El 23 de agosto de 2016, Cristo “bajó” del muro de la Sala de la Jura y la proyección de un escudo nacional ocupó su lugar. Patricia Fernández Murga, directora interina de la Casa Histórica, ordenó el cambio en su afán de apegarse a la evidencia (se informa por separado). La decisión no pasó inadvertida para tres vecinas de esta ciudad y practicantes de la fe católica quienes sostienen que la verdad y la historia demandan la restitución inmediata del crucifijo (se informa por separado).

En el medio de ambas posturas antagónicas quedó el Ministerio de Cultura de la Nación, que hasta el viernes no se había pronunciado ni a favor de la Dirección de la Casa Histórica ni a favor de las impugnantes, aunque algunas versiones abonaban la teoría del regreso de Jesucristo. LA GACETA consultó a interlocutores de la cartera de Pablo Avelluto, pero no hubo respuesta. La sede de la Asamblea que declaró la Independencia depende de la Dirección Nacional de Museos a cargo de Rocío Boffo. Mientras Cultura reflexiona sobre el asunto, el Cristo donado por parientes del gobernador Bernabé Aráoz “espera” en el área de reserva del edificio. En medio de la controversia, un crucifijo pequeño fue colocado sobre la mesa del escritorio donde hace 200 años debió situarse Francisco Narciso Laprida. La solución no complació a quienes reclaman una marcha atrás.

La controversia por el Cristo se suma a los otros movimientos recientes. Frente a la sospecha de irregularidades en el manejo del espacio y del dinero que recaudaba la Asociación de Amigos, la Nación reforzó los controles en la Casa Histórica: nombró un veedor, y liberó el ingreso al museo y el uso del tercer patio. Todo ello ocurrió en los últimos meses para sorpresa de quienes creen que el tiempo pasa sin novedades en la vivienda de Francisca Bazán de Laguna.

Antes

LA SALA DE LA JURA EN 2011. Lilia Delgado, primera “cacique” de Tucumán, visita el recinto. Al fondo, la cruz. la gaceta / foto de franco vera


Alertan sobre la intención de negar la verdad y la historia

María Lilia Rodríguez del Busto, María Inés Torino y Florencia Nucci aguardan una respuesta desde el 30 de agosto de 2016. Ese día, estas tres ciudadanas que se definen como practicantes activas de la fe católica enviaron una carta documento a Patricia Fernández Murga, directora interina de la Casa Histórica, para solicitar la restitución de la Cruz de Jesucristo al Salón de la Jura. “La decisión de quitar la pieza y de proyectar un escudo en su lugar constituye una afrenta a la tradición cristiana de nuestro pueblo, una provocación innecesaria a la grey identificada con la fe cristiana (que es anterior a la Patria) y la negación de la historia misma”, expresaron.

Cuatro meses más tarde y en LA GACETA, Rodríguez del Busto y Torino -Nucci no estaba en la ciudad- aseguran que lo que más les fastidia es la falta de explicaciones. “No hay coraje para enfrentar la situación”, opina Torino. Dicen que la carta documento originó un expediente en el Ministerio de Cultura de la Nación; que saben que Fernández Murga redactó un informe (ver en esta edición); que se entrevistaron con Arturo Lazarte, veedor de la Casa Histórica, y que intentaron sin suerte acceder a las actuaciones y a las autoridades que han de expedirse sobre el conflicto. En ese afán, enviaron una nota al ministro Pablo Avelluto donde recuerdan que el presidente Nicolás Avellaneda escribió que el Congreso de Tucumán fue patriota y religioso en el sentido riguroso de la palabra. “Es decir, católico como ninguna otra asamblea argentina (...) Los congresales se emanciparon de su rey tomando todas las precauciones para no emanciparse de su Dios y de su culto... Querían conciliar la vieja religión con la nueva patria”, expresó Avellaneda.

