En la edición de ayer, hemos informado detalladamente sobre la multitudinaria marcha desarrollada en nuestra ciudad el miércoles último, con motivo del Día Internacional de la Mujer. De un apartado de esa crónica, “La marcha por dentro”, nos interesa comentar cierta información que lleva una muy ilustrativa fotografía. Expresa que, para representar a la solicitud de aborto legal durante la manifestación, “una mujer se vistió de Virgen María y en sus piernas se pintó de un color similar al de la sangre, como si estuviese deteniendo un embarazo”.
Sea cual fuere la opinión que se tenga sobre el problema del aborto legal, resulta deplorable que, para afirmarla, se acuda a una farsa que resulta groseramente ofensiva para los muy amplios sectores católicos de la comunidad. Nuestro país se ha caracterizado, desde su organización como república democrática, por respetar todas las creencias religiosas, como lo dice claramente la Constitución Nacional en su artículo 14. Y así es como conviven ellas, sin problema alguno, a lo largo y ancho de su territorio.
Sorprende desagradablemente entonces, que alguna persona se crea con derecho de burlarse de quien la Iglesia Católica venera en los altares de todo el país y de todo el mundo. Una actitud de esa índole contiene, en primer lugar, una muy peligrosa nota de discriminación. En efecto, al tomar elementos de un credo religioso como objeto de escarnio, se está asestando un “trato diferente y perjudicial” a las personas que lo profesan. Además, expresa un tipo de intolerancia que debe repudiarse, ya que carece de todo fundamento razonable.
Cualquier creencia religiosa merece el respeto permanente de la comunidad. Son extrañas totalmente, a la idiosincrasia nacional, las parodias insultantes contra ellas. Sean de la índole que fuesen tales convicciones, no puede admitirse que se las desmedre de semejante manera. Las expresiones de protesta tienen que detenerse frente a todo lo que tenga que ver con las religiones. Es un terreno donde solo hay lugar para la consideración y la deferencia, y nunca para el desprecio o para la mofa.
Sí tolerásemos semejantes conductas, abriríamos puerta a todo lo que nuestro país ha repudiado siempre: ese considerar que lo que se halla arraigado en los lugares más íntimos del alma pueda ser objeto de desvalorización. Ningún planteo de ideas o de posturas, por justificado que pudiera ser, puede estar acompañado por ataques a esas convicciones religiosas que, repetimos, toda persona tiene absoluto derecho de tener y de practicar.
Es penoso que tengamos que reiterar conceptos que suponemos por todos conocidos, ya que los comparte la inmensa mayoría de las mentalidades argentinas. Vivimos en un país que se ha enorgullecido siempre de la libertad de cultos, principio que obviamente, prohíbe toda manifestación que ataque o se burle de algunos de ellos. Es de esperar que el triste episodio que nos ocupa, quede como un incidente aislado, que merece olvidarse y nunca más puede repetirse, bajo ninguna circunstancia.