La lepra de la muerte
pbro. marcelo barrionuevo
San Lucas nos cuenta cómo Jesús, en su último viaje a Jerusalén, pasaba entre Samaría y Galilea. Y al entrar en una aldea le salieron al encuentro 10 leprosos que se detuvieron a lo lejos, pues la ley prohibía a estos enfermos acercarse a las gentes. En el grupo va un samaritano, a pesar de que no había trato entre judíos y samaritanos. La desgracia les ha unido, como ocurre en tantas ocasiones en la vida. Y levantando la voz, pues están lejos, dirigen a Jesús una petición, llena de respeto, que llega directamente a su corazón: “Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros”. Han acudido a su misericordia, y Cristo se compadece y les manda ir a mostrarse a los sacerdotes, como estaba preceptuado en la Ley, para que certificaran su curación. Se encaminaron donde les había indicado el Señor, como si ya estuvieran sanos; a pesar de que todavía no lo estaban, obedecieron. Y por su fe y docilidad, se vieron libres de la enfermedad. 
Este Evangelio nos debe llevar a meditar lo que hemos vivido y experimentado a través de la muerte de un sacerdote como de tantos que sufren en el mundo la lepra de la injusticia y la marginalidad. 
Siempre la muerte produce dolor y rabia, ya sea personal o con la propia existencia. Nos preguntamos por qué y de qué manera. Es un rechazo existencial desde el fondo del corazón. La lepra es el símbolo de las miserias e injusticias ocultas de nuestra sociedad moderna: la lepra de la pobreza, de la droga, de la guerra, de la injusticia, de la muerte en tantos jóvenes, la lepra de la muerte existencial a querer vivir y seguir adelante. 
Para los cristianos la muerte también es signo que puede producir vida, Cristo murió y resucitó. Por ello hemos de producir semillas de nueva vida ante las adversidades que se presentan. La muerte no nos debe atomizar, nos debe hacer crecer para regenerar nuestras vidas e instituciones. Esa renovación debe venir como fruto de la oración, del perdón y de la unión entre nosotros. De nada vale enojarse con la existencia y buscar culpables sino reaccionamos a un cambio de mejora y crecimiento. Para ello es necesaria la búsqueda de la unión en el cambio y la mejora de nuestras vidas. El diablo siempre desune, siempre busca muerte que produzca muerte; los cristianos debemos luchar por la vida para producir vida. Y si la muerte de un hermano sacerdote produce dolor, que esa muerte haga regenerar nuevas semillas de vida para la Iglesia y la sociedad.

San Lucas nos cuenta cómo Jesús, en su último viaje a Jerusalén, pasaba entre Samaría y Galilea. Y al entrar en una aldea le salieron al encuentro 10 leprosos que se detuvieron a lo lejos, pues la ley prohibía a estos enfermos acercarse a las gentes. En el grupo va un samaritano, a pesar de que no había trato entre judíos y samaritanos.

La desgracia les ha unido, como ocurre en tantas ocasiones en la vida. Y levantando la voz, pues están lejos, dirigen a Jesús una petición, llena de respeto, que llega directamente a su corazón: “Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros”. Han acudido a su misericordia, y Cristo se compadece y les manda ir a mostrarse a los sacerdotes, como estaba preceptuado en la Ley, para que certificaran su curación. Se encaminaron donde les había indicado el Señor, como si ya estuvieran sanos; a pesar de que todavía no lo estaban, obedecieron. Y por su fe y docilidad, se vieron libres de la enfermedad. 

Este Evangelio nos debe llevar a meditar lo que hemos vivido y experimentado a través de la muerte de un sacerdote como de tantos que sufren en el mundo la lepra de la injusticia y la marginalidad. 
Siempre la muerte produce dolor y rabia, ya sea personal o con la propia existencia. Nos preguntamos por qué y de qué manera. Es un rechazo existencial desde el fondo del corazón. La lepra es el símbolo de las miserias e injusticias ocultas de nuestra sociedad moderna: la lepra de la pobreza, de la droga, de la guerra, de la injusticia, de la muerte en tantos jóvenes, la lepra de la muerte existencial a querer vivir y seguir adelante. 

Para los cristianos la muerte también es signo que puede producir vida, Cristo murió y resucitó. Por ello hemos de producir semillas de nueva vida ante las adversidades que se presentan. La muerte no nos debe atomizar, nos debe hacer crecer para regenerar nuestras vidas e instituciones. Esa renovación debe venir como fruto de la oración, del perdón y de la unión entre nosotros. De nada vale enojarse con la existencia y buscar culpables sino reaccionamos a un cambio de mejora y crecimiento. Para ello es necesaria la búsqueda de la unión en el cambio y la mejora de nuestras vidas.

El diablo siempre desune, siempre busca muerte que produzca muerte; los cristianos debemos luchar por la vida para producir vida. Y si la muerte de un hermano sacerdote produce dolor, que esa muerte haga regenerar nuevas semillas de vida para la Iglesia y la sociedad.