ENSAYO

ABISMOS DE LA MODERNIDAD

CLAUDIA HILB

(Fondo de Cultura - Buenos Aires) 

El volumen se ocupa de un asunto de primera importancia dentro del pensamiento social: la presencia de la violencia ejercida por miembros de grupos humanos sobre otros, especialmente en los regímenes totalitarios (nazismo, comunismo, fascismo). La autora (socióloga por la Universidad de París, investigadora del Conicet, profesora de la UBA) ha escogido a tres autores para revisar desde ellos el asunto: Ana Arendt, Claude Lefort y Leo Strauss.

La autora entiende que estos son “regímenes de dominación totalmente inéditos” (página 11). Y parece sugerir que nacen desde dos retoños de la modernidad: el relativismo y el historicismo. Desde ellos se “ha decretado la imposibilidad de afirmar lo verdadero y lo falso, lo justo y lo injusto…la imposibilidad de juzgar entre regímenes deseables e indeseable, buenos o corrompidos” (página 12). No tendríamos “categorías bajo las cuales subsumir lo considerado” (página 13). Así, “el fenómeno de la violencia, y de su relación con la política, parece por momentos impermeable a la reflexión política”.

He registrado algunas afirmaciones preliminares de la autora que, aunque discutibles, se entienden. Mostraré ahora otro texto suyo donde la impermeabilidad señalada por ella resulta más evidente:

“La deriva del mundo moderno ha desplazado la violencia del ámbito privado o semiprivado al ámbito de lo público estatal, esta deriva ha tornado verdadera de alguna manera la concepción que ve en la política sólo un medio para un fin extrínseco, abriendo el camino para la omnipresencia pública de la violencia y para la interrogación acerca del sentido mismo de la política” (página 19).

¿Qué significa eso?

Tomo otro ejemplo de una idea que campea en este libro, pertenece a Hannah Arendt: “Estoy perfectamente convencida de que toda la catástrofe totalitaria no se habría producido si la gente hubiera seguido creyendo en Dios, o mejor en el infierno, es decir si aún hubieran existido absolutos” (página 252). Y agrega Claudia Hilb: “La pérdida de absolutos, me permito glosar, es el intersticio a través del cual se ha insertado el mal mayor de nuestro siglo” (página 252).

¿Puede tomarse esto en serio? ¿Acaso no somos testigos actuales de cómo el Estado Islámico promueve atrocidades sobre sus víctimas guiado, precisamente, por absolutos religiosos que prometen infiernos y paraísos? Ebria de absolutos, ¿no hizo igual, aunque en menor escala, la santa Inquisición? ¿No funcionaron como absolutos las “leyes inexorables de la historia” en cuyo nombre el marxismo desató vastas carnicerías humanas? ¿Careció de absolutos la conquista de Hernán Cortés? Y la violencia aterradora de Gengis Kan, que construyó en los inicios del siglo XIII el imperio territorial más extenso conocido, ¿era, entonces, fruto de la modernidad?

Los especialistas en humanidades debemos convivir con jerigonzas de distinto pelaje y extracción. Y asumir que están auroleados con el oropel del prestigio dudoso que envuelve a los intelectuales.

Más severas parecen las aproximaciones al estudio de la violencia humana hechas desde la Etología. En general, las Humanidades han resuelto ignorarlas.

© LA GACETA

Jorge Estrella