pelota al rival, cometió horrores en el retroceso, regaló un penal y no tuvo la rebeldía para contrarrestar el golpe. Y a partir del 1-1 que selló Gustavo Gotti, el local se fue cayendo de a poco, hasta quedarse sin ideas a la orilla del camino.

No hubo nadie que se pusiera el equipo al hombro y que pudiera bancar la parada. Salvo los dos delanteros, que pelearon todas y se las ingeniaron para complicar a sus marcadores; Galeano, el único que pidió siempre la bola y Alexis Ferrero, una garantía en defensa; el resto se llevó el aplazo.

El empate castigó a un equipo que no encuentra el rumbo y al que le falta carácter para reponerse ante un golpe. Corregir ese déficit es prioritario. San Martín está en una posición incómoda y debe mejorar antes de que lo tape el agua.

Ayer, lo mejor estuvo en el ataque. Mauro Quiroga y Ramón Lentini, pese a tener características similares, se las ingeniaron para complementarse muy bien. De hecho, el gol llegó gracias a una buena jugada de Mauro que no fue egoísta y le cedió el tanto a Lentini.

Durante el primer tiempo, San Martín manejó la pelota pero el traslado fue lento y monótono. Al equipo le falta explosión en los metros finales, un golpe de corriente cuando llega a tres cuartos de cancha para poder desnivelar y encontrar jugadas de peligro.

El segundo tiempo fue un fiasco para San Martín. El equipo no entró a jugarlo. No pudo dar dos pases seguidos, no pateó al arco y los delanteros quedaron a kilómetros de distancia del resto. Además, cuando Instituto empató, no hubo ningún tipo de respuestas.