El barrio es tan pequeño que parece que cabe en la palma de la mano. Apenas una manzana es todo el territorio. Aquí los vecinos se conocen todos. Sus límites son avenida Colón al 2200, Granaderos de San Martín, Baltasar Aguirre y Olleros. Son un puñado de casas, que fueron construidas todas iguales, pero con el paso del tiempo cambiaron un poco la fisonomía por las refacciones precarias que hicieron sus propietarios.

Es tan pequeño que podría enumerarse una por una las 23 casas. Pero este barrio sorprende a los foráneos no tanto por su pequeña geografía, sino por su nombre. Lo bautizaron Evangelina Salazar y así quedó registrado para siempre. Todo comenzó en marzo de 1995, en la última etapa de la gestión del entonces gobernador, Ramón Bautista Ortega, cuando su esposa reunió a un grupo de vecinos y les anunció que había 23 casas modestas que estaban siendo construidas por el Instituto Provincial de la Vivienda. Les dijo que cada familia ya estaba registrada y que se les había asignado el número de la casa para cada uno. En esa reunión, les aclaró que todavía faltaban algunas terminaciones en las construcciones.

El tiempo pasó y llegó octubre, que era el mes en que terminaba el mandato de Palito. Entonces, una semana antes de que su esposo entregara el bastón de mando a Antonio Bussi, la propia Evangelina Salazar fue al barrio (aún estaba sin nombre) y les entregó las llaves de las viviendas. Fue un acto sencillo sin tanto protocolo, pero con tanta emoción que ningún vecino lo olvidaría jamás. Sin embargo, todavía no estaban listas para ser habitadas. Corrían contrarreloj por el final del mandato y la ansiedad de los vecinos aumentaba de manera proporcional.

Una semana después, los futuros propietarios no aguantaron más. Mientras esperaban ellos seguían viviendo al costado de las vías del ferrocarril, en la calle Marco Avellaneda al 1.000.

Entonces llegó el domingo 29 de octubre de 1995, Ortega entregaba el poder a su sucesor Bussi. Esa ceremonia se hacía en el teatro San Martín, a pocas cuadras de donde vivían los vecinos al costado de las vías. Mientras se producía el traspaso del mando, los vecinos no aguantaron más y gestionaron un camión para trasladar lo poco que tenían hasta su nuevo barrio. Temían que les usurparan las casas, al no estar ellos viviendo y sin Ortega en el Gobierno sentían más preocupación. Las 23 familias designaron a los más fornidos para cargar el camión con unos cuantos muebles y llegar lo antes posible a la avenida Colón al 2.200. Tuvieron tanta mala suerte que, a mitad de camino, se apagó el motor del camión y tuvieron que esperar al costado de la avenida, cerca de tres horas, hasta que lograron hacerlo arrancar otra vez. Una de las vecinas que recuerda aquellos tiempos como si fuese ayer es María del Valle More. La señora de 79 años dice que es la mayor de todas en el barrio.

“Nosotros somos muy agradecidos de la señora Evangelina Salazar -dice-, gracias a ella tenemos una casa y cuando ella ha hecho la entrega de las llaves era una mujer muy buena, se le notaba en la cara”, agrega.

Cuando los vecinos tomaron posesión de las viviendas, los baños no estaban terminados. De manera que les tocó a ellos completar la obra. “Aquí hay gente muy próspera; mire ya estamos por cumplir 21 años y esto ha crecido mucho. Antes -recuerda- todo era matorrales nomás”.

En el barrio Evangelina Salazar no hay gas natural. La red de Gasnor pasa por el lugar, pero los vecinos no tienen dinero suficiente para hacer la conexión domiciliaria. A pesar de ello, se dan mañas para resolver el tema. En la esquina de avenida Colón al 2.200, los vecinos construyeron un comedor comunitario. Actualmente, cada mediodía recibe entre 80 y 100 niños. Esa cifra es tan alta, porque asisten chicos de otros barrios cercanos como 11 de Marzo, Ejército Argentino, San Cristóbal, entre otros.

Elsa González es una de las cocineras del comedor. La mayoría son mujeres solidarias del barrio que colaboran con la atención de los niños. Como no tienen gas natural, ellas encienden el fuego con leña seca. “Se viene el verano y con el calor el fuego es peligroso para los chicos -advierte Elsa-, y cuando llueve ponemos una chapa en forma de techo para que no se apague el fuego”, agrega mientras supervisa una olla gigante en la que preparan un guiso de arroz con lentejas. A su lado, Melina Medina interrumpe la charla para decir que no tienen ningún problema en aceptar donaciones. Incluso precisa que si alguien quiere regalarles la conexión de gas natural y una cocina industrial puede elegir entre esos dos, sin problemas. “Se rompió el horno ecológico”, aclara.

En un rincón del patio, donde los chicos juegan para hacer tiempo hasta que les sirvan la comida, Gerónimo Laureano Córdoba, de 68 años, mira y escucha en silencio. Después de un rato se anima hablar y quiere opinar sobre el nombre del barrio. “Evangelina Salazar se llama el barrio, porque ella nos sacó de la vía y nos trajo aquí una semana antes de que se vaya Palito”, afirma.

María Antonia Pachilla es la encargada del comedor. Ella va y viene de un lado al otro. Supervisa todos los movimientos. “Ahora estamos construyendo los baños, que no teníamos. De una cooperativa nos han donado los bloques y ya hemos empezado” detalla.

La línea 17 pasa por el barrio, pero esperar el colectivo es un problema serio. Los asaltos ocurren a toda hora sobre la avenida Colón. “Cuando una mujer tiene que ir a la parada espera de la casa de la esquina hasta que aparezca el ómnibus”, explica. Pasado el mediodía, el aroma del guiso envuelve todo el patio. Dos mujeres levantan la olla negra para sacarla del fuego. Con esfuerzo la llevan hasta el salón del comedor para luego servir la comida a los chicos. El griterío no cesa. Todos se sientan sobre tablones y no paran de hablar, reír, gritar. En ese momento, vuelve la encargada del comedor. “Mire -dice la mujer- no sé si me conviene que pongan la conexión al gas natural, porque el gas está carísimo. Prefiero llevarme bien con la garrafa”, agrega mientras el resto ríe a carcajadas. A pesar de las penurias cotidianas, mientras pueden, a casi todo se lo toman con buen humor. Así viven en el barrio más pequeño de todo Tucumán.