Hace 55 años nació un tipo que se enamoró del prójimo, que hizo de la solidaridad su bandera, que irradia optimismo y una forma contagiosa de felicidad. Se llama Juan Carr: su nombre y su apellido remiten a la Red Solidaria, un invento que a diario revela todo lo que la sociedad puede lograr si se organiza con el fin de ayudar. Carr lidera ese movimiento positivo, que salva vidas y en su afán de hacer bien se ramifica por un planeta necesitado de fraternidad, que no es lo mismo que beneficencia.

Es, definitivamente, otro mundo posible. Desde Buenos Aires y por teléfono, Carr se ríe de los elogios y lleva todo al plano terrenal: según su experiencia, cualquiera puede ser él. Basta con querer. Pero lo más sorprendente del diálogo es que este activista social inclasificable está convencido de que vamos hacia una realidad mejor. Otra vez a contramano de los análisis pesimistas, Carr sostiene que cada vez hay más razones para la esperanza en términos generales. La estrategia, sin embargo, es ir de a poco: dar pasos en función de una escala humana. Será por eso que a la hora de pedir tres deseos para este 2017 nuevito, Carr expresa: “que haya un desnutrido menos y un trasplantado más, y que encontremos a otro chico perdido”.

- ¿Cómo empezó su trabajo solidario?

- No lo tengo claro. Fui “scout” de niño y el “scoutismo” ya tiene una mirada amable con el prójimo y la comunidad. Allí te hablan de la buena acción diaria. Yo respondo a mi educación: desde chiquito hacer algo bueno cada día ya tenía un valor. Ese fue mi primer envión. La Red Solidaria va a cumplir 22 años en febrero, pero llevo mucho más tiempo en el “mundo social” y esto es mérito de mis educadores.

- ¿Su papá y su mamá tenían este perfil o usted lo encontró en la calle con otros maestros?

- Mi padre, definitivamente sí. Mi madre, también, de otro modo. Ambos pertenecieron a una generación que ahora tendría 90 años: eran hijos y nietos de inmigrantes. Recordemos que los inmigrantes fundaron el Hospital Italiano, la Sociedad de Socorros Mutuos, el Hospital Israelita, la Asociación de Galicia... Mi padre, además, estuvo mucho tiempo en el gremialismo y el cooperativismo, que son formas de solidaridad. Mi madre era profesora de Lengua y me insistía mucho en el amor. Después tuve un abuelo desarrollista de la ciudad de Rosario; un abuelo yrigoyenista y alvearista, y raíces peronistas por otro lado. En el ciclo secundario conocí a los padres pasionistas, que me formaron en el colegio San Gabriel: ellos tenían una mirada muy social y eran de origen irlandés. Todo eso dio este resultado.

- Usted fue pionero en Argentina en eso de poner el número “cero” a ciertas cosas que hay modificar. Su lema de cabecera es “hambre cero”, pero después vino este Gobierno y habló de “pobreza cero” y saltaron los que aseguran que esto es imposible, una utopía inalcanzable.

- El término “pobreza cero” aparece en España en los años 80. Nosotros ajustamos el concepto al hambre. En esa época entraba a la facultad (soy veterinario pero no ejerzo) porque quería producir alimentos para acabar con el hambre. En esa época faltaba comida en Argentina. Mi obsesión es el hambre porque era el gran drama en los 60 y los 70 en Biafra, África y la India: eso me marcó. Aprendí, por la nueva forma de comunicación, que a mí me cuesta un poco, lo importante que es fijar algunos conocimientos como “hablemos de autismo” y “salvemos el bosque”, y creamos en Twitter la cuenta @hambrecero. Después el concepto se volvió una discusión, que a veces lastima, pero es buenísimo que estemos hablando de esto hoy porque en los 80 y 90 eso no pasaba. A veces me agobio porque cuando decís que estamos cerca del “hambre cero”, cualquiera sea el que gobierna se pone contento, y la oposición se enoja y te dice de todo. Ya me pasó con varios gobiernos. En los 80 no había comida y yo quería producirla para quienes no la tuvieran. Terminados los 90, la comida ya estaba. A partir del siglo XXI, el campo Argentino produce comida para 440 millones de personas y la Universidad Católica dice que hay 3 millones a los que les falta. El mundo produce cada año un 10% más de alimentos que los que necesita. Entonces, me encontré conque ser veterinario ya no servía: ahora no había que producir sino comunicar y motivar porque el problema es de distribución.

- No deja de ser increíble que sea más fácil producir comida que alimentar a todos.

