¿Qué más se le puede pedir a Atlético ya? Nada. Y a la vez, absolutamente todo. Porque si a alguien le quedaban dudas de que este equipo -el mejor en un siglo de historia- está para grandes cosas, hoy no tiene más opción que rendirse ante lo evidente: ayer el “Decano” se recibió de equipo copero. No sólo por haber pisoteado a un rival con mucha mayor experiencia internacional y conseguido una clasificación que marcará un punto de inflexión en la historia del fútbol tucumano, sino también por la personalidad que mostró durante todo el partido. Incluso cuando ya ganaba 3-0 y su adversario no daba señales de reacción, siguió luchando cada pelota como si fuese la última. Si hay un rasgo que suele identificar a los equipos coperos, incluso por encima del buen juego, esa es la vocación para la lucha. 


Y Atlético lo jugó como si fuera la final del mundo, ganándole por atropello a un “Tiburón” que nada hizo para merecer ese llama de esperanza que tuvo sobre el final, y que por fortuna esa mano bendita de Cristian Lucchetti pudo extinguir. Atlético y su hinchada no merecían sufrir así, ni de lejos, pero ya esta visto que sin agonía no vale.

Con el 0-1 traído desde Cartagena, la pregunta de la semana era cuánto se complicarían las posibilidades de clasificar si Atlético no metía por lo menos un gol antes del entretiempo. Ni el más soñador de los hinchas “decanos” podía imaginar el picnic que se armaría Atlético con Junior en apenas media hora. Si bien es cierto que lo de la defensa colombiana fue tan malo que hasta mejoró lo que se recordaba de El Nacional, también hay que decir que Atlético fue un canto a la efectividad: llegó cuatro veces y embocó tres. Punto a favor para un equipo que había estado cerca de quedarse afuera en la llave anterior a fuerza de desperdiciar situaciones de peligro.

Para cuando se cerró la primera mitad, la superioridad de uno sobre otro le había sacado el velo a una verdad que ya se podía vislumbrar en el partido de ida, a pesar de la derrota: Atlético era -es- más equipo que Junior.

Lo de Atlético era parejito por donde se lo mirara. En el fondo, Bianchi y Canuto transmitían solidez y tranquilidad suficiente como para permitir las continuas proyecciones de Di Plácido y Evangelista; con Leyes dominando el círculo central y también colaborando en ataque cuando la jugada lo pedía; “Bebé” Acosta aportándole claridad al juego con la colaboración de Aliendro; con Barbona exigiendo por la banda, un movedizo Menéndez desestabilizando continuamente a la defensa y Zampedri siempre listo para dar el zarpazo.

A Lucchetti lo dejamos al último a propósito. Con el Monumental convertido en una plaza de toros en la que Atlético preparaba el estoque para ejecutar a un Junior embanderillado hasta las orejas, ocurrió algo tan inesperado como una empanada en frasco de vidrio: Sebastián Hernández clavó un golazo de media distancia que dejó al “Decano” a sólo un gol de la eliminación. Aponzá, como en Colombia, a punto estuvo de vestirse de verdugo, pero “Laucha” lo evitó con un manotazo milagroso.

Sí señor. Pare de sufrir y acomódese, porque a Atlético le queda todavía un buen rato en la Copa. Y de paso revise sus cuentas, porque el “deca” seguirá viajando y necesita compañía.

Salvo en esos estudiados primeros minutos, Atlético fue muy superior a Junior. Lo superó en juego y sobre todo en actitud. En el primer tiempo tuvo cuatro ocasiones claras y marcó tres. Manejó el partido a su antojo y pudo haber marcado cuando menos tres goles más.

En el segundo tiempo, Atlético se cansó de desperdiciar ocasiones claras para asegurar su clasificación y un par de descuidos casi le cuestan la eliminación. Por otra parte, a partir de la vuelta del torneo local se verá obligado a establecer prioridades.