Se iba terminado 1912 cuando se produjeron dos tragedias: entre el 28 y el 30 de diciembre una fuerte explosión conmovió a la capital tucumana (una persona murió y varias resultaron heridas), y una tormenta de gran intensidad se desplomó sobre la ciudad. Hubo que evacuar a mucha gente e incluso falleció un hombre, ahogado, bajo el puente del Central Córdoba en la avenida 24 de Septiembre. Tragedias como esta siguen produciéndose, más de 100 años después.
Fuerte tormenta
La crónica destaca que el cielo se volvió gris plomizo, y que las nubes espesas hacían presagiar lo que luego ocurrió: la lluvia se descargó con furia sobre Tucumán precedida por un fuerte huracán que sacudió árboles, techos, ventanas; el polvaderal elevado a su paso enceguecía a los que se atrevían a enfrentarlo. Minutos después, la tormenta de agua y viento había tomado proyecciones como no se recuerda en Tucumán (...) las calles y los patios se inundaron rápidamente. El agua corría por la calzada con velocidad extraordinaria.
El viento dejó muchas zonas sin suministro eléctrico y tiró los cables del telégrafo, dejando incomunicada la provincia por algunas horas; también se cortaron las pocas líneas de teléfono que había.
La inundación, por su parte, llegó hasta los barrios céntricos, aunque la zona más afectada fue la del sur de San Miguel de Tucumán. Las humildes viviendas de más allá del Ejido Sur (hoy avenida Roca) quedaron bajo el agua debido a la impetuosa corriente. Agentes a caballo y bomberos fueron hasta allí para rescatar decenas de personas.
En la 24 de Septiembre
Los efectivos policiales y de bomberos que volvían de los rescates recibieron otra alarma que los llevó hasta el paso bajo nivel del ferrocarril Central Córdoba. Allí un hombre se había metido al agua, que llegaba en cierta parte del pasaje a 2 metros y medio de altura. El hombre venía del poniente pretendiendo atravesar la cuadra. Caminaba por la acera norte. De nada sirvieron los gritos ni las alertas de los vecinos. El agua lo levantó un tanto y luego lo arrojó a un lado. En ese momento se sintió succionado por el agua y comenzó a manotear con desesperación. Desde la esquina de Bernabé Aráoz un joven de origen italiano se lanzó al agua para rescatarlo y nadó hasta el lugar, pero el hombre ya había desaparecido. Bomberos y policías también se tiraron al agua. Tras más de 50 minutos de intenso trabajo y poniendo en peligro su propia vida encontraron el cadáver del hombre. La víctima fue identificada como Juan Orosco, un verdulero argentino tuerto, sordo y algo falto de los sentidos.
Los datos meteorológicos, aportados por el observatorio Lutz y Schulz, indicaron que habían caído 64 mm de agua en escasas dos horas y que las impresionantes ráfagas de viento alcanzaron los 36 kilómetros por hora.
Explosión céntrica
La ciudad se movía con el ritmo que le impone el fin de año. La gente iba y venía realizado las últimas compras. La hora fatídica quedó impresa en nuestra crónica del 29 de diciembre: serían las 10.15 a.m. cuando en toda la ciudad se sintió una fuerte explosión, que conmovió la tierra, y luego varias detonaciones (...) las casas temblaron, crujieron los techos, desplomándose algunos. Enseguida una lluvia nutrida de ladrillos inundó los patios. Los vidrios de puertas y ventanas se hicieron añicos. En las habitaciones los cuadros de las paredes se desprendieron estrepitosamente. Puertas que estaban cerradas se abrieron, no se sabe cómo, destrozando las seguras cerraduras. Los techos salieron de su quicio, amenazando inminentes derrumbes. Todos estos graves perjuicios ocurrieron en el curso de unos cuantos segundos.
Había explotado una fábrica de pirotecnia en el 128 de calle Salta. El terror dominó a habitantes y transeúntes. Policías y bomberos se dirigieron al lugar para prestar auxilio y removieron escombros en busca de supervivientes. El intenso trabajo permitió rescatar unos 10 heridos de distintas consideración. Pero un pequeño de un año y medio falleció.
La noticia hace una pormenorizada descripción de los devastadores efectos de la explosión. Destaca que casas ubicadas a más de 100 metros del lugar habían sufrido en los techos daños por los ladrillos que habían salido despedidos como proyectiles. En un radio de 150 metros no quedó una ventana, vidriera o cristal sano.
Llamó la atención que algunas gallinas fueran despedidas más de 100 metros y se hallaron en los fondos de otras viviendas, algunas con vida y otras muertas. Los primeros cálculos señalaban que la reconstrucción iba a costar unos 50.000 pesos.
Los propietarios de la fábrica relataron a LA GACETA que no tenían idea de cómo había ocurrido el desastre, pero deslizaron que ciertas imprudencias de los vecinos podrían haberlo generado: contaron que en los días previos habían tenido que apagar unos cohetes que habían tirado en el patio del conventillo donde almacenaban la pirotecnia. Suponían que no había habido intención.