Gracias a la ley que se aprobó la semana pasada, el trabajo del payamédico será reconocido como tal y quien lo ejerza tendrá el derecho de trabajar en hospitales públicos y, de forma optativa para la institución, en privados. Esto alegró a quienes vienen realizando este trabajo desde hace años en los hospitales tucumanos.
Es un trabajo muy grande, pero que a veces parece pequeño. Un trabajo que precisa de amor puro, vocación, empatía y, sobre todo, una gran fortaleza. Todo eso es el payaterapeuta; en simples palabras: la persona que se dedica a darle una vida mejor a aquel que no está pasando un buen momento, tal como afirman ellos.
El grupo de payaterapeutas esperaba a LA GACETA en el tercer piso del Centro de Salud, donde funciona el sector oncológico, lugar donde se vive la verdad más cruda del Hospital. “Los pacientes sabían que iban a venir así que se arreglaron para saludarlos”, afirmó Alejandra Acosta, fundadora del grupo de payaterapeutas tucumanos.
Todos listos, disfrazados cada uno del personaje que interpretan, los “payas” se dirigieron hasta la sala tres. Abrieron la puerta y entraron -como dicen ellos- a paso lunar. Uno piensa que lo entiende todo hasta que se enfrenta con esta realidad, hasta que los ve a ellos trabajar.
“Soy el loco que cree que la risa lo cura todo”, decía Robin Williams al interpretar a Patch Adams, el médico estadounidense que creó a los payaterapeutas.
La sala es blanca como la nieve y en el techo están pintados peces de colores. En la habitación había cuatro pacientes, cada uno de ellos acompañado por un familiar. Contando de izquierda a derecha estaban Gerardo, Félix, César y Don Genaro. Recién terminaban de comer y estaban sentados esperando que los “payas” aparecieran.
Entre risas, tanto los pacientes como los familiares participaron de las divertidas intervenciones que hizo el grupo. Cantaron, bailaron y actuaron dejando de lado, aunque sea por un momento, sus problemas. Hablaban del otro como si fueran amigos de toda la vida a pesar de que llevaban pocos días en ese lugar.
Al principio, estos pacientes no querían hablar con LA GACETA pero, convencidos finalmente, dos de ellos lo hicieron. El primero fue César, quien estaba acompañado por su hija. Como un profesional, aguantó pacientemente las pruebas de cámara y se animó a contar su historia.
“Vine por la enfermedad. Ahora me siento bien. Gracias a Dios estoy saliendo adelante”, expresó. Fue uno de los que más participó durante la intervención y de los que se rió sin parar. “Nunca pensé que esto era así. Una diversión para todos. Una felicidad”, opinó sobre el trabajo de los “payas”.
A dos camas de él estaba Gerardo. Se mostraba tímido al principio, pero, incentivado un poco por sus compañeros, se animó a hablar. “Estoy acá desde ayer a la mañana. Tengo una úlcera. No podía comer”, advirtió. En realidad, no era tanta la vergüenza que decía sentir, porque terminó cantando no una sino cuatro canciones. “Yo cantaba cuando pelaba cañas o tomaba vino”, contó riéndose.
“Cuando se vayan tienen que decir: porque he venido aquí estoy y como he venido me voy”, finalizó Gerardo.