Causó revuelo el documento presentado ayer en el Vaticano, titulado “Para resucitar con Cristo”. Si bien está destinado a los obispos, atañe directamente a la vida de toda la gente: la Congregación para la Doctrina de la Fe prohibió a los fieles católicos conservar las cenizas de los deudos en la casa o esparcirlas por la naturaleza, informó Télam. Tampoco está permitido que se dividan las cenizas de un difunto entre los diferentes núcleos familiares.

Uno de los responsables del texto, el cardenal Gerhard Müller, prefecto de la congregación, reconoció que la elección de la cremación, respecto del entierro, ha crecido en muchos países y es previsible que en un futuro próximo sea una práctica común. Por ese motivo, la congregación ha decidido expedirse acerca de la sepultura de los difuntos y la conservación de las cenizas en caso de cremación. “La Iglesia no ve razones doctrinales para evitar esta práctica, ya que la cremación del cadáver no toca el alma y no impide a la omnipotencia divina resucitar el cuerpo”, agrega.

El documento, que el papa Francisco había firmado el 18 de marzo pero fue dado a conocer ayer, ratifica la preferencia de la Iglesia por la sepultura de los cuerpos. Claro que también reconoce la existencia de razones higiénicas, sociales o económicas que pueden motivar la opción de la cremación. Lo que no acepta es que está práctica sea elegida por razones contrarias a la doctrina cristiana.

Lo que no se puede

Según explica el sitio oficial vaticano (http://press.vatican.va), lo que establece la instrucción conocida ayer es que las cenizas resultantes de la cremación solo pueden ser conservadas en un lugar sagrado, para “ayudar a reducir el riesgo de sustraer a los difuntos de la oración y del recuerdo de los familiares y de la comunidad cristiana”. Además, se trata de evitar la posibilidad de olvido, falta de respeto y malos tratos, o acciones inconvenientes o supersticiosas, explica el texto.

También influyen motivaciones dogmáticas: “evitar cualquier malentendido panteísta, naturalista o nihilista”. Por ese motivo -añade- “no será permitida la dispersión de las cenizas en el aire, en la tierra o en el agua o en cualquier otra forma”.

Tampoco está permitida la conservación de las cenizas en el hogar. Solo será posible en lo que el texto describe como “graves y excepcionales circunstancias, dependiendo de las condiciones culturales de carácter local”, para lo cual hará falta autorización de la Conferencia Episcopal (o del Sínodo de los Obispos, en el caso de las Iglesias Orientales).

“Se trata de promover la praxis de sepultar los cuerpos -o sus cenizas- en un lugar apropiado, donde se los venere con respeto, y se puedan identificar, y ante los cuales se pueda rezar tanto en forma privada como pública, como ser, en una misa de difuntos”, dice el padre Guillermo Cassone, de la casa de Schönstadt, de Yerba Buena.

“Es de esperar que esta instrucción contribuya a que los fieles cristianos tomen mayor conciencia de su dignidad como ‘hijos de Dios’. Estamos frente a un nuevo desafío para la evangelización de la muerte -advirtió el cardenal Müller-. La aceptación de ser criaturas no destinadas a la desaparición requiere que se reconozca a Dios como origen y destino de la existencia humana”.

Significado simbólico

El documento hace hincapié en que la sepultura de los cuerpos en cementerios u otros lugares sagrados favorece el recuerdo y la oración por los difuntos por parte de familiares y de la comunidad cristiana. “Mediante la sepultura (...), la tradición cristiana ha custodiado la comunión entre los vivos y los muertos, y se ha opuesto a la tendencia a ocultar o privatizar el evento de la muerte y el significado que tiene para los cristianos”, destaca.

Por su parte, el padre Serge-Thomas Bonino, secretario de la Comisión Teológica Internacional y otro de los responsables del documento, destacó que la práctica de la sepultura de los cuerpos, debido a su alto significado antropológico y simbólico, está en sintonía, por una parte, con el misterio de la resurrección y, por otro con la enseñanza del cristianismo sobre la dignidad del cuerpo humano.

“Para la fe cristiana, el cuerpo no es toda la persona, pero es una parte integral, esencial, de su identidad. De hecho, el cuerpo es como el sacramento del alma que se manifiesta en él y por él”, destaca el presbítero.