Paul Krugman - The New York Times
Virginia Occidental votó abrumadoramente por Donald Trump en noviembre -derrotó a Hillary Clinton por tres a uno-. Y el porqué puede parecer obvio: el Estado es el corazón de la zona carbonera, y Trump prometió devolver los empleos en el carbón con la eliminación de las regulaciones ambientales de Obama.
Sin embargo, esa simple historia se disipa cuando se examinan las realidades de la situación, y no sólo porque el ambientalismo sea un factor menor en la decadencia del carbón. Porque la zona carbonera realmente ya no es zona carbonera y no lo ha sido desde hace mucho tiempo.
¿Por qué una industria que ya no es un empleador importante, ni siquiera en Virginia Occidental, conserva semejante dominio en la imaginación de la región y lleva a sus habitantes a votar abrumadoramente en contra de sus propios intereses? El carbón impulsó a la Revolución Industrial y hubo una vez en la que, en efecto, empleó a muchas personas.
Sin embargo, la cantidad de mineros empezó a bajar en forma pronunciada después de la Segunda Guerra Mundial y, en especial, después de 1980, aún cuando siguió aumentando la producción de carbón.
Esto se debió, principalmente, a las técnicas modernas de extracción -como explosionar la cima de los cerros- que requieren muchísima menos fuerza de trabajo que la antigua minería del pico y la pala. La decadencia se aceleró hace como una década debido al surgimiento de la fracturación hidráulica que llevó a la competición con el gas natural, más barato.
Así es que los trabajos en la minería del carbón han estado desapareciendo desde hace tiempo. Hasta en Virginia Occidental, el Estado más orientado al carbón, ha pasado 25 años desde que representaron un 5% del empleo total.
¿Qué es lo que se hace hoy en Virginia Occidental para ganarse la vida? Mucha gente trabaja en la atención de la salud: casi uno de cada seis trabajadores está empleado en esa área.
Y ¿de donde proviene el dinero para esos empleos en la atención de la salud? En realidad, mucho de él sale de Washington.
Virginia Occidental tiene una población relativamente vieja, así es que 22% de sus habitantes está en Medicare, en comparación con 16.7% del país en su conjunto. También es un Estado que se ha beneficiado con el Obamacare, porque el porcentaje de la población que carece de seguro médico cayó de 14% en 2013 a 6% en 2015.
Es cierto que el país en su conjunto paga por estos programas de atención de la salud con los impuestos. Sin embargo, un Estado más viejo y más pobre, como Virginia Occidental, recibe muchísimo más de lo que paga, y, prácticamente, no habría recibido ninguno de los recortes fiscales con los cuales el Trumpcare habría colmado a los adinerados.
Ahora bien, hay que pensar en lo que significa el trumpismo para un Estado como éste.
Eliminar la normativa ambiental podría provocar el retorno de unos cuantos trabajos en la minería, pero no muchos, y, de cualquier forma, la minería realmente no es central para la economía. Entre tanto, el gobierno de Trump y sus aliados justo acaban de intentar remplazar la Ley de atención asequible.
De haberlo conseguido, el efecto habría sido catastrófico para Virginia Occidental porque se habría recortado a Medicaid y se habría hecho que se dispararan las primas de los seguros para los habitantes de menores ingresos y mayor edad.
Aparte del devastador efecto en la cobertura, hay que pensar en cómo el asalto republicano contra el Obamacare habría afectado al sector salud que ahora emplea a tantos en Virginia Occidental.
Seguro que la pérdida de empleos por los recortes del Trumpcare habrían excedido con mucho cualquier posible aumento por el carbón.
Así es que Virginia Occidental votó abrumadoramente en contra de sus propios intereses. Y no fue sólo porque sus ciudadanos no conocían los números de la realidad del elemento de compensación entre los empleos en el carbón y los de la atención de la salud.
Los habitantes de la “zona carbonera” no estaban votando para preservar lo que tienen o tuvieron; estaban votando en nombre de una historia que su región cuenta sobre sí misma, una historia que no ha sido cierta por una generación, o más. Sus votos por Trump ni siquiera se trataron de los intereses de la región; se trataron del simbolismo cultural.
No se puede decir que las culturas regionales que invocan un pasado, ido tiempo atrás, sean exclusivas de los Apalaches; sólo hay que pensar en quienes usan sombreros tejanos y botas vaqueras, y salen a pasear por los centros comerciales con aire acondicionado.
Así es que es increíble, y aterrador, pensar que, realmente, podemos estar a punto de hacer todo eso porque Donald Trump condescendió, en forma exitosa, a la nostalgia cultural, a la añoranza por un pasado que se esfumó, cuando los hombres eran hombres y los mineros cavaban profundo.