Hace 400 años, en el mismo año que Cervantes y Shakespeare, alejado del Perú muere el Inca Garcilaso de la a Vega el primer cronista mestizo, nuestro primer escritor americano. Fue una figura trágica, que intentó escribir una contra-historia, que recogiera “las antiguallas” de la cultura de su madre, la palla Isabel Chimpu Inca. Consciente de la importancia de la escritura y de la necesidad de rescatar y traducir la cultura andina, emplea sus libros para afirmar su linaje. En La Florida, el Inca manifiesta “me pareció cosa indigna y de mucha lástima que obras tan heroicas que en el mundo han pasado queden en perpetuo olvido...”.

Hay una clara división entre quien relata y quien escribe. El imperativo de “tener el discurso” le permite inscribir las historias. En Los Comentarios Reales reflexiona “ mejor que se sepa por las propias palabras con las que los Incas lo cuentan, que no por la de otros autores extraños”. Sus principales fuentes son las experiencias de los testigos y su propia vida: “me pareció que la mejor traza y el camino más llano, era contar lo que en mis niñeces oí muchas veces a mi madre y a sus hermanos y tíos, y a otros mayores, acerca de este origen y principio”.

Garcilaso detalla el diálogo que sostiene con el tío, el anciano narrador: “Inca, tío, pues no hay escritura entre vosotros que es la que guarda la memoria de las cosas pasadas, ¿qué noticias tenéis del origen y principio de nuestros reyes?”. El cronista mestizo registra los relatos, se convierte en mediador que restituye el vacío de la voz quechua. La palabra original queda guardada en el corazón, en quechua songo, la misma palabra que designa la memoria. Garcilaso es maestro en ambas lenguas, la del padre y la madre. Confiesa, con sentido crítico, sus imperfecciones y limitaciones: “ yo he procurado traducir fielmente de mi lengua materna que es la del Inca, en la ajena, que es la castellana””.

Sobrino nieto del escritor renacentista Garcilaso de la Vega, era un escritor disidente, sus libros fueron prohibidos en las Indias. En Los Comentarios Reales escribe que su casa era “la ciudad del Cuzco, que es otra Roma en ese imperio”. Se ve a sí mismo como heredero del pasado esplendoroso del incario, un mundo civilizado a diferencia del resto de los pueblos andinos.

Si tuvo alguna nostalgia, no era la del mundo de la madre que no pudo conocer porque nació cuando aquel se estaba muriendo, era nostalgia de lo que le contaron, de las fábulas que escuchó. Su realidad era la del padre, los caballos y las armas, la escuela donde aprendió a leer y a escribir en castellano, la del hijo de un noble español. Viaja a España a buscar un reconocimiento que no recibirá, será enterrado en la Capilla de las Ánimas de la Catedral de Córdoba donde su hijo es sacristán. Hoy sus cenizas descansan en el Cusco.

Los Comentarios Reales como discurso político son una condena de la violencia conquistadora y como discurso literario, la traducción poética del mundo materno en la lengua paterna que vive la hora de Cervantes y Góngora. Su voz proclama estruendosamente “soy indio” al mismo tiempo que admira la cultura y la historia española. Apuesta a la utopía en un intento de apropiarse de la historia y conciliar mundos que hace explícita su mirada dual. Coincidimos con Enrique Pupo Walker en que ”escuchar la voz del Inca Garcilaso es escuchar la voz del primer americano con todo lo que esa aseveración implica. Si el discurso de la identidad nace en la violencia por más esfuerzos que haga el descendiente del capitán español y la princesa indígena no puede callar la sangre que hay en su memoria y el conflicto representado en su cuerpo”.

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Carmen Perilli -

Profesora de Literatura

Hispanoamericana de la UNT.