CUENTOS

EL DESAPEGO ES UNA MANERA DE QUERERNOS

SELVA ALMADA

(Random House – Buenos Aires) 

Campos, pueblos, caminos de tierra, siestas y cardos conforman la materia de la que están compuestos los cuentos de Selva Almada, escritos a lo largo de diez años y recopilados en El desapego es una manera de querernos.

Una madre que anhela la vuelta de su hijo, los juegos macabros de dos nenas a hora de la siesta, el ritual de las mujeres previo a los bailes o un obrador que cambia la vida familiar son algunas de las historias que van construyendo la trama de la soledad en los pueblos del litoral. En ellos aparece una y otra vez la ruta, un personaje que se perfila silencioso, implacable.

La escritura de Almada es capaz de dar belleza a la tragedia. Habla, por ejemplo, de un muerto “abierto como un pájaro en la mesa de un taxidermista” o una nena encerrada piensa “estábamos en la habitación de un macho joven y sano y aquel olor entre acre y dulzón que al cabo de un rato tragábamos con la boca abierta como pescados empezaba a marearme.” El ritmo y la claridad de la prosa hacen pensar en la escritora norteamericana Carson McCullers, en especial por la promesa latente de algo trascendente siempre a punto de suceder que aparece en los relatos. Sin embargo, por momentos el tono y los temas vuelven un tanto monocorde las historias, como si el paisaje del litoral solo fuera capaz de engendrar hartazgo y desolación.

“Los niños teníamos un mundo propio, hecho con la materia de las siestas y los juegos, pero también de la resaca melancólica de los cumpleaños, las fiestas familiares, los recreos, el tedio de las visitas forzadas a casas de parientes lejanos; el asco que nos provocaban los besuqueos de mujeres extrañas con olor a cosméticos y a tintura para el cabello… como si todos fuésemos iguales por el simple hecho de ser niños” piensa una nena en el primer cuento. De algún modo esta idea anticipa la paradoja que plantean las historias: más allá de la singularidad de los vínculos, sentimientos y sucesos, la región tiene la fuerza de condicionar a sus habitantes de manera irreversible. Es decir, parece que la vida de pueblo engendra un destino del que nadie puede escapar.

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VERÓNICA BOIX