El domingo al mediodía, un rato antes de las 12, Johana Páez salió a un cumpleaños familiar. Cuando volvió, cerca de las 15, le invadió el terror: alguien había barreteado la verja y la puerta de su casa, y todavía podía estar adentro.

“Las puertas estaban juntadas pero se notaba que las habían violentado. Le pregunté a la vecina si había visto algo y me dijo que no, e inmediatamente llamó al 911. Como pasó media hora y no llegó ningún patrullero, vino mi papá y entró directamente a la casa. Por suerte, ya se habían ido”, explicó la víctima, que vive en Pasaje de las Carreras al 1.700 junto con su pareja y su hija.

Cuando su padre le dijo que podía entrar, que no había nadie, Páez se sorprendió. En la planta baja de su dúplex estaba todo como lo había dejado antes de salir. Incluso, el monitor de la computadora seguía en su lugar, como si nada.

Sin embargo, al subir, encontró las pruebas de que alguien había estado ahí para robar y que buscaba plata.

“Estaba todo desparramado. Evidentemente buscaban dinero pero no encontraron mucho. No somos gente de plata. Se llevaron unos $ 8.000 que es todo lo que había. Y la mitad de esa suma era para pagar el alquiler”, contó a LA GACETA.

Páez confirmó luego que el dinero no fue lo único que se llevaron. La persona que entró a su casa también se robó una mochila y unas remeras nuevas de la pequeña hija de la mujer. Ni siquiera las había podido estrenar.

Lo que llevó a pensar a la familia que vive allí que los ladrones buscaban dinero es que dejaron pasar algunas cosas de valor fáciles de llevar y que estaban al alcance de la mano, como una tablet que estaba en una de las piezas del primer piso del dúplex. Lo que no sabe Páez es a qué hora fue el escruche. Ella piensa que pudo haber sido apenas salió hacia el cumpleaños o cuando un vecino terminó de lavar su auto afuera, ya que tampoco pudo aportar datos a la Policía. Al parecer, pese a la violencia que se necesita para barretear una puerta, los delincuentes fueron sigilosos.

Lo cierto es que, tras el robo, la familia tuvo que esperar 24 horas para hacer arreglar la puerta. El domingo a la noche, apoyaron una mesa pesada para evitar que se abra. Sin embargo, Páez no pudo pegar un ojo. “No podía dormir de pensar que alguien había entrado a mi casa, que había visto cómo era y dónde ponemos todas nuestras cosas”, aseguró.

Ciudadela

El robo los sorprendió. Según contaron, hace un año que están viviendo ahí y jamás les había pasado nada. Si bien evitaban caminar de noche por la calle, se sentían tranquilos. “Hace un tiempo, cuando estaba ‘El Triangulito’ (un asentamiento que hubo en la zona, cuyas familias fueron trasladadas a El Manantial en 2014) era peligroso el barrio, pero ahora, la verdad que no”, relató.