Pueden ensayarse mil metáforas, pero las palabras tienen un límite. Por ejemplo, para describir la voz de Leonard Cohen, el cadencioso fraseo con el que construía sus canciones y leía sus poemas. Es una experiencia netamente auditiva, felizmente preservada en multitud de grabaciones.

“Conocí una mujer hace tiempo/de pelo tan negro como el negro puede ser./¿Eres una maestra del corazón?/Suavemente me contestó que no”. (“Teachers”)

Hay tanto misterio en la vida de Leonard Cohen que su muerte no podía prescindir de ese velo. Entre el último suspiro y el anuncio de la noticia pasaron tres días. Cohen en estado puro.

“Si me rastrearas alguna vez/me rendiría ahí mismo/y te dejaría un hombre quebrado/al que te enseñaría a reparar”. (“You know who I am”)

Novelista, poeta, dibujante, pensador y crooner por excelencia, Cohen conforma una santísima trinidad de la poesía urbana con Lou Reed y Tom Waits. Angustiadas voces de la desolación, sus canciones caminan por el lado oscuro de la condición humana. Ian Curtis pudo haber integrado este grupo, pero su partida fue prematura en exceso. Cohen se apagó a los 82 años, Reed se fue a los 71. Waits queda en la trinchera.

“Si, y aquí, justo aquí/entre la luz de la luna y el carril/entre el túnel y el tren/entre la víctima y su marca/ una y otra vez/el amor te llama por tu nombre”. (“Love calls you by your name”)

Hablando de héroes malogrados, ahí está Jeff Buckley, cuya versión del “Hallelujah” de Cohen es una experiencia de fascinante espiritualidad rockera. La influencia desplegada durante medio siglo por las letras y el estilo de Cohen son un activo artístico al que le queda chico el concepto de legado.

“¿Es verdad que nos traicionaste? La respuesta es sí./Entonces leeme la lista de mis crímenes/yo pedirá la clemencia que amás denegar./Y todas las damas van húmedas, y el juez no tiene opción/un cantante debe morir por la mentira en su voz”. (“A singer must die”)

Antes que nada está el poeta, al que el Nobel que le dieron a Bob Dylan le hubiera calzado con idéntica justicia. El lector de Walt Whitman que llamó Lorca a su hija en homenaje al genio español. La belleza que emana de los seres golpeados y desesperanzados a los que Cohen les escribió y les cantó radica en esos versos.

“Sí, llamé las huellas de mis dedos toda la noche/pero no parece importarles./La última vez que las vi/estaban hojeando entre tu pelo./Huellas, huellas,/¿dónde están ahora las huellas de mis dedos?” (“Huellas”)

Andy Warhol, John Lissauer, Phil Spector, Laura Branigan, Sharon Robinson, Lewis Furey, Anjani Thomas, Philip Glass, Patrick Leonard... Los artistas que cruzaron la vida de Cohen se acumulan, al igual que su presencia en el cine, en la música, en la literatura. Hay pedacitos de Cohen esparcidos por el universo de la cultura popular contemporánea, como un polvo de estrellas indeleble y omnipresente.

“La viste bañarse en el tejado/su belleza, y el brillo de la luna, te superaron/Te ató a la silla de su cocina,/rompió tu trono y cortó tu pelo/y de tus labios arrancó un aleluya”. (“Hallelujah”)

Y está el Cohen-personaje, delineado por sombreros y sacos oscuros. El hombre que se recluyó en una isla griega para escribir sus novelas. El artista estafado por su representante que desapareció durante 13 años de la escena para volver con un deslumbrante libro de poemas (“Book of longing”). El amante, el monje budista, el demócrata, el padre-abuelo, el trotamundos, el bicho de escenario,

“Si querés un amante haré todo lo que me pidas./Si querés otro tipo de amor usaré una máscara para vos./Si querés un compañero tomá mi mano./O incluso si querés golpearme cuando estás enojada/aquí estoy, soy tu hombre”. (“I’m your man”)

“Hay una grieta en todo, así es como entra la luz”. “El amor no tiene cura, pero es la única cura para todos los males”. “No hay que ser pesimista ni tener esperanza”. Cosas como esas decía Leonard Cohen.

“Puede que los días no sean justos, siempre/(no te preocupes, nena)./Ahí es cuando voy a estar, siempre,/no por una hora,/no por un día,/no por un año, sino para siempre”. (“Always”)

Entonces, pensado en el final, se permitió despedirse a su manera. Con poética dignidad.

“No tengo futuro, sé que mis días son pocos./El presente no es tan agradable,/sólo un montón de cosas que hacer./Pensé que el pasado me sostendría/pero la oscuridad lo consumió”. (“The darkness”)

“No hay razones para lo que me convertí./Tengo estas excusas, están cansadas y enclenques./No necesito perdón, no, no no/no hay nadie a quien culpar./Me levanto de la mesa/estoy fuera del juego” (“Leaving the table”)