Pbro. Marcelo Barrionuevo
“Auméntanos la fe”. Hacemos nuestra esta petición de los discípulos de Jesús porque hoy muchas cosas que invitan al pesimismo. La desconfianza hacia todo programa político, social, económico, jurídico... se va extendiendo en la conciencia de muchos; y un sordo escepticismo, incluso cierta indiferencia, se apodera de mucha gente, en especial de jóvenes. Nos falta fe, y aunque la grandiosidad del Universo y el prodigio de la vida nos hablan constantemente de Dios -“lo invisible de Él es conocido desde la creación del mundo mediante las criaturas” (Rm 1,20)-, la consternación por la presencia abrumadora del mal y el silencio de Dios llevan a muchos a preguntarse si existe y se ocupa de los hombres. No hemos de perder confianza. ¿Cómo lograr tener más fe? Es claro que, aunque la fe tiene un componente racional innegable, sólo se llega a creer si se quiere. “Nadie cree sino queriendo, libremente. La unanimidad de las opiniones sobre este punto es asombrosa -dice J. Pieper- y la coincidencia alcanza desde San Agustín y Santo Tomás hasta Kierkegaard, Newman y André Gide”. Todos los argumentos a favor de la fe se estrellan contra una voluntad mal dispuesta. “Sólo se puede ver correctamente con el corazón; lo esencial permanece invisible para el ojo”, dice A. Saint-Exupéry en El Principito. Se trata de que un frío análisis racional no convierta el hombre en máquina ciega y sorda, inhumana. La formula más concisa de esta aseveración es de J. H. Newman: “creemos porque amamos”, escribe.
Hay que obrar desde la fe, y “la fe viene por el oído”, dice S. Pablo (Rm 10,17). En consecuencia, alimentamos y hacemos crecer la fe si escuchamos la palabra de Dios atendiendo en la Misa, leemos el Evangelio y algún buen libro espiritual...
Se trata de confiar en que podemos mover montañas, como dice el Señor; remover, los obstáculos del mal y decidirnos a construir el bien. Mover y remover la “pobreza” es posible, es necesario. Pero para ello tenemos que superar la comodidad de una fe aletargada, y generar una fe activa y transformadora. Cuando el Señor habla de una fe que crece como granito de mostaza está planteando la necesidad de cuidarla y hacerla fructificar. Es posible crecer en la fe y es más posible hacer una hermosa revolución desde ella.