Pablo Winokur - Politólogo, periodista

5000 judíos en la Casa Histórica de Tucumán (Casita de Tucumán, para los porteños), terminaron de escribir un nuevo Sefer Torá (Biblia), en medio de cánticos tradicionales de la cultura hebrea.

El último fin de semana en Tucumán, en el marco de los festejos del Bicentenario de la Independencia Argentina miles de argentinos judíos de todo el país viajaron para presenciar un evento con una altísima simbología: la mayoría de los que estaban ahí fueron a un viaje de camaradería y no pensaron en la magnitud e impacto que tendría el hecho.

La política no es sólo administrar, gestionar y construir. La política también es construcción de sentido. Se construyó sentido cuando un candidato a Presidente recitaba el preámbulo de la Constitución como parte de su campaña; se construyó sentido cuando un Presidente ordenó bajar el cuadro de un dictador de una escuela militar; se construyó sentido cuando Nelson Mandela decidió unir a Sudáfrica a través del Rugby; o cuando el Papa Francisco rezó en el Muro de los Lamentos junto a un rabino y a un dirigente islámico.

Por eso, el gesto del 10 de septiembre en Tucumán toma una importancia que supera al hecho en sí. El acto se convierte en sentido y trasciende el tiempo que duró. ¿Qué significó realmente lo que pasó? En el mismo lugar donde hace 200 años se desarrolló el hecho fundante de la Argentina se concluyó una nueva escritura del libro que fue fundante para el pueblo judío.

Vale la aclaración para quienes no lo saben. La Torá (Bíblia, Antiguo Testamento) en su uso ritual es leída de unos papiros realizados con cuero de vaca, cosidos entre sí y enrollados. Todo el texto es escrito en hebreo antiguo a mano por un “sofer”, un artesano que se dedica justamente a eso. Como se trata de un texto sagrado, la escritura debe ser perfecta y no se pueden cometer errores. De ahí la complejidad de la tarea que llevó más de un año.

Las 304.805 letras de esta Torá, que quedará como parte del legado histórico para la comunidad judía tucumana, no fueron escritas en un solo lugar ni en la casa de un artesano. Se viajó por toda la Argentina, y en cada provincia se fueron dibujando cada una de las letras. Otra vez la construcción de sentido: cada provincia argentina contribuyendo a la re-escritura de un texto milenario. Y todo se hizo en el marco de un trabajo conjunto entre la comunidad judía local y el Gobierno de Tucumán, que entendió la importancia simbólica de lo que se estaba construyendo.

Ese sábado, en Tucumán, se terminó de escribir ese sefer Torá. Y miles de argentinos judíos estuvimos ahí: había argentinos judíos de todas las provincias y de todas las edades: desde abuelos hasta 1000 jóvenes y adolescentes; y nadie dejó de estar por motivos económicos.

En ese instante en que se dibujó la última letra pudimos ver confluir sin fundirse en ese mismo espacio y tiempo las dos identidades que amamos. Mientras muchas veces nos pidieron elegir entre uno y otro (“¿qué sos más judío o argentino?”), en este bicentenario, en esa Casa Histórica de Tucumán fundante de la Argentina pudimos recrear el texto sagrado que también fue fundante para el pueblo judío. Dos identidades, dos momentos históricos fundantes y un presente que permite pensar un futuro donde no se nos niegue ninguna de nuestras identidades.

Porque en definitiva el ser argentino está conformado por la suma de las identidades de los distintos pueblos que decidieron venir a vivir al país. Suma que no es fusión ni crisol, que no excluye sino que agrega y enriquece.

La escritura de la Torá se finalizó cantado una bendición tradicional llamada “shejeianu”, que es el agradecimiento por haber podido llegar a vivir ese momento. Y sólo resta decir Amén, “que así sea”.