SEBASTIÁN ROSSO

LA GACETA

El desarrollo azucarero de la segunda mitad del siglo XIX, convirtió a Tucumán en un polo de atracción económico. Se generó, de esta manera, una intensa movilidad financiera y social que dio lugar a los más diversos emprendimientos. Muchos terminaron en grandes fortunas, en tanto muchos otros resultaron efímeros éxitos, cuando no rotundos fracasos. Un caso que se ubica en estas últimas circunstancias es el del ingenio “Perseverancia”, de Gustave Jumel. Hasta donde sabemos, Jumel había nacido en París en 1840. A comienzos de 1870, ya estaba en Tucumán, pues Paul Groussac lo cita como uno de sus amigos en la ciudad. Aparentemente su competencia de químico le permitió ser contratado como catedrático de Química General y de Química Agrícola e Industrial, en el Departamento Agronómico del Colegio Nacional. Quizá por ser francés, por su idoneidad técnica o por sus vinculaciones con la creciente clase industrial de la provincia, la compañía productora de maquinaria Cail y Cia. lo designó representante. A fines de esa década adquirió una finca, a unas quince cuadras al sudoeste de la plaza principal. Allí instalaría “un ingenio de destilería”, que llamó “El Porvenir”. Era pequeño, unas cuatro cuadras de terreno en total.

Lo que se ve

En 1881, Jumel rebautizó su emprendimiento como “Perseverancia”: un título romántico no muy común en las empresas. No está claro si convirtió su destilería en una pequeña fábrica de azúcar. Al año siguiente, el fotógrafo brasileño Christiano Junior, de corta estadía en estas tierras, tomó las dos fotografías que publicamos. Interior y exterior así quedaron documentados.

En la imagen del exterior se aprecia lo pequeño del edificio. Sus modestas dimensiones parecen conformar sólo una cobertura: los vanos de los galpones se abren libres al exterior para una mejor ventilación, y no hay más que una puerta, en la entrada principal. Sobre ella, un gran cartel anuncia al ingenio y a su propietario: “Ingenio Perseverancia-Gustavo Jumel-Establecido en 1881”. Con pequeños detalles constructivos logró un edificio elegante y austero. Las cornisas de ladrillos dispuestos en diagonal y las ventanas superiores en ojo de buey resultan eficaces decoraciones.

A través de las aberturas del frente (parte izquierda de la imagen) se puede ver el trapiche. También se aprecian dos cintas continuas que se le unen: la de la derecha, por donde se lo alimenta con caña fresca, y la de la izquierda, por donde el bagazo exprimido es retirado de la máquina. En las aberturas de la porción pequeña del edificio se ven pilas de madera para alimentar las calderas. La chimenea es tema aparte. Siendo de hierro, está levantada sobre un horno de ladrillos.

El bagazo desparramado de tal manera era secado al sol, para servir luego de combustible. Que lo veamos así en la imagen, demuestra que tiene que haber sido tomada en algún mes durante el período de zafra, entre mayo y setiembre. Por otro lado la escena parece estar mínimamente preparada para la visita del fotógrafo. Todo está quieto y en calma. De trabajo ni hablar.

En la imagen del interior, aparece claro el trapiche, tal vez uno de los modelos que comercializaba la firma Cail. Se aprecia la particular forma de ventilar e iluminar el local por aberturas reticuladas dispuestas entre las paredes y el techo. En el ingenio tienen que haber trabajado no más de 100 personas.

Lo que falta ver

Necesitado de fondos y por la fuerte competencia que dominó la industrialización tucumana de esos años, entre 1882 y 1883, Jumel tuvo que hipotecar cinco veces las instalaciones. El 14 de julio del último año, mientras la comunidad francesa festejaba otro aniversario de su Revolución, moría de un aneurisma. Tenía sólo 43 años.

Desaparecido Jumel, la fábrica fue adquirida por su principal acreedor, el comerciante cordobés Francisco Beltrán, quien formó la sociedad anónima “Perseverancia”. Al momento de fallecer su dueño original, el ingenio contaba con “una maquinaria a vapor para destilar, comprendiendo trapiche, alambique, toneles, depósitos en que está colocado todo, montado con su cañería correspondiente, pronto a funcionar”.

Muy poco tiempo duró la sociedad. En 1886, el ingenio quedó en manos de sólo dos de sus socios, quienes formalizaron una nueva firma: “Basail y Usandivaras”. Tucumanos ambos, Javier Usandivaras era poseedor de uno de los aserraderos más importantes de la comarca. Apostaron fuerte a la producción de azúcar, pues se tienen registros que en 1889 habían incorporado maquinaria específica. Pero no les fue mucho mejor que a sus predecesores. Subsistieron algunos años más: incluso llegaron a hacer el salto de década. Pero en 1892, el ingenio fue rematado por deudas, por el Banco Hipotecario Nacional. En 1895 murió Usandivaras, nunca recuperado de su fracaso industrial.

Su último propietario fue Claudio Etcheto, quien sin duda no tenía en mente perseverar en el negocio de la caña. En los años que siguieron, se perdió el nombre: Figuraba como “Ingenio Etcheto”, e incluso, a pesar de aparecer como “ingenio”, no se documentó producción de dulce ni alcohol. Posiblemente desmanteladas, sus máquinas habrán ido a parar a otros ingenios; o, quien sabe, a algún galpón de chatarra.

El edificio siguió existiendo hasta bien entrado el siglo XX. En 1912, una ordenanza municipal dispuso usarlo para la cremación de basuras de la ciudad. Pasó a ser conocido entonces como “La Quema de la Basura”.

En la colección de planos de ciudades, que publicó LA GACETA en 2004, el arquitecto Ricardo Viola, ubicó el terreno del “ex ingenio Perseverancia” entre la avenida Independencia y las calles La Rioja, Bernabé Aráoz y Matheu. Si visitamos hoy esa dirección, limita hacia el este con la morgue policial, y hacia el oeste con las vías del ferrocarril. Desde avenida Independencia se puede ver que gran parte del predio está ocupado por casas de barrio. Casi en el centro se levantó una escuela, la Juan Larrea. Al menos un tercio permanece vacío y abandonado.

Al cotejar el terreno con la foto de Christiano Junior no sabemos qué posición habrá tenido el edificio. Esta casi no tiene referencias de contexto. Por las sombras y la ausencia de silueta de montañas, podría haber estado mirando hacia el norte, con las montañas a la derecha. No lo sabemos bien, pero estaba ahí.