- Si hay un problema de distribución es porque falta encuentro. Necesitamos un acuerdo de los grandes jugadores de Argentina. Necesitamos que ellos digan: “muchachos, a 39 millones de argentinos les llega la comida a la mesa, nos faltan 3 millones, ¿nos podemos sentar a hacer un diseño de distribución?”. Hoy sentás a diez argentinos en una mesa y uno se levanta, otro se enoja… todavía falta para el acuerdo.

- ¿Cree que se está avanzando hacia allí?

- Saber qué pasa en la realidad siempre es difícil. En el mundo tres de cada siete habitantes están fuera del sistema y, además, uno de ellos no tiene comida. En 1998 o 1999, un chico desnutrido menor de cinco años moría cada una hora en Argentina. En el 2008, hablamos de cuatro por día. Hubo una bajada tremenda. El año pasado la prensa dijo que ya estábamos en dos o tres muertes. Ese último dato no es oficial, pero ya estamos cerca de salir de la muerte diaria, aunque una muerte sigue siendo una catástrofe, de eso no hay duda. En los próximos tres, cinco, nueve diez o veinte años, Argentina va a terminar con el hambre. La pobreza es más compleja, pero creo que desde la posguerra hacia acá el mundo está dando una batalla contra la pobreza extrema. Espero que el día que el “hambre cero” se declare, tengamos la capacidad de celebrar todos. Esa es otra novedad filosófica: en los 70 la vida valía bastante poco. Hoy hay una cultura sobre la dignidad muy intensa. La pobreza indigna a todos los sectores. Eso es fabuloso pese a que falta mucho todavía. Pero la cultura solidaria sigue creciendo. Falta ahora el salto de ese movimiento a la política. Nuestro plan era que, al fortalecerse la solidaridad, aparecerían nuevos líderes que irían a parar al mundo de la política, pero eso no ocurrió. Necesitamos que una nueva generación renueve la política.

- Juan, usted resulta una rareza por el hecho de que es optimista en Argentina. ¿Cómo vive esa condición?

- Sería un ingrato con la vida y con mi pueblo si no dijera que camino mirando el piso porque, si me reconocen, me paran para ofrecer algo para los inundados, o para donar sangre u órganos. Soy testigo de la bestial y abrumadora catarata de generosidad de nuestra gente. Me deprimo diez minutos por día como cualquiera, por mi humanidad. Pero resulta que aumenta el número de trasplantes en Argentina; se multiplican los donantes y cada vez más gente participa de la lucha contra quienes pasan frío en la calle. Cada vez más gente tiene conciencia de lo que significa el autismo. Ese es nuestro pueblo. Y a los que están enojados les digo que si nuestros abuelos, bisabuelos y tatarabuelos vieran cómo estamos hoy, se sentirían contentos. Recordemos que ellos vivieron la tragedia de la inmigración y de la represión. Por supuesto que hay quienes tienen derecho a quejarse, pero también es cierto que la mirada histórica nos permite ser optimistas.

- ¿Cómo convive con la culpa? ¿Puede disfrutar de lo que tiene estando tan cerca de tantas carencias?

- No tengo culpa. Tampoco hago lo que hago para sentirme bien: ya me sentía bien antes. Soy un tipo feliz aunque no tolere que alguien esté pidiendo en un semáforo sin trabajo; no tolere que alguien tenga frío y no tolere que alguien tenga hambre. Trato de cambiar esa realidad, pero no tengo culpa. Además, si te acercás con mala cara a alguien que está triste, le agregás más tristeza. Sonreí, si no, tomá una cerveza o un fernet, y volvé con una sonrisa. Me siento agradecido por la vida que me tocó. Dios quiso que tenga una casa, cinco hijos, una nieta, una mujer... La Red Solidaria no nació de una experiencia de dolor, sino del deseo de agradecer. Quienes la fundamos éramos cinco afortunados, que teníamos trabajo y estudios, y quisimos hacer algo para devolver lo recibido a la comunidad. Inventamos la Red desde la alegría.

- ¿Considera que mejoró el mundo que le tocó?

- Sí mejoramos el mundo que nos tocó, pero no lo hice solo. Desde la posguerra para acá soy parte de un proceso en el que la humanidad va hacia la paz cada vez más y me siento orgulloso de ello. ¿En algunos pequeños mundos influimos? Sí. ¿Al mismo tiempo estoy muy contento pero siento que no hicimos nada? También. Siento que todavía está por explotar nuestra aspiración máxima: la globalización de la solidaridad. Si globalizamos la economía, ¿por qué no podríamos globalizar la solidaridad? Nos acaban de postular por sexta o séptima vez al premio Nobel de la Paz: hay 250 postulantes cada año y nos gustaría tratar de juntar a todos, porque debe ser gente buena, para apurar ese proceso de mundialización de la solidaridad. Y tengo planes para cuando vaya al cielo: no me imagino quieto en la eternidad.