Nicholas Kristof/The New York Times

Nos encontramos batallando con el terrorismo, los refugiados, las adicciones y los quejumbrosos que asedian las escuelas. ¿No es esnob, en alborotarse por los planes de Donald Trump para eliminar todo el fondeo para el Fideicomiso Nacional para las Artes, el Fideicomiso Nacional para las Humanidades y la Corporación para las Transmisiones Públicas?

Argumentaré lo contrario: quizá la elección de Trump es, de hecho, un recordatorio de que necesitamos a las humanidades más que nunca antes para contrarrestar al nacionalismo y la demagogia.

La civilización no solo está construida sobre microchips, sino, también, sobre las artes, las ideas y las humanidades. Y las artes son una ganga: el presupuesto de la NEA (Asociación Nacional de Educación) es de 148 millones de dólares al año, o menos de 0.004 por ciento del presupuesto federal. El costo per cápita para los estadounidenses es más o menos lo que cuesta un timbre postal.

Es posible que las humanidades parezcan blandas e irrelevantes. Tenemos un presidente nuevo que no lee libros y que celebra el poderío. Sería fácil interpretar que Trump es la prueba de la irrelevancia de las humanidades.

Las humanidades son más poderosas de lo que cree la mayoría. El mundo se ha transformado en los últimos 250 años por una revolución de empatía, impulsada por las humanidades. Previamente, casi todos (excepto por los cuáqueros) aceptaban la esclavitud y hasta el genocidio. Thomas Jefferson justificó el “exterminio” de los estadounidenses nativos; los latigazos persistieron en las prisiones de EEUU en el siglo XX, y se presentaron por lo menos 15,000 personas para presenciar el último ahorcamiento público en el país, en 1936.

Lo que nos sosegó fueron, en parte, los libros. La cabaña del tío Tom, por Harriet Beecher Stowe, contribuyó al movimiento abolicionista, y Belleza negra ayudó a cambiar la forma en la que tratamos a los animales. Steven Pinker, de Harvard, arguye que un aumento en la alfabetización y una explosión en la lectura “contribuyeron a la revolución humanitaria”: ayudaron a las personas a ver otros puntos de vista. También hay evidencia experimental de que leer ficción promueve la empatía.

Las humanidades hasta han remodelado nuestra dieta. En 1971, unos cuantos estudiantes de filosofía, incluido un australiano llamado Peter Singer, se reunieron en una calle de Oxford, en Inglaterra, para protestar por la venta de huevos de gallinas criadas en jaulas pequeñas. Era un tema desconocido en ese entonces y los transeúntes sonreían ante el idealismo de los estudiantes, pero les decían que nunca cambiarían a la industria alimentaria.

En retrospectiva, ¿quién fue el ingenuo? Hoy, tener a las gallinas en jaulas pequeñas es ilegal en Gran Bretaña, en el resto de la Unión Europea y en partes de Estados Unidos. McDonald’s, Burger King, General Mills y Wal Mart están tomando medidas para solo tener huevos de corral porque lo exigieron los consumidores.

Singer, ahora un profesor en la Universidad de Princeton, es un hombre menudo que derrotó a un ejército de agroindustrias con el poder de sus ideas y la fuerza de las humanidades. Singer tiene un libro reciente que es increíble, La ética en el mundo real, que lidia con temas como qué tanto deberíamos donar a la beneficencia y si usar un reloj pulsera de 10,000 dólares es un signo de buen gusto, o de narcisismo banal.

En resumen, las humanidades nos alientan a reflexionar sobre lo que es importante, a establecer prioridades. Por ejemplo, ¿obtenemos más valor, como contribuyentes, con Abelardo y el arte o los programas de música, o con los aproximadamente 30 millones de dólares que nos costarán los viajes de Trump a su centro vacacional de golf en Mar-a-Lago una vez que se hayan cuantificado los nueve que lleva desde que tomó posesión (ya va a más de la mitad de eso)? También, eso es más del costo de los salarios y gastos de operación del Fideicomiso Nacional para las Humanidades, sin incluir las subvenciones que distribuye.

¿Obtenemos más valor de los miles de millones de dólares que se gastan en las deportaciones? ¿O de cantidades muy reducidas para apoyar la terapia artística para los veteranos heridos?

Y está nuestro pájaro favorito. El sitio web de humor, Onion, reportó: “Demacrado y ojeroso, Abelardo entra en su sexto día de huelga de hambre en contra del presupuesto que propuso Trump”. De hecho, Abelardo va a sobrevivir, pero algunas estaciones de televisión pública cerrarán sin el apoyo federal; lo que significa que es posible que los niños en algunas partes de EEUU no podrán ver “Plaza Sésamo” en sus canales locales.

En el 2017, con el mundo hecho un lío, yo diría que no solo necesitamos drones, sino, también a Abelardo, y la poesía y la filosofía. Al parecer, nuestro nuevo secretario de la defensa, Jim Mattis, comparte ese punto de vista: se llevó consigo a Irak las “Meditations” (“Meditaciones”) de Marco Aurelio.

Sería bueno ver que Mattis le dejara las “Meditaciones” al nuevo comandante en jefe. Y, quizá, presentarle un ejemplar de “Lisístrata” a la primera dama.

Sé que suena elitista clamar a las humanidades. Sin embargo, yo he visto morir a personas por sus ideas. En la plaza Tiananmén en China, en 1989; observé a manifestantes sacrificar la vida por la democracia. En el Congo, yo vi a una monja polaca, pequeñita, hacerle frente a un caudillo militar en defensa de su fe y sus valores.

Las humanidades no inmunizan a una sociedad contra la crueldad y las reacciones excesivas; la Alemania de principios del siglo XX demuestra eso. Pero en conjunto, las artes nos humanizan y promueven la empatía. Necesitamos eso más que nunca antes.