Especial para LG Deportiva

El tiempo no pasa. Vuela. Y algunos recuerdos lo demuestran con absoluta contundencia. Parece mentira que hayan pasado ya 10 años desde que, en Miami, Guillermo Cañas se regalara una de sus noches inolvidables. Era el 27 de marzo de 2007, cuando, unos días después de haber conseguido lo imposible, lo lograba otra vez. Roger Federer era su víctima, tal como lo había sido en Indian Wells pocos días antes. Un maravilloso triunfo aunque, según cuenta el propio Willy, el sabor fuera diferente. “Roger ya estaba alerta. En aquel momento era amo y señor del tenis y quizá pudo haberse confiado el día que le gané en Indian Wells. Pero en Miami no dejó nada sin controlar. Se le notaba en el andar. Sin dudas, no quería volver a perder por nada del mundo”.

- Imagino que tú nivel de confianza era altísimo...

- Claro, aunque no solo por lo que había pasado en Indian Wells. En 2006 yo tuve una vuelta con infinidad de triunfos. Alguno podrá decir que esos triunfos eran en challenger pero igualmente me pusieron muy fuerte de cabeza. Y mi inicio de 2007 siguió en la misma línea”.

- Ganarle a Federer era una curiosidad en aquellos años, más aun haciéndolo dos veces seguidas y llegando desde la clasificación.

- Mi ranking no estaba bien, solo respondía a la larga ausencia de la temporada anterior, por eso debí jugar la qually. De juego, físico y cabeza me sentía mano a mano con cualquiera. Esas victorias me dieron la razón.

Recuerdos

Los recuerdos saltan de su cuerpo, se lo nota entusiasmado y hasta sonríe al entregar detalles. “El partido fue cerrado, muy parejo de entrada, a punto tal que fuimos al tiebreak en el primer set. Me pareció que él tenía dudas pero no quería distraerme”.

- Cuándo le ganaste el tiebreak ¿qué pensaste?

- Nada. No pude pensar, no me dio un segundo. Él subió el nivel, se puso en ese ritmo en que, aún hoy, te gana muchos puntos muy rápido. Y cuando te querés acordar ya estás varios games abajo. Pasó exactamente eso. No reaccioné. Me desbordó por todos lados y me ganó 6-2.

- ¿Y entonces?

- El tercer set empezó igual. Roger siguió muy agresivo, me quebró el saque de arranque, se puso 3-1 y me hizo sentir que no podía hacerle daño. Al mismo tiempo yo sabía que era difícil que él pudiera mantener esa intensidad y eso pasó. Entonces recuperé el quiebre y fuimos saque y saque hasta otro tiebreak.

- Imagino tu cabeza trabajando a pleno para seguir concentrado.

- Realmente no me acuerdo esa parte. Es más, lo único de ese tramo que llevo grabado en mi cabeza es el match point. Tenía que sacar y picaba la pelota pensando hacia dónde. La picaba y la picaba y no podía decidir. Hasta que fui a lo seguro, fuerte y a la T, el saque con el que siempre me sentí más cómodo.

- El final fue insólito...

- Claro. Federer le erró a la pelota. Increíble y a la vez un alivio para mí porque no sé si habría podido pegarle a la segunda pelota.

Muchos cambios

Las manos no se quedan quietas. Sin siquiera darse cuenta Guillermo las mueve, las junta, las separa. Un racimo de ademanes. “No puedo creer que hayan pasado 10 años. Siendo jugador jamás sentí que el tiempo se fuera. Ahora que tengo un hijo si lo percibo. Y cuando miro atrás veo muchos cambios: me mudé a Miami, me casé, me retiré, nació Juan. Es mucho tiempo muchas cosas también.

El presente del suizo

- A Federer también le pasaron muchas cosas en este tiempo...

- Sí (risas). Y sigue jugando. Es una maravilla su vigencia y la capacidad que tuvo para adaptarse una y otra vez. Este inicio de año no pudo haber estado en la cabeza de nadie, ni siquiera de él mismo, por bien que se sintiera. Roger ya no juega al tenis, está jugando “a bolas”, así le decimos nosotros a alguien que busca tanto en cada pelota. No respeta ninguna pelota, ningún punto, no cuida nada. Y al estar tan fino le sale todo y el de enfrente casi que ni entiende qué ocurre en la cancha. Mientras no pierda la agilidad y el timming que tiene ahora, va a seguir prendidísimo ahí arriba.

- ¿Te animarías a ubicar ese triunfo sobre Federer en tu ranking de victorias?

- Es difícil porque hay distintos planos. Una cosa es la dimensión pública y otra el proceso interno, personal. Hay algunos triunfos que pasaron inadvertidos para la gente y la prensa pero que fueron vitales para mí. También están esos resonantes u obvios: mi primer ATP en Casablanca, el doble del ascenso al grupo mundial de la Davis en 2001, la final de Toronto a Roddick en 2002. Y también, claro, ambos sobre Federer, especialmente el segundo, el de Miami. A medida que pasa el tiempo me impresionan cada vez más porque Roger se va haciendo más y más grande cada año.

La grandeza de Federer crece, crece y parece no tener límite por el momento. La sensación tiene consenso absoluto en el mundo tenis. Ese mundo al que Cañas sacudió profundamente una década atrás.