Niños montados a caballo, boinas y gauchos decoraban el predio de la Sociedad Rural. Un clima de tradición, alegría y tranquilidad celebró a San José. Es la segunda vez que se realiza un festival en su nombre, en el que la doma, la jineteada y el folclore fueron los espectáculos centrales. Los vecinos acudieron para homenajear a su santo patrono y para disfrutar de la propuesta familiar.
Una pista divide al escenario de las tribunas. Los caballos galopan al ritmo del folclore, mientras el payador florea a los jinetes.La fiesta invade al público, que aplaude y se maravilla.
“Es hermoso festejar con la tradición, te hace recordar cosas, como la gente de las cosechas”, describe Jessica Roldán, acompañada de sus hijos. “Respetamos mucho a nuestro patrono, rogamos seguridad, que nos proteja y que haya trabajo para toda la gente de acá”, añade su tía, María Yapura. Las oraciones de agradecimiento se elevaron porque a causa del festival tuvieron la oportunidad de trabajar desplegando puestos familiares de comida. “Estamos muy agradecidas con esta celebración para nuestro patrono y por trabajar aquí. Oramos por vivir dignamente”, expresa María Casorla desde el mostrador de una carpa de comidas regionales, junto a su mamá.
Entre cada categoría de las jineteadas, un artista sube al escenario para tocar alguna chacarera o una zamba. Entre el público un profesor de folclore sonríe: Leo Alarcón explica que los habitantes de San José son muy trabajadores y que están orgullosos de que los vayan a visitar. “Yo quiero el ascenso”, se ríe cuando le pregutan qué le pediría al santo.
Doce segundos debe el jinete aguantar sobre el caballo en la categoría de Grupa Surera y la adrenalina llega hasta el público. Los hijos de Miriam Rodríguez, Lain de tres años y Jonás, de seis, están vestidos de gauchos y miran asombrados. “Jonás ya le pide a su papá ser jinete, pero igual desfila y grita ‘viva la Patria’”, dice Miriam.
> Guadalupe Méndez
La única representante femenina en la pista
Los domadores pugnan con sus caballos, dando vueltas en círculos por la pista principal. Entre ellos puede distinguirse una boina rosada, acompañada de un atuendo gauchesco que le hace juego. No sólo son hombres los que están montados. “Donde hay doma y desfile me llaman, me invitan a todos los festivales. Estuve en Cosquín, en Jesús María y en muchos más, también gané premios en festivales locales, pero mi sueño máximo es ser jinete”, explica Guadalupe Méndez.
Una de las yeguas que estaba domando exhibió intenciones de tirarla al suelo, pero ella logró dominarla ante la admiración del público. Guadalupe revela que se cayó muchas veces, pero eso no la alejó de su pasión. “Hay que aprender a caerse”, sostiene.
Desde que tiene memoria monta a caballo, una herencia de su abuelo. Además es una amante de los animales. No es raro ver por las calles de Tafí Viejo a la adolescente de 15 años sacando a pasear a sus caballos. Todos la conocen porque es la única mujer domadora de esa localidad. “Me dicen ganadora, porque muy pocas personas pueden lograr domar un caballo, es algo único y es un desafío”, enfatiza.
El año pasado, Guadalupe había ingresado a una escuela de modelos, pero decidió que quería dedicarle todo su tiempo a los caballos y a su carrera para lograr participar en una jineteada. “Es un honor tremendo ser la representante de las mujeres en este ámbito, pero me encantaría que se unan más -invita-. Todas las chicas que disfrutan del campo y de los caballos deberían animarse a participar de este deporte”.
>Eduardo González Se frustró su ilusión de ser jinete, pero encontró un lugar entre la tropilla
Eduardo González y su hermano, Gonzalo, iban juntos a la escuela montados a caballo. Estaba en el destino de Eduardo ser jinete, pero a hace 30 años se accidentó al caer de un corcel y se fisuró tres costillas, lo que provocó que abandonara la doma. “No me iba a quedar ahí, así que hace 10 años que me dedico a la tropilla, el conjunto de personas y animales especializados para las jineteadas. Por suerte puedo vivir este deporte de este lado, no todos tienen esta posibilidad de acompañar a los jinetes y defender nuestra tradición”, expresa Eduardo. Gonzalo también se vio obligado a dejar de ser jinete y ahora se dedica al verso y al relato de lo que ocurre en la pista para el público. Eduardo destaca que se trata de un deporte sano: “nunca vas a ver una pelea como en otros”. Todos demandan su atención, los jinetes le consultan cosas constantemente y él les transmite sus conocimientos. “Disfruto de cuidar a los caballos y prepararlos para que rindan al máximo en los eventos que participan. El gaucho siempre fue creyente, así que somos figuras importantes para rendirle homenaje a San José”, apunta, y añade que es un espectáculo unificador. “Este deporte está reuniendo a personas de diferentes clases sociales, venimos los que somos del campo, los que estamos en el rubro y los demás que son curiosos y quieren conocer de qué se trata -explica-. Todos están invitados a participar”.