Por Karina Ocampo
PARA LA GACETA - BUENOS AIRES
PERFIL
Daniel Riera nació en Buenos Aires, en 1970. Es periodista y escritor. Fue uno de los fundadores de la revista Barcelona en 2003 y su editor durante más de diez años. Publicó, entre otros, los libros Sexo telefónico; Buenos Aires bizarro; y Nuestro Vietnam y otras crónicas. Colaboró en revistas como Rolling Stone, Anifibia, SoHo y Gatopardo.
Un periodista tiene la posibilidad de viajar cuando los hechos importantes suceden. Para Daniel Riera el partido del Tolima de Colombia contra el Pachuca de México, por los cuartos de final de la Copa Sudamericana, era el motivo perfecto para hacerlo. En octubre de 2006 el ganador de ese enfrentamiento se las tendría que ver con Lanús, equipo del que Riera es fanático. Pero los planes cambiaron sobre la marcha. El director de la revista colombiana SoHo, Daniel Samper Ospina, redobló la apuesta: propuso que el viaje lo hiciera en micro y continuara por tierra a Tijuana, hasta la costura de hierro que separa México de Estados Unidos, que por aquellos días era noticia porque el ex presidente George W. Bush tenía el plan de construir un muro de cemento. De esas aventuras por América Latina surgirían crónicas publicadas en Colombia, Puerto Rico y Argentina. Algunas de ellas elegidas para integrar el libro Buenos Aires-Tijuana. Un viaje, de Editorial Galerna. El relato estructurado en ocho partes y un epílogo, acompañado por fotos, describe el movimiento a bordo de un ómnibus decadente por ciudades y pueblos perdidos, las conversaciones con los pasajeros, las historias de vida, la burocracia y corrupción en las fronteras, las comidas picantes, el colorido de las costumbres nativas, y la pobreza desigual que amenaza con emerger en cada parada.
- ¿Habías planeado hacer un viaje de ese estilo?
- Tenía un buen antecedente con Daniel Samper. Yo le había dicho: vienen los Rolling Stones a Brasil, ¿qué te parece si me mandás a verlos a la playa? Y me mandó la plata, los pasajes. Entonces yo me cebé y le dije: Lanús va a jugar la final en Colombia, ¿qué podemos inventar? Aunque el equipo no llegó y ganó el Pachuca, vimos el partido en un hotel de Bogotá, ese fue el origen futbolístico de nuestro viaje.
- En las crónicas se percibe la discriminación que sufren los inmigrantes en las fronteras y que genera una especie de comunidad. ¿Es así? Por momentos parece el guión de una película.
- Mi percepción de las cosas era distinta al resto de los pasajeros, cuando ellos se querían matar, yo estaba contento porque había una contingencia para contar. Había un retén militar y yo decía: ¡vamos, 3.000 caracteres más! Es América Latina, imposible que salga todo bien, no es un viaje por Noruega o Finlandia. Lo único que sabía es que no quería malgastar espacio y tiempo con cosas que podía sacar de Wikipedia. Lo interesante era la experiencia, por eso gran parte del relato transcurre en el micro. Se convirtió en una especie de reality show con la gente que conocíamos. En un viaje tan largo no buscas el confort, buscás el conocimiento. Aún hoy me queda el deseo de viajar, es una cápsula que se activa.
- ¿Hubo algo que no hayas contado por incorrecto o por pudor?
- En Managua hablamos con dos chicas. Una, me consta, trabajaba de puta. Le dijimos: te pagamos el arancel por una hora, te invitamos a comer y la idea es que nos cuentes cosas. Le pagamos la cena y veíamos que no comía. Y en un momento dado abre la cartera, tenía un tupper y se guarda la comida. Tenía dos o tres hijos y 23 años. Fue una escena fuerte, no la puse porque no la podía contar con la delicadeza que requería. Me iba enterando de cosas muy tremendas del sandinismo en Nicaragua, la revolución no cubrió las expectativas. Las ruinas en Managua estaban desde 1972, es sabido que Las Naciones Unidas le habían dado a Somoza una plata para reconstruirla, que se tragó. Después vino la Revolución en 1979. La ciudad estaba igual.
- ¿Fuiste con expectativas que luego comprobaste que eran diferentes?
- Fuimos a un barrio de El Salvador muy terrible, el de las funerarias. En Honduras hubo una explosión de iglesias evangélicas. Lo que pasaba, bueno o malo, me resultaba fascinante y novedoso. Me acuerdo que con Felipe Granados (fotógrafo de Costa Rica), que era, es -no deja de serlo por más que se haya muerto- un gran escritor, nos impactó negativamente la poesía de países muy poéticos, Nicaragua la tierra de Rubén Darío, México la tierra de Octavio Paz, y todo lo que leímos era un embole de poetas modernistas. La decepción tiene que ver con la literatura y no con lo vivido.
- ¿Qué es lo que hace desde tu mirada a una persona o un hecho interesante para describirlo? ¿O es tal vez la forma y no importa tanto el hecho?
- Hay una sorpresa personal, es una sensación física, yo siento que la historia está buena y me comprometo con eso. Escribí sobre ventrílocuos, una tarde los vi reunidos en un bar, me pareció alucinante, y me convertí en ventrílocuo. Por ahí a otra gente le parece nada interesante, un arte bastardo, una variedad. A mí me pareció una experiencia física sublime.
- No hay una fórmula.
- No, no busco especialmente lo raro, son como pulsiones. A veces uno siente que tiene que contar una historia y lo hace. Por ejemplo, acabo de terminar un documental sobre la historia de un chico de Trelew que se llamaba Julián Santillán al que mató la policía y hubo testigos, hubo sangre en el patrullero y en el juicio los absolvieron a todos. Antes y después de eso hubo otros casos parecidos. Uno dice: soy periodista hace 25 años, ¿esto no vendría siendo una noticia? En ese caso puntual me llamó la atención la poca bola que se le daba fuera de Chubut. A veces es la fascinación, a veces la rabia, la sensación de que una historia merece ser contada.
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