Rodríguez del Busto, coordinadora del Comité Episcopal del Bicentenario, y Torino consideran que sacar el crucifijo equivale a borrar la verdad, y no se contentan con el Cristo pequeño que, a posteriori de la remisión de la carta documento, la Dirección de la Casa Histórica colocó sobre el escritorio del Salón. “Ese tipo de objeto es propio de un altar: no corresponde que esté ahí. Guste o no, había una primacía del catolicismo”, precisan. “Queremos que alguien dé la cara por esta decisión, como sucedió respecto de la remodelación de la Casa Histórica en 2015, cuando la ex funcionaria Araceli Bellota vino y nos dio sus motivos”, compara Rodríguez del Busto. A su lado, Torino repasa las ilustraciones que recrean la Jura de la Independencia: Cristo preside la sala en las obras de Antonio González Moreno y Henri Stein, dos de las evocaciones plásticas más conocidas sobre el tema (ver en esta edición).

Fue Rodríguez del Busto quien advirtió la ausencia del crucifijo, que desapareció tras la celebración central del Bicentenario de la Declaración de la Independencia. A coro con Torino, asegura: “la pieza fue quitada arbitrariamente porque nadie sabe a  ciencia cierta qué queda del Congreso de 1816 pero sí sabemos de su espíritu religioso”. 

“La cruz carece de documentación que la avale”

La Dirección Interina de la Casa Histórica retiró el crucifijo luego de una investigación exhaustiva y tras concluir que no correspondía que estuviese ahí. Esta explicación surge de la nota que la directora Patricia Fernández Murga dirigió a Rocío Boffo, directora nacional de Museos, a propósito del expediente que iniciaron tres ciudadanas y practicantes de la fe católica para restituir el Cristo (ver en esta edición). A partir de agosto, el Salón exhibe un escudo nacional inspirado en la hipótesis del arquitecto Juan Carlos Marinsalda. Según Fernández Murga, la idea de proyectar la imagen obedece a la pretensión de evitar “otro caso de falso histórico”.

“No existe documentación que avale la pertenencia y uso de la cruz por el Congreso”, manifestó la directora en el escrito que mandó a Boffo el 21 de octubre. La funcionaria informó que la iconografía de referencia es posterior a 1816 y no permite sino recorrer representaciones sin fundamento documental, y que el texto más antiguo que menciona el objeto es un inventario de la Comisión de Amigos de 1975, que no hace referencia a que los congresales lo hayan usado. E insistió en que este no aparece a ciencia cierta en ninguna de las publicaciones contemporáneas sobre la asamblea que declaró la Independencia y que incluso el historiador Carlos Páez de la Torre (h) había admitido que son pocos los datos existentes sobre el ajuar de la Sala de la Jura (ese autor se pronunció a favor de reincorporar la pieza -ver en esta edición-). 

Fernández Murga se persuadió de estar frente a una situación que había que corregir, como ella misma comentó a Boffo. La directora de la Casa Histórica manifestó que, en 1973, la Comisión de Amigos hizo una intervención profunda de la Sala de la Jura con motivo de la recepción de autoridades de la Acción Católica Argentina y que en ese ámbito unas descendientes del gobernador Bernabé Aráoz donaron el crucifijo que había pertenecido a su antepasado: “este fue colgado en la cabecera del Salón en reemplazo de una placa de bronce con el texto del Acta de la Declaración de la Independencia. Diez años después, el crucifijo era presentado como parte del equipamiento original del Congreso, un potencial falso histórico que fue consolidado al inventariarse las piezas con esta atribución”.

Tales conclusiones fueron compartidas en instancias académicas y con entidades intermedias. Fernández Murga dijo que había comunicado los hallazgos a Lilia Rodríguez del Busto, coordinadora del Comité Episcopal del Bicentenario y una de las ciudadanas que exige la reposición de la cruz. ¿Por qué sacar en 2016 una pieza que llevaba cuatro décadas en “la sala de partos de la Nación”? Fernández Murga explicó a Boffo: “el advenimiento de los festejos del Bicentenario nos planteó la obligación profesional de restituir el aspecto que la Sala de la Jura habría tenido durante las sesiones del Congreso de 1816”. 

