En tolerancia, cero. Es la calificación que parece haberse ganado la clase dirigente, que camina a contramano de la definición elemental del concepto: respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias. La otra frase, sin la coma, “tolerancia cero” en materia de inseguridad no se verifica ya que el delito parece que le va ganando a la seguridad, en sensación y en víctimas. Una de las razones del fracaso o del poco éxito en esa intención puede ser, precisamente, la escasa o nula tolerancia de los políticos en atender las propuestas del adversario para ponerse de acuerdo.
Por diferencias que no son ideológicas ni políticas, se enfrentan en inocuas batallas orales y conceptuales por solo portar camisetas diferentes: oficialistas u opositores. Como vulgarmente se dice, se chicanean. No se animan a tender puentes ni siquiera a la hora de pensar en los beneficios que pueden aportar desde sus lugares de privilegio a la sociedad, no abandonan unos minutos el rol temporal de contrincantes. No se tienen paciencia o no saben hacerlo. Si hasta en proyectos de ley se pelean por la autoría en lugar de consensuar la mejor propuesta. Celos inauditos. No son todos, ni la mayoría, pero son demasiados los que deberían dar el ejemplo.
En cristinismo en el poder supo decir que “la patria es el otro”, pero en los modos de actuar ese otro distinto era una expresión de la antipatria si no coincidía con sus líneas de gestión. Con el recambio gubernamental se le rinde pleitesía al “nosotros”, pronombre encumbrado institucionalmente; sin embargo, el “otro” sigue presente hasta en el discurso de tono conciliador. La búsqueda del culpable de la crisis es constante, siempre es el otro. Las ideas de conjunto con posibles soluciones abarcativas a los dramas actuales nunca aparecen. Siempre el ellos y el nosotros para mantener la grieta. Es lo que hay. Si el bien común es la meta final de la política y de los políticos, por qué la intolerancia guía las acciones en un ámbito donde nadie puede arrojar la primera piedra. Un diálogo necesita de palabras, pero como concepto político, el diálogo se quedó sólo en palabras.
Los ejemplos del distanciamiento diferenciador sobran. Recientemente, en la Cámara de Diputados, el ministro del Interior presentó su propuesta de reforma electoral -el caballito de batalla del macrismo desde 2015-, y desde el kirchnerismo se le negó entidad y prioridad a la cuestión y se le demandó que atiendan las consecuencias de los tarifazos. Me traes un tema, te pongo otro. Cada uno con sus razones para imponer el suyo, pero siempre negándose a debatir las iniciativas. Encontronazos innecesarios. Ni se avanza en uno u otro sentido, con perjuicio para los terceros involucrados y que miran de lejos cómo actúan sus representantes. Se trata sólo de poner un poco de sentido común. Pero si cada grupo sobrevive y se justifica a expensas de la existencia necesaria y confrontativa con el otro, no habrá marcha adelante. Por eso Juntarnos es una canción y no una declaración de principios.
En Tucumán igual; en la Legislatura, mientras unos exigen que se atienda la seguridad, otros replican proponiendo que se discuta el desempleo. Y las dos son prioridades en la agenda social; pero esas cuestiones se exponen para enfrascarse en peleas que sirven para diferenciarse y decir yo no soy lo mismo. Es paradójico e inentendible que cuando los dos lados tienen razón en sus demandas no se pongan de acuerdo para consensuar acciones conjuntas. Si uno no quiere, dos no bailan. Y cuando bailan, a veces, uno tiene que seguir al otro en algunos compases.
Y eso que el fin es el mismo: que todos estén mejor. En tolerancia, cero. La otra, la tolerancia cero sólo queda como un slogan efectista pero imposible de concretar, no tanto por lo ambicioso y pretencioso de la propuesta, sino porque la inseguridad viene ganando la carrera. Desde que hay personas de 15 años que matan fríamente y a los que no se los puede castigar porque son inimputables, la sociedad está en peligro.
