A través de más de 30 libros, entre los que alternó novelas y cuentos, Andrés Rivera instaló su voz potente, singular e irresistible en el mapa de la literatura argentina contemporánea. Fue el escritor que le dio voz a la clase obrera y también el que rescató figuras de la historia como Juan Manuel de Rosas, Juan José Castelli y José María Paz. Su muerte -a los 88 años, en Córdoba- se enmarca en un diciembre trágico para las letras nacionales, habida cuenta del reciente fallecimiento de Josefina Ludmer y Alberto Laiseca.
Hubo un primer Rivera, cuyas historias tuvieron como protagonista a un actor colectivo: los trabajadores que luchan por sus derechos. “El precio”, “Los que no mueren”, “Sol de sábado”, “Cita” y “El yugo y la marcha” integran esta etapa, en la que aflora la militancia de Rivera en el Partido Comunista.
Posteriormente, su literatura fue evolucionando hacia una prosa más concisa, repetitiva y envolvente, que terminó siendo su marca de estilo. También sus personajes cambiaron: se zambulló en la historia y retrató individuos a través de los que se jugaban relaciones de poder, de la Revolución de Mayo a las últimas décadas del siglo XX.
Hijo de un obrero polaco y de una ucraniana, Rivera había nacido el 12 de diciembre de 1928 en Buenos Aires como Marcos Ribak. La inclinación por la literatura llegó poco antes de los 13 años, de la mano de dos tíos que le “presentaron” a Roberto Arlt y a Víctor Hugo.
Mientras redactaba el periódico clandestino del Partido Comunista, “Nuestra Palabra”, pensó que debía firmar con seudónimo. En ese momento estaba leyendo una novela del colombiano José Eustasio Rivera, apellido que unió al nombre de la calle donde vivía, Andrés Lamas. Marcos Ribak pasó a ser entonces Andrés Rivera.
Entre los cuentos policiales de “Ajuste de cuentas” (1972) y “Nada que perder” (1982) su obra experimenta un cambio fundamental que acompaña el correlato político del país. Fueron 10 años de silencio editorial, pero no de inactividad, porque Rivera no dejó de trabajar.
En 1985 comenzó a escribir “La revolución es un sueño eterno”, novela cuyo protagonista es Juan José Castelli, el orador de la Revolución de Mayo que murió de cáncer de lengua, y que se convertiría en su libro más famoso. Por esta obra Rivera obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1992.
En las últimas obras, publicadas a partir de 2000, la historia y la política cobrarán nuevamente un protagonismo fundamental. Rivera será recordado por la dureza de su carácter, su coherencia política y una obra literaria que lo consagró como uno de los más notables escritores argentinos de la segunda mitad del siglo que se fue.
> La pluma y el pensamiento
“Lord Palmerston me dijo, una tarde, en su última visita, que ese tal Shakespeare se inspiró en mi para su King Lear. Así dijo: King Lear. Y rió. Y dijo que me reconoció en el tiempo. Que me reconoció en el tiempo: eso dijo. Y la tarde era de otoño. Y el sol se retiraba, débil, de mis campos. Y lord Palmerston y yo tomamos té”.
“el farmer”
“Voy a morir. Y no quiero. NO QUIERO MORIR, escribe Castelli con letras mayúsculas. No quiero, escribe Castelli, en una pieza sin ventanas, su cuerpo que dispara palabras contra la soledad que se termina.
Sálvenme, compañeros, escribe Castelli, solo en la penumbra de esa pieza en la que se encerró para no oír la risa de los que festejan su derrota. Compañeros, sálvenme. ¿Por qué yo?, escribe Castelli. ¿Por qué tan temprano? ¿Qué pago? Todos mueren: el rey y sus bufones, el amo y el esclavo: alguien -dijo eso, borracho, una noche de verano-. No así, escribe Castelli. No solo. No rendido aún a la fatiga de vivir. No objeto de la risa y la piedad de los otros”.
“la revolución es un sueño eterno”
“¿Se dijo el hombre de setenta años, allá, en el Sur, que deseaba que la noche fuese interminable, y que no cesara el golpe aterciopelado de la lluvia en la noche interminable? ¿Se dijo el hombre de setenta años, tan porteño como se lo permitía la ciudad en la que nació, que no hay nombre para el exilio argentino? El hombre que dio la espalda a los chicos que tiritaban frente a la puerta de su casa, entra en la cocina a oscuras. El hombre de setenta años, sentado en una silla negra, en la cocina a oscuras, se pregunta cuánto dura una tarde de invierno”.
“tierra de exilio”
“Yo estoy convencido de que ningún libro, por bueno que sea, puede cambiar el mundo. Pero tengo que escribir”.
“Estamos reducidos a cuatrocientas palabras, y yo no voy a responsabilizar de eso a ese aparato, eh. Me refiero a la televisión. Creo que esto proviene de una enseñanza defectuosa, que es un término muy suave, muy light. Creo que tiene que ver con un designio de las clases dominantes de reducir el idioma de los argentinos a esas cuatrocientas palabras”.
“¿Por qué están tan mal las escuelas y la universidad pública en la Argentina? ¿Por qué hay tanta campaña a favor de la universidad privada? ¿Por qué los maestros tienen sueldos misérrimos y entonces se fatigan y corren desde la escuela para dar clases a tres, cuatro, diez niños o adolescentes que necesitan, para de ahí cobrar unos pesos más y terminar el mes? Por eso se lee poco”.
> PUNTO DE VISTA
Genial, comprometido y capaz de hacer magia con la escritura
LILIANA MASSARA - Doctora en Letras
Genios como Andrés Rivera deberían vivir sin límites de tiempo. Fue sin dudas uno de los grandes escritores de nuestro complejo sistema literario y forma parte del canon de la literatura argentina del siglo XX. En la línea de Ricardo Piglia, Abel Posse, Libertad Demitrópulos o el tucumano Hugo Foguet, con su “Pretérito perfecto”, Rivera apeló a la historia para construir desde allí otro punto de vista. Dice Daniel Link que la literatura no es un estado de la realidad, sino un estado de la imaginación, y ese concepto sintetiza a este grupo que escribió desde las catacumbas en los años 70.
El de Rivera es un discurso cifrado de la historia, no mimético. Hay en su obra un entrecruzamiento de géneros, de tiempos y de voces. Desde esa focalización múltiple va armando distintas verdades, en contraposición con la historia oficial. Al mismo tiempo, obliga al lector a encontrar los códigos que permiten acceder a esos textos, que son excesivamente reflexivos.
La libertad del hombre es el gran tema de Rivera, unido a esa utopía de la revolución que fue desencadenante de frustraciones y desengaños. No por casualidad “La revolución es un sueño eterno” es el texto que lo llevó a la cúspide. Varios temas están presentes en la mayoría de sus novelas. Uno de ellos es la perversidad del poder; cómo el poder y la ambición pueden llevar a los hombres al extremo. Desde ahí plantea la historia argentina, pero sin apelar a un realismo tradicional. Los personajes de Rivera son ambiguos, de carnadura moral, poseedores de un vasto mundo interior y de conciencia.
Fue un escritor sólido, coherente desde lo ideológico y comprometido con las luchas políticas, sobre todo en los 70. La suya es una escritura metafórica, velada, fragmentaria. Pasa de una argumentación a otra, utiliza el erotismo para mostrar los juegos de dominador-dominado y la perversidad de las relaciones amorosas y políticas, siempre sin rozar la pornografía. Todo con un lenguaje que adquiere rasgos poéticos, marcado por una preocupación: que aparezca la magia en la escritura.