Han sido creadas para regular la convivencia y contribuir al desarrollo de una comunidad, de una nación. Estructuran la interacción política, económica y social, por lo tanto respeto a ellas refleja el estado de madurez de una sociedad. “Las instituciones sociales no pueden funcionar si todo el mundo cree que las reglas se deben contravenir o eludir”, afirma el antropólogo y escritor Paul Ekman. En los últimos años, se viene hablando con insistencia de una caída de la calidad institucional en la Argentina, que se refleja en la conducta de una buena parte de nuestra clase gobernante. Tucumán, por cierto, no es una excepción.

Un ejemplo de ello es el Concejo Deliberante de Yerba Buena, cuyos miembros, desde hace siete meses, se hallan enfrascados en enfrentamientos por espacios de poder y para impedir la asunción de un edil, tanto que durante ese tiempo se olvidaron de sesionar. El organismo legislativo cuenta con 10 bancas. Tres de ellas son ocupadas por concejales afines al oficialismo, una se encuentra vacante (es la que reclama el que no puede asumir desde 2016) y los otros seis lugares corresponden a dos peronistas, a tres radicales y a un macrista, unidos contra el intendente. Para que haya quorum se necesita la presencia de la mitad más uno de los integrantes.

Lo insólito es que estos mismos dirigentes se convirtieron en septiembre de 2015 en noticia nacional cuando se difundió que antes de su proclamación, se unieron para realizar un curso de coaching ontológico, con el objetivo de prepararse para gobernar. “¡Queremos contagiar esto! Si logramos que se replique en otras ciudades tucumanas, e incluso del país, seremos mejor vistos por la sociedad. Es necesario cambiar el modo de hacer política. Debemos convertirnos en empleados de los vecinos”, afirmó en la ocasión uno de ellos.

Sus colegas de Las Talitas parecen estar ingresando por un callejón similar a los yerbabuenenses. Por segunda vez en una semana cayó la sesión del Concejo. En la ocasión, debía considerarse sobre tablas un proyecto para acompañar el decreto del intendente que declaró la emergencia por los riesgos de inundaciones por desbordes del canal Norte. Los vecinos de ese acueducto habían acudido a la última y frustrada sesión para advertir sobre los problemas que padecen cada vez que hay lluvias copiosas. “Los gaviones no son suficientes para contener el agua”, dijo el grupo de ciudadanos en pleno recinto. Sin embargo, la reunión cayó por falta de quorum. Ni siquiera la gravedad del asunto a tratar, como prevenir una futura inundación, en un momento en que miles de comprovincianos han perdido sus bienes bajo el agua, les había sacudido la sensibilidad. Finalmente, recapacitaron y sesionaron.

El debate de ideas, de argumentos, de planes para el progreso de una sociedad, su modo de implementación en un marco civilizado, habla de la sensatez de una ciudadanía que se respeta a sí misma y que aspira a una evolución permanente. Por el contrario, la injuria, la desautorización, la incapacidad para discutir razonablemente y llegar a acuerdos son también reflejo de una comunidad que tiene gruesas fallas en su educación, de una sociedad que tal vez cree que el poder es una propiedad individual que la autoriza a cometer cualquier transgresión.

Es lamentable la actitud de estos ediles que con su comportamiento están mostrando que lo que menos les importa es su comunidad, de otro modo no se explica que en siete meses no hayan sido capaces de ponerse de acuerdo para funcionar con normalidad. ¿De qué les sirvió el coaching ontológico?

Los representantes del pueblo olvidan con frecuencia que han sido elegidos para ocuparse de brindar soluciones a los problemas de la sociedad y no para atornillarse a los espacios de poder o engrandecer su patrimonio. La sociedad les paga para que trabajen por el bien común. “La imagen más importante de la democracia, aquella a la que recurren las instituciones, es la del ciudadano responsable y preocupado por el bien público”, sostiene el sociólogo Alain Touraine.