Tanto más cuando hay jueces que no respetan normas de conducta -como no pagar sus cuentas-, funcionarios que se enriquecen a la sombra de la acción estatal, empresarios que coimean para ganar licitaciones, y hasta gente que no respeta ni siquiera un semáforo. Lo que debería haber, más que ese otro slogan de campaña como el “pobreza cero”, es un plan nacional de “Corrupción cero”. Sin coma, y con rango constitucional, si hasta el acople lo tiene. ¿Será factible? Y, todos van a decir que sí; incluso hasta los corruptos.
Los que llegaron al Gobierno nacional en diciembre lo hicieron con el propósito de bajar la pobreza al nivel de cero en unos cuantos años; pero en lugar de disminuir las cifras desde el inicio de su gestión y debido a las medidas económicas impulsadas, los pobres aumentaron en más de un millón en el país. Algunos dirán que es producto del brutal sinceramiento de las tarifas, del blanqueo de los índices sociales, de la mala praxis administrativa con marchas y contramarchas que desnudan improvisación. Y otros con algún toque de ironía se animarán a apuntar que el macrismo es un populismo que vino a incrementar el número de pobres porque los ama. ¿Aumentó los pobres para beneficiar a unos cuantos ricos? En plan de chicanear, todo es válido, pero ingenuo. En conclusión; en intención de pobreza cero, cero. Un aplazo que viene repitiéndose desde hace varios años. Por ahora, en la Argentina hay más de 13 millones de pobres.
A contramano de los discursos
Y si encarar con éxito el propósito de disminuir los niveles pobreza mostró desde el inicio que es harto difícil, cuánto más costará erradicar la corrupción; por lo menos en los estamentos de administración del Estado -seguridad, obra pública, justicia- y en los espacios de poder donde se manejan los recursos públicos. Algunos dirigentes llegaron al Ejecutivo con excelentes intenciones en los discursos de asunción, asegurando que cuidarían los dineros del Estado como si fueran propios, y lo hicieron: lo hicieron propio. Y lo arrojaron tras los muros de los conventos. Diferentes maneras de interpretar el sentido del objetivo, tal como aquel de aquellos que llegaron al Gobierno para asegurar la distribución de los recursos de todos con equidad y criterio social, y que también lo hicieron: socializaron la distribución del dinero que no les pertenecía entre sus allegados, amigos y familiares.
¿Corrupción cero? ¿A quién hay que pagarle para lograrlo y para que, a la vez, los organismos de control miren para otro lado cuando se haga el desembolso con plata del Estado? O bien para que los controladores habiliten la operación. Para ese fin, todo es válido. Ironías al margen, es el objetivo más difícil, capaz que sea más factible la pobreza cero a causa de un suceso milagroso que lograr la corrupción cero debido a acciones humanas. Lamentablemente, para ambos ítems -pobreza y corrupción-, hay niveles de tolerancia increíbles, no hay “ceros” que valgan. Esta tolerancia es inversamente proporcional a la sensibilidad social, y altamente peligrosa si hablamos de funcionarios públicos.
¿Quién no recuerda aquella frase casi validada de “roba, pero hace” para justificar lo injustificable? Había tolerancia con el corrupto que gestionaba porque hacía obras. Ahora se vino a descubrir que tampoco hacían las que se prometían: o sea que robaban y que no la ejecutaban, como terminales de ómnibus pagadas y no construidas. Sobrevino, como era de esperar, la tolerancia cero o intolerancia con la corrupción explícita. De palabra, por lo menos. Veremos qué hace la Justicia y qué hacen los otros dos poderes del Estado, en acciones y propuestas para tratar de erradicar los mecanismos de corrupción enquistados en el Gobierno. ¿Cómo? En principio con transparencia.
¿Oscuridad cero? Da para pensar en un programa de control para garantizar la transparencia de los procesos administrativos del Estado. Ayer, LA GACETA expuso que partidas que ingresaron para gastos de personal en la Legislatura salieron como subsidios. ¿Cómo es posible? Porque los controles son livianos, o no existen, o miran para otro lado. La necesidad de controles hace a la transparencia. Desde el Gobierno se afirma que no puede haber cosas secretas en el Estado; pero algunos papeles se mantienen bajo llave o bien se trata de que no se blanqueen. Pero, así como algunos se afanan por apagar la luz, unos cuantos andan alumbrando con linternitas. ¿Corrupción cero? ¿Oscuridad cero? No, por ahora: transparencia, cero.