Sus pulsiones van de la mano. Ella se rebela contra el rigor y las cenizas -en el caso de Tucumán- del invierno. Renueva con flores, aromas y colores el vientre de la tierra. “Podrán cortar todas las flores, pero no detendrán la primavera”, decía el poeta chileno Pablo Neruda. Ellos son pura ebullición, se resisten a aceptar las normas y las imposiciones de los adultos, desafían a la autoridad, creen saberlo todo. La juventud que es la etapa en la que se alimentan los sueños, los proyectos de lo que se quiere ser en el futuro o de la profesión u oficio que se ha de elegir. Las contradicciones, las idas y las vueltas suelen ser constantes, tal vez porque los jóvenes saben lo que no quieren, antes de saber lo que quieren, al decir de Jean Cocteau. Con humor, el escritor estadounidense Mark Twain afirmaba: “es mejor ser un joven abejorro que una vieja ave del paraíso”.
El Día del Estudiante coincide en nuestro país con el de la Primavera y el día de repatriación de los restos de Domingo F. Sarmiento, que murió en Asunción del Paraguay en el 11 de septiembre de 1888. Su origen se remonta a la propuesta del entonces estudiante y luego arqueólogo Salvador Debenedetti en 1902, cuando presidía el Centro de Estudiantes de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Su iniciativa de declarar el 21 de septiembre como Día del Estudiante fue aceptada en esa facultad y luego se extendió a todo el país.
A menudo los jóvenes son víctimas de las críticas de los mayores. Se los tilda de indisciplinados, ociosos, irreverentes, irresponsables, que buscan los atajos del menor esfuerzo, aunque estos reproches no son propios de estos tiempos. Ya en la antigua Grecia, el filósofo Sócrates afirmaba: “los jóvenes hoy en día son unos tiranos. Contradicen a sus padres, devoran su comida, y les faltan el respeto a sus maestros”.
Por cierto, la mirada de ellos suele ser diferente. “Me enfurece escuchar a gente de edad pregonar que los jóvenes de hoy están perdidos, que son libertinos, alcohólicos y otras tantas estupideces re-negativas. Pero estoy convencida de que esas personas se olvidaron de que alguna vez tuvieron nuestra edad e incluso hasta la pasaron peor que nosotros, en lo referente a la comunicación y a la comprensión con sus padres y su familia”, decía una chica de 15 años en un suplemento de Actualidad de nuestro diario, donde los adolescentes expresaban su inquietud por el futuro laboral, la pobreza, la falta de respeto por los otros, la discriminación y principalmente la falta de diálogo.
Por otro lado, los jóvenes son las víctimas de un bombardeo permanente de productos de consumo y de modas superficiales que diseñan justamente los adultos. Los chicos están expuestos a los flagelos de la sociedad, que van desde la soledad hasta las adicciones.
El adulto vive, en general, preocupado en la obtención del dinero para lograr el bienestar familiar, y descuida el contacto con sus hijos. La calidad de vida no debería medirse por el aspecto material, sino por el humano, por el afecto, que es la base de las relaciones entre las personas. En lugar de limitarse a criticarlos, hay que ayudarlos a crecer escuchándolos, orientándolos, enseñándoles con autoridad, no con autoritarismo, dialogando, que las equivocaciones forman parte del crecimiento. “La juventud necesita creerse, a priori, superior. Claro que se equivoca, pero este es precisamente el gran derecho de la juventud”, sostenía el filósofo español José Ortega y Gasset.