Basta que uno lo haga para que otros vayan plegándose hasta lograr un estruendo desagradable. En los embotellamientos, hay conductores -de ambos sexos- que complementan su irascibilidad tocando la bocina a veces con cierta ferocidad, como si el semáforo se fuera a poner en verde automáticamente o el vehículo de adelante hacerse a un costado o ser tragado por la tierra ante el reclamo sonoro.

Vivir en las calles céntricas por donde circulan los ómnibus y donde hay colegios puede resultar un sufrimiento constante para los oídos y la mente en algunos horarios. Por ejemplo, en la Virgen de la Merced al 300, a las siete, comienzan a llegar los autos y transportes para dejar los chicos a un colegio y se inicia el concierto de bocinas, al que se suman los colectivos que tienen paradas en esa cuadra. El tumulto se produce a lo largo de 30 minutos. Idéntica situación se repite a las 13 y a las 18. Quienes viven en la calle Monteagudo, entre 24 de Septiembre y Santiago del Estero, o en la General Paz, entre Jujuy y Monteagudo, o en diferentes puntos del centro donde hay una gran circulación de vehículos, se producen estas agresiones auditivas.

La Organización Mundial de la Salud señala que lo máximo que puede soportar un ser humano en materia de ruidos son 70 decibeles (dB). A partir de allí y hasta los 80, pueden producirse daños físicos y emocionales. Por ejemplo, 90 dB es el sonido de las sirenas de ambulancias; 100 dB produce el motor de un ómnibus en mal estado al frenar, y el martillo mecánico; 110 dB soporta quien baila en un boliche o los que emite una moto; 120 dB generan los parlantes traseros de un automóvil a alto volumen; 130 dB produce un trueno, a 600 metros a la redonda y 140 dB produce un jet antes de despegar.

Hace medio siglo, en nuestra ciudad que aún no tenía el enorme parque automotor actual, las autoridades pensaron en la importancia de cuidar la salud del ciudadano. En diciembre de 1966, en la intendencia de Roberto Avellaneda, entró en vigencia la ordenanza N° 661 sobre ruidos molestos. En el artículo 5° se prohibía el toque de bocina durante las 24 horas y esta sólo se justificaba en forma excepcional para evitar accidentes; se exceptuaba a ambulancias, bomberos y la policía que en casos de urgencias podían usar la sirena moderadamente. La iniciativa que también se refería a otros ruidos molestos, se respetó durante varios años hasta que poco a poco la costumbre se fue relajando. En 1978, volvió a prescribirse la prohibición de ruidos innecesarios o excesivos originados por vehículos. En los años ‘90, los bocinazos invadieron la ciudad. En julio de 1996, la Municipalidad recordó que seguía vigente la ordenanza 266/78.

Algo concreto debería hacerse en este problema; por ejemplo, podrían trazarse mapas de ruidos de las zonas más conflictivas y actuar en consecuencia, realizando un monitoreo en forma permanente. En otras ciudades se reduce también el ruido aplicando multas severas. Sería muy fácil para los inspectores municipales porque podrían sancionar in situ a los conductores en un atolladero porque estos no pueden moverse.

Tocar bocina en forma innecesaria, además de no solucionar nada, significa faltarle el respeto al prójimo. Hace 50 años, las autoridades repararon en el daño a la salud que ocasionaban los ruidos excesivos y tomaron medidas, tal vez porque no eran sordos a las necesidades de la ciudadanía.