PUNTO DE VISTA

“Sobran los argumentos para considerar obvia la presencia de un crucifijo”

Carlos Paéz de la Torre (h) -  LA GACETA

Parece difícil de discutir que en 1816 hubo un Cristo en la Sala de la Jura. De los 33 diputados, 13 eran eclesiásticos (entre ellos, los dos de Tucumán, Aráoz y Thames). Para dar un solo dato, la fórmula del juramento de los congresales, empezaba así: “¿juráis a Dios Nuestro Señor y prometéis a la Patria conservar y defender la Religión Católica, Apostólica y Romana?”. Sin duda se juró ante un crucifijo.

Detrás de la mesa había un dosel. Así consta en el documento que acompaña un viejo y grueso clavo (en el archivo de la Casa Histórica están ambos), texto que dice: “clavo del cual pendía el dosel bajo el cual se juró la Independencia de Sud América el que conservo por ser de mi propiedad y haberse jurado la Independencia en mi casa. Tucumán, septiembre 2 de 1834. Pedro Patricio de Zavalía (rúbrica)”.

Es conocido que, en la época, el dosel estaba detrás del estrado, y de este colgaban imágenes o pinturas religiosas. Sarmiento habla largo del estrado en “Facundo”. Debe suponerse que de allí colgaba un Cristo, que presidía las sesiones y ante el cual se juraba, como muestran los cuadros que representan la Jura de la Independencia. Los Franciscanos tienen uno que llaman “el Cristo del Congreso”, en el museíto de su templo.

El crucifijo retirado estaba allí desde 1973, cuando se mejoró la decoración de la sala, entendiendo que faltaban piezas obvias (Cristo, dosel y estrado). Laura y Corina Liberani Aráoz, bisnietas de Bernabé Aráoz (gobernador de Tucumán en 1816: su residencia estaba a una cuadra de la Casa), donaron al efecto ese crucifijo, valiosa pieza altoperuana del siglo XVIII. En cuanto al dosel también retirado, el arquitecto Eduardo Sacriste diseñó el soporte de madera, del que se colgó un paño bordó con el Cristo encima. Además, se construyó una tarima o estrado, como en las casas coloniales, sobre el cual se pusieron la mesa y sillones (el estrado también fue retirado). 

Se argumenta además que, si hubo un Cristo, este no es el original. Cabe preguntarse, en última instancia, qué es “original” en el Salón.  A pesar de la inveterada tradición que sustenta la originalidad de la mesa, no hay documento que certifique que esa sea la de 1816. Los Franciscanos sostienen que la auténtica es la de ellos, de mayor tamaño. Respecto del sillón de Laprida tampoco hay un certificado. Los otros dos sillones son réplicas de los que se llevó hace un siglo el Museo Histórico Nacional (en 2016 los trajeron de vuelta y no se sabe si están en préstamo por el Bicentenario o si se quedarán). En cuanto a los retratos de los congresales, todos son de fines del XIX y muchos rostros fueron inventados por el pintor.

La Casa Histórica parecer tener hoy el criterio de que lo no documentado no se exhibe en el Salón de la Jura. Viendo así las cosas, solo podría exhibirse el citado clavo de Zavalía, que no se expone en ninguna parte. La mayoría de los objetos de museos no tienen más certificado que las tradiciones: lo que sí se puede verificar es la antiguedad y calidad de las piezas.

No hay documentación que diga que había un Cristo en la Sala en 1816. Pero tampoco la hay que niegue su existencia y, en cambio, sobran argumentos para considerar obvia la presencia de un crucifijo. Retirarlo es como un intento tan inexplicable como injustificado de “descristianizar” el Congreso lo que supone una ofensa para los sentimientos religiosos